San Cristóbal, ese pueblo ferroviario nacido en 1890 que supo reciclarse en la agricultura y el comercio, vivió este martes su jornada más negra y triste. En total silencio, vecinos, familiares y compañeros de Ian Cabrera acompañaron su cortejo fúnebre y despidieron sus restos en lo que fue una procesión de almas rotas.
En una camioneta Tracker, se pudo ver la imagen de la desolación de los papás del menor asesinado por un compañero de 15 años. Hugo Leandro Cabrera, empleado del área de licencias de conducir, en el asiento delantero, y Mirian Gabriela Núñez, maestra jardinera, se desplazaron en el mencionado vehículo siguiendo de cerca el féretro de su hijo.
Los papás de Ian, dos laburantes queridos por toda la comunidad de San Cristóbal, acompañaron el cuerpo de su único hijo en un recorrido que marcó un antes y un después para la ciudad.

A lo largo de la calle Sarmiento del mencionado pueblo santafesino, los vecinos salieron de sus casas y comercios. No hubo gritos ni reclamos, solo un respeto sagrado.
Hombres que dejaron de trabajar para ponerse las manos en la espalda en señal de duelo, mujeres con las manos en la boca sin poder creer lo que veían pasar. “Un silencio que dice todo, un silencio que comunica”, describieron los reporteros de A24 que presenciaron la caravana hacia el cementerio.
Un ángel que soñaba entre libros y guantes de arquero
Ian no era un alumno más en la Escuela Normal Superior N°40 "Mariano Moreno". El adolescente de 13 años, que este lunes fue atacado a mansalva con una escopeta calibre 12/70, era el corazón de su familia y un orgullo para sus amigos.
Hijo de Mirian y Hugo, Ian creció en un hogar donde el esfuerzo era la moneda corriente. Sus padres, pilares de la vida civil de San Cristóbal, lo vieron convertirse en un apasionado arquero de las inferiores del Club Independiente y en un fanático incondicional de River Plate.

Además de su amor por el deporte, el joven tenía una fascinación especial por los idiomas, perfilándose como un estudiante con un futuro brillante. "Era un chico de oro", repitieron entre lágrimas quienes hoy no encuentran una explicación lógica a su partida.
El llanto de los que quedan y la imagen que rompió el protocolo
Uno de los momentos más desgarradores ocurrió cuando el cortejo pasó frente a otra escuela del pueblo. Allí, decenas de chiquitos, incluso más pequeños que Ian, esperaban en la esquina.
Al ver pasar el féretro, el llanto se volvió colectivo. Maestras con los ojos rojos sosteniendo a niños que intentaban comprender por qué un aula se convirtió en un escenario de horror.
Frente a la iglesia local, el cortejo se detuvo para el responso. Fue allí donde el dolor se volvió físico. Hugo Leandro, vestido con una remera verde y bermudas, recibió abrazos que intentaban, sin éxito, recomponerlo.
A su lado, Mirian permanecía sumida en un estado de shock, rodeada por una comunidad que se volcó por completo a sostener a estos padres que hoy enfrentan la soledad más absoluta.

Mientras la fiscalía intenta desentrañar qué pasó por la cabeza del atacante de 15 años —quien según los testigos actuó en un "trance"—, San Cristóbal decidió cerrar sus puertas y sus voces.
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