El Rally Dakar no es una carrera. Es una prueba de desgaste físico, mental y emocional que expone a los pilotos como pocas competencias en el mundo. Durante casi dos semanas, el desierto se convierte en juez implacable: no perdona errores, castiga la improvisación y obliga a convivir con el cansancio extremo. En ese escenario, históricamente dominado por hombres, las mujeres dejaron de ocupar un rol marginal para empezar a escribir capítulos propios. El más reciente tiene nombre y apellido: Puck Klaasen.

En la tercera etapa de esta edición del Dakar, que se realiza íntegramente en Arabia Saudita, la piloto neerlandesa logró lo que muy pocos consiguen: ganar. Se impuso en la categoría Challenger y se convirtió en la quinta mujer en la historia de la carrera en ganar una especial. No es un dato menor ni un guiño estadístico. Es un logro que la ubica en una línea directa con figuras que marcaron época y que, con distintos estilos y contextos, lograron imponerse en la prueba más dura del mundo.
Ese grupo selecto incluye a Jutta Kleinschmidt, la alemana que en 2001 no sólo ganó etapas sino también el Dakar completo; a la española Cristina Gutiérrez, referencia indiscutida del rally raid moderno; a la estadounidense Sara Price; y a la saudí Dania Akeel. Ahora, Klaasen deja de ser una promesa silenciosa para ocupar un lugar en el centro del relato.
El dato cobra aún más peso si se tiene en cuenta que Puck tiene apenas 23 años y está disputando su segundo Dakar. El primero fue, ante todo, una experiencia de aprendizaje. Dura, caótica, formativa. De esas que no se miden solo por el resultado final.
La historia de Puck Klaasen no comienza ni en Arabia Saudita ni en Europa. Aunque su familia es originaria de los Países Bajos, creció en Sudáfrica, donde su padre, Sebastiaan, es dueño de un viñedo. Ese entorno marcó una infancia ligada al aire libre, al esfuerzo físico y a una relación directa con la naturaleza, lejos del ruido y la comodidad.
Desde muy chica pasó por distintas disciplinas: motos, karting y, durante siete años, el salto ecuestre, una especialidad tan elegante como exigente, donde la concentración y el control son tan importantes como el coraje. Más tarde llegó el motocross, hasta que una lesión en la pierna obligó a replantear el camino. El cambio no fue una renuncia, sino una evolución. Los autos aparecieron como nueva herramienta y el rally raid como destino inevitable.

“El Dakar Classic fue el punto de partida para mí, terminar esa carrera con mi padre”, recuerda Puck. En 2024, debutó en esa categoría especial que permite competir con vehículos históricos y lo hizo junto a Sebastiaan, a bordo de un Porsche. Terminar esa carrera fue una experiencia fundacional, tanto desde lo deportivo como desde lo emocional. “Fue donde todo empezó”, sintetiza.
Un año después llegó el desafío real. Puck se subió a un OT3 del G Rally Team para competir en la categoría Challenger, una de las más duras del rally, donde los errores se pagan caros y la exigencia es constante. Ese fue su primer Dakar moderno, el que no hace concesiones.
La experiencia estuvo lejos de ser ideal. “El año pasado fue un gran reto, pero también una experiencia increíble”, cuenta. Antes de que un problema de motor cambiara el rumbo, había logrado escalar hasta la séptima posición. Luego vino la postal que define al Dakar: ser remolcada durante toda una etapa solo para poder llegar a la meta. “A pesar de todo lo que pasó, disfruté cada segundo. Fue una auténtica experiencia con el espíritu del Dakar”, resume.

Terminó dentro del Top 20. Más importante todavía, terminó convencida de que ese era su lugar.
La temporada siguiente fue clave. Puck compitió en todas las fechas del Mundial de Rally Raid (W2RC), sumando kilómetros, aprendizaje y experiencia. “Ha sido un año de mucho desarrollo para el equipo. Crecimos muchísimo y terminamos la temporada con nuestro primer podio y una victoria de etapa en el W2RC”, explica. Esa base es la que hoy sostiene la confianza con la que enfrenta este Dakar.
También mira el recorrido con realismo. “La ruta del año pasado fue extremadamente dura, y la del Dakar 2026 se presenta igual de increíble, desafiante y técnica. No será fácil, y eso es lo que la hace tan emocionante”, asegura. En el Dakar, la dificultad no espanta: seduce.
En esta edición, en el asiento derecho de Klaasen está Augusto Sanz, argentino, bombero voluntario de Capilla del Señor, en la provincia de Buenos Aires. Su recorrido resume, en muchos aspectos, el espíritu del Dakar.
En 2012, cuando la carrera pasaba por la Argentina, Sanz era uno de los tantos fanáticos que alentaban desde la banquina de la Ruta 9. Años más tarde, tras competir en motos y consagrarse como navegante en el ámbito nacional, recibió una oportunidad inesperada desde Europa. Debutó en el Dakar en 2023, lo terminó, repitió en 2024 con un destacado octavo puesto y luego se sumó a un equipo árabe, completando nuevamente la prueba.
Mecánico, metódico y adaptable, Sanz no llega como una novedad. Con Puck ya compartió carreras en 2024 y volvió a coincidir en el Rally de Marruecos. “Augusto fue mi primer copiloto en mi primera carrera de rally raid. Forjamos una gran colaboración en el coche y me da muchísima confianza al volante”, destaca la piloto.
La victoria de Puck Klaasen se inscribe en un contexto más amplio. En esta edición, el protagonismo femenino atraviesa varias categorías. En Ultimate, la más importante de los autos, compiten Cristina Gutiérrez y Laia Sanz. En Side by Side, la italiana Rebecca Bussi sostiene su propio proceso. En Stock, Sara Price confirma que la experiencia off-road también tiene lugar en los autos de producción.

El Dakar no distingue género ni origen. Exige resistencia, adaptación y fortaleza mental. Por eso, cada victoria femenina tiene un valor doble: deportivo y cultural.
Ganar una etapa del Dakar implica varias horas de conducción a fondo, siguiendo un roadbook en medio del desierto, sin referencias claras y con el riesgo permanente de quedar fuera de carrera por un error mínimo. Para Puck Klaasen, esa victoria es mucho más que un resultado. Es la confirmación de un proceso, la validación de una carrera que recién empieza y una puerta abierta a un futuro con ambiciones mayores.
En la carrera más dura del mundo, donde el desierto no perdona y la épica no se declama sino que se resiste, el nombre de Puck Klaasen ya no aparece como una nota al margen. Forma parte del relato central de un Dakar que, definitivamente, ya no es solo cosa de hombres.
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