Agostina Páez, la abogada argentina que estuvo detenida en Brasil en el marco de una causa por “injuria racial”, publicó un video en el que mostró cómo transcurrían sus días mientras cumplía arresto domiciliario en Río de Janeiro, con tobillera electrónica y restricciones impuestas por la Justicia. Lo tituló con una frase que marcó el tono del relato —“Día 44 presa en Brasil”— aunque ella misma aclara que se sentía “retenida”, no en una cárcel, sino en un departamento bajo control judicial.

En ese video, la protagonista se muestra frente a cámara desde el lugar donde estaba alojada y pone el foco en lo que no se ve en los partes: el impacto emocional. Dice que atravesó un fin de semana “crucial” y que pasó días medicada por la ansiedad, mientras intentaba sostener una rutina mínima. En el mismo registro habla de la soledad del proceso —“tener que ser yo sola la que se da la fuercita”— y de cómo, incluso con acompañamiento a distancia, el aislamiento pesa distinto cuando la puerta se vuelve límite.
La cámara, que en redes suele funcionar como vidriera, en este caso opera como confesionario. Páez contó así que durante su tiempo en Brasil hubo días en los que no comió o apenas tomó mate y reconoce que su familia insistía en que se alimentara. El video la sigue en una decisión sencilla pero significativa: bajar a comer al restaurante del complejo donde estaba alojada, un gesto pequeño que, en el contexto del encierro, se vuelve casi una victoria. En ese tramo, muestra su “look” improvisado, los lentes oscuros para disimular el llanto —dice que está “sensible” y llora por todo— y el cuidado obsesivo por un detalle: que no se le vea la tobillera. “Voy a ir así, sin que se me vea la tobillera obviamente, no vaya a ser que me reconozcan”, explica.
El relato también tiene un componente que la Justicia suele valorar y la opinión pública discute: el reconocimiento de la responsabilidad. En el mismo TikTok, la abogada sostiene que “no hay que reaccionar” como ella reaccionó y repite que está arrepentida. La frase aparece más de una vez, como si necesitara dejar asentado —para el afuera y para sí misma— que entiende el costo de lo que pasó y que esas “consecuencias” no son abstractas: son una pierna con un dispositivo electrónico, una vida reducida a metros cuadrados, y una incertidumbre que se come el sueño.
El caso se originó el 14 de enero en un bar de Ipanema, donde Páez fue filmada realizando gestos ofensivos que derivaron en la imputación por injuria racial, una figura contemplada por la legislación brasileña. Desde entonces, permaneció con restricciones de salida del país y monitoreo electrónico mientras avanzaba el proceso. El expediente tuvo instancias de audiencia, cambios en la estrategia de defensa y discusiones sobre el alcance de la acusación y las medidas cautelares.
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