El match point de Paola Suárez: de la gloria en el tenis de alto nivel, al regreso como capitana tras 20 años de retiro – GENTE Online
 

Paola Suárez, de la gloria en el tenis de alto nivel, al regreso como capitana tras 20 años de retiro: "Sé cómo te late el corazón cuando jugás por el país"

Paola Suárez
"Esta oportunidad me llega en el momento justo", confiesa la ex número 1 del mundo de dobles sobre su regreso al deporte que la hizo creer en sí misma. En un mano a mano íntimo, habla con Revista GENTE sobre sus comienzos a pura resiliencia, su vida en Asturias, el lado B del alto rendimiento y la maternidad.
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Durante dos décadas el nombre de Paola Suárez (49) habitó en el Olimpo de las estadísticas doradas y en el recuerdo de aquellos mediodías de gloria en Roland Garros, el US Open y el Abierto de Australia pero su cuerpo y su voz se mantuvieron lejos del ruido mediático de Buenos Aires. Tras haber alcanzado la cima del ranking mundial de dobles (ganó 44 títulos, incluyendo 8 de Grand Slam y una medalla olímpica de bronce que brilla con luz propia en Atenas 2004), en 2014 "Poly" decidió que su raqueta ya había hablado suficiente.

Se retiró a los 29 años, una edad en la que muchos apenas están encontrando su madurez, y se llamó a un "cuartel de invierno" en la paz de Oviedo, Asturias, España. Sin embargo, la vida, como el tenis, siempre da un segundo servicio, y hoy Paola regresa al ruedo no solo como una leyenda, sino como la capitana de la selección argentina de tenis femenino para disputar la Billie Jean King Cup, lista para devolverle al deporte algo de todo lo que le dio.

"Sé lo que es sentir que el corazón te late a mil por hora cuando jugás por tu país", comparte con emoción la exnúmero de dobles.

En diálogo íntimo con GENTE Paola recorre ese periplo de heroina que la llevó de las canchas de tierra batida de Pergamino a los estadios más imponentes del mundo, para luego sumergirse en el anonimato de la maternidad y la dirección de un club.

"Esta oportunidad me llega en el momento justo. Estoy con mucho entusiasmo. Hoy asumo nuevas responsabilidades con el objetivo de transmitir mis vivencias y acompañar a las jugadoras en cada desafío", confiesa con esa calma que siempre fue su marca registrada, incluso cuando el marcador estaba en contra.

"He aprendido a darle prioridad a las cosas importantes y a elegir qué batallas vale la pena dar", sostiene Paola Suárez, hoy en un verdadero renacer personal y profesional.

El circuito cambió, las raquetas son más potentes y el análisis de datos domina el juego, pero la esencia del "hambre" de gloria sigue siendo la misma. Es ahí donde este desafío lo vive como un desembarco estratégico en el momento justo de su vida personal.

Para entender esta versión 2026 de Paola como capitana, hay que desandar el camino hacia ese silencio de dos décadas que le permitió reconstruirse lejos de la exposición. No fue un proceso fácil. El retiro fue algo que pergeñó minuciosamente con su psicóloga para no caer en el vacío que devora a tantos atletas de élite. "Yo preparé mi retiro, lo trabajé mucho. Había que pasar de estar ocupada todos los días y permanentemente expuesta desde lo mediático, a preguntarte qué hacer con el tiempo", relata sobre ese quiebre emocional.

Hoy, ese tiempo lo habita desde un lugar de empoderamiento, habiendo transitado crisis personales que la volvieron, según sus propias palabras, "mucho más segura, independiente y autónoma". Al final, se transformó en esa mujer que se dio cuenta que conectar con su propia esencia era más nutritivo que ganar el partido más difícil.

"Hoy veo una Pao más segura, mucho más independiente y dueña de sus propias decisiones", señala la deportista y flamante capitana del equipo argentino de la Billie Jean King Cup.

Ropa hecha a mano y la chica de Pergamino que se la rebuscaba ante la falta de recursos

La historia de Paola no nació en un exclusivo club de Capital Federal, sino entre las redes gastadas y el olor a polvo de ladrillo de Pergamino. Sus padres trabajaban en clubes de tenis. Como el sueldo no alcanzaba para alquilar una casa propia, la familia vivía allí mismo, integrando el deporte a su cotidianeidad más básica.

Fue un origen de puro esfuerzo, donde el lujo era una palabra desconocida y la disciplina, la única moneda de cambio. "El tenis es un deporte caro. Mi mamá me hacía la ropa, las polleras, los moños, los lazos…", recuerda Paola. "Si rompía las zapatillas, se complicaba", grafica. Mientras otras niñas soñaban con juguetes de marca, ella construía su destino con pelotas usadas y una determinación inquebrantable.

"Yo sólo era una chica de Pergamino con una raqueta de madera y muchas ganas de jugar", asegura la hija de Orlando, canchero del Club Gimnasia, y Rosa, ama de casa que atendía el buffet allí.

No había espacio para la queja porque sabía que, si ella no rendía, el esfuerzo de sus padres se desvanecía. "Hubo un cúmulo de situaciones y de gente tan buena que me encontré, que hoy podría asegurar que si ciertas cosas no se hubiesen dado, no hubiera podido seguir", admite con humildad. Esa gratitud hacia sus raíces es lo que hoy la mantiene con los pies sobre la tierra en Oviedo, donde dirige el Club Pro Tenis y busca inculcar esos mismos valores de resiliencia a los jóvenes que recién empiezan a empuñar una raqueta.

Para Paola, el éxito no fue una consecuencia natural, sino una necesidad vital de "rebuscársela" ante la falta de recursos, una característica que ella define como el rasgo distintivo del deportista argentino frente a los europeos o americanos. "Es el hambre, es el no tener las cosas servidas lo que te da esa ambición extra", reflexiona sobre sus inicios.

Fue esa llama la que le permitió sobrevivir en un circuito implacable cuando los sponsors desaparecieron y su carrera estuvo a punto de naufragar por falta de financiamiento.

"Después de veinte años, entrar a una cancha me hace sentir plena de nuevo... es lo mío", asegura.

El techo de cristal y la "oveja negra" del circuito

Llegar a la cima del tenis mundial fue para Paola una batalla doble: una contra sus rivales en la cancha y otra, mucho más silenciosa, contra sus propios prejuicios de clase. Durante sus primeros años en el circuito profesional, cargó con la sensación de ser una intrusa en un deporte que percibía como elitista.

Esa barrera mental la llevaba a entrenar a un nivel altísimo pero a flaquear en los partidos importantes, simplemente porque sentía que "no pertenecía" a ese mundo de apellidos ilustres y cuentas bancarias abultadas. "Me sentía la oveja negra dentro del mundo del tenis… creía que solo iba a tomar clases la gente adinerada", confiesa en una charla que revela la vulnerabilidad que escondía la campeona.

Suárez le pone su firma a un dibujo a mano alzada de una cancha de tenis, su segundo hogar.

Fue necesario un profundo trabajo psicológico para que Paola –aquella niña que comenzó a jugar con una raqueta de madera adaptada por su padre– pudiera "abstraerse de todo lo exterior" y entender que, una vez dentro de las líneas blancas de la cancha no importaba el origen sino la ejecución del golpe.

Logró transformar ese sentimiento de inferioridad en una coraza de concentración absoluta. A partir de aquel salto cuántico mental abrazó su potencial llegando a ganar 4 títulos en singles (instalándose en el Top 10 de individuales) y 44 en dobles, 8 de ellos de Grand Slam (logro que la llevó al número uno de la WTA en la especialidad junto a la española Virginia Ruano).

–¿Cómo conseguiste convencerte de que el court central también era tu casa?

–Me costó mucho entender por qué entrenaba de una manera y jugaba de otra. Con mi psicóloga trabajamos técnicas para que mi mente se abstrajera. Tenía que sentir que no estaba en un estadio lleno, que no era una final de Grand Slam, sino solo un partido de tenis. Mi gran desafío fue romper el prejuicio de que este deporte no era para mí.

Paola Suarez junto a Lionel Messi. Fotos redes sociales.
Paola Suárez junto a Lionel Messi.

Suárez sabe perfectamente que la adrenalina de jugar por la bandera es distinta y que, si no se maneja, puede anular hasta al jugador más talentoso. "Hay gente que se pone extremadamente nerviosa y los nervios la anulan; a eso le llamamos no ser 'copero'" –término que se asocia a la dificultad para gestionar la tensión competitiva–, explica con conocimiento de causa.

Su misión ahora es ser el escudo de las jugadoras de la selección argentina, dándoles las herramientas tácticas y emocionales para que asimilen la presión y la conviertan en energía a favor, tal como ella tuvo que aprender a hacerlo bajo el sol de Roland Garros, Nueva York y Melbourne Park.

Mucho antes de poder codearse con la victoria, el primer partido que jugó en su vida lo perdió 6-0, 6-0. En la foto, un recuerdo de su primer e histórico Roland Garros.

El retiro preparado y el silencio de las canchas

A diferencia de muchos deportistas que son empujados al retiro por las lesiones o la falta de resultados, Paola Suárez decidió bajar el telón cuando todavía estaba en la cima. Lo hizo con una madurez inusual, preparando el terreno para el "día después" junto a su equipo de contención.

Sabía que el vacío de la adrenalina diaria podía ser peligroso y por eso se enfocó rápidamente en programas sociales y en su faceta más íntima: el deseo de ser madre. Al irse a vivir a España, se produjo una desvinculación casi total del tenis profesional argentino. El silencio fue su elección para poder criar a sus hijos, Álvaro y Sofía, lejos del radar de la fama.

Acerca de sus sueños, en los persistió aunque por momentos tuvo todo en contra, cuenta: "En mis comienzos me marcó el hambre de no tener las cosas servidas. Eso nos da a los argentinos una ambición extra".

Durante esos veinte años años de retiro efectivo del circuito nacional, Paola se reinventó en Asturias. De ser la jugadora que recorría el mundo en un torbellino de hoteles y aeropuertos, pasó a ser la directora de un club, la entrenadora que enseña el "abc" del tenis a los niños y la madre que disfruta de armar un rompecabezas o mirar la televisión con sus hijos.

Fue una etapa de "despegue" personal, como ella misma la define, donde el éxito ya no se medía en trofeos sino en la calidad del tiempo compartido. "He aprendido en estos últimos años de mi vida a dar prioridades a las cosas realmente importantes, a saber qué batallas dar", reflexiona sobre este largo paréntesis.

¿Qué hacías con el tiempo libre después de años de agenda programada al minuto?

–¡Ese es el gran tema! ¿Qué hacer con el tiempo? Yo lo preparé mucho. Me volqué a lo social en Argentina y después en España, colaborando con fundaciones. Pero sobre todo me aboqué a ser madre. Me desvinculé un poco, cambié el chip.

A pesar de haber colgado las raquetas de competición, su vínculo con el deporte se mantuvo vivo a través de la formación de nuevos talentos en Oviedo, donde incluso colabora con excolegas como Carlos Alcaraz. Esta etapa de "entrenadora" fue el puente perfecto para lo que vendría después: la capitanía. Paola no regresó al tenis de un salto; lo hizo paso a paso, primero redescubriendo el placer de la enseñanza y ahora, finalmente, aceptando el desafío de liderar un proyecto nacional que busca posicionar nuevamente a Argentina en el mapa mundial del tenis femenino.

"Si uno no se la rebusca, hay momentos en la vida en los que simplemente no salís adelante", dice durante la charla en la que recuerda cómo siendo hija de los caseros de un club hizo carrera, raqueta en mano.

–¿Cómo fue el momento exacto en que tus hijos descubrieron quién era realmente "mamá" en el mundo del deporte?

–Increíble. El otro día con Álvaro (9) vimos un partido mío contra Mauresmo (Amelie) en Roland Garros, con la cancha llena, repleta. Me miró y me dijo: 'Ay, mamá, no pensé que jugabas tan bien'. Recién ahora, de más grandecitos, están asimilando todo esto. Para ellos yo soy simplemente mamá, la que les pone límites con el celular y se sienta a comer pochoclos con ellos, pero ese reencuentro con mi versión jugadora a través de sus ojos fue muy especial.

Del set que la reemponderó, a su reinvención y la filosofía para su capitanía

Hoy, a tres meses de haber firmado el divorcio, Paola habla desde un lugar de paz. "Si esto me lo proponían hace un año, no hubiese podido aceptar; no estaba emocionalmente preparada para exponerme de esta manera", admite sobre la capitanía. Fue necesario transitar el duelo con el padre de sus hijos para hoy poder ponerse el overol y encarnar a la líder que siempre fue.

¿Cómo fue gestionar esa soledad estando tan lejos de tus raíces?

–Fue muy duro. Mi mamá vive en Argentina y yo allá estaba sola. Logísticamente era un caos hasta que llegamos a acuerdos, la niñera y demás. Pero emocionalmente, mi nueva etapa personal fue un antes y un después. Me siento más fuerte, más autónoma. Ahora tomo las decisiones que yo quiero para mi futuro. Este es mi año de despegue.

"Para mis hijos no soy la ex número uno, sino su mamá: la que establece límites con el celular, comparte pochoclos y sabe que la crianza de hoy es la recompensa del mañana", afirma orgullosa de los valores de Álvaro y Sofía.

El regreso de Paola Suárez a la Asociación Argentina de Tenis (AAT) fue recibido como un bálsamo de prestigio y experiencia. Designada en febrero para liderar el equipo en la Billie Jean King Cup, su flamante llegada marca un nuevo capítulo estratégico para el tenis nacional.

La convocó Florencia Labat, la acompañan figuras como Mariano Hood y tiene el apoyo constante de Mercedes Paz, quien le "allanó el camino" durante sus años de gestión previa. "Me hicieron sentir muy cómoda, fue un reencuentro con mi generación muy lindo", dice sobre su vuelta a las ligas mayores de la dirigencia deportiva.

Su filosofía para encarar la capitanía escapa a los discursos armados. La exnúmero 1 del mundo en dobles busca una cercanía real con sus jugadoras, una conexión humana que rompa la barrera del "DT autoritario" y las potencie a la hora de representar al país en competiciones internacionales. "Yo me pongo a disposición de ustedes... vine aquí para sumar", fue lo primero que les dijo al encontrarse en el primer entrenamiento.

Suárez, retratada en el Club Náutico Hacoaj por la AAT en su primer entrenamiento como capitana en la Billie Jean King Cup.

¿Y qué es lo primero que les dijiste a las chicas al entrar al vestuario?

–Que estoy para ellas. Les dije: "No quiero que digan 'uy, no la voy a molestar'". Yo pasé por lo que ellas están pasando. Sé lo que es sentir que el corazón te late a mil cuando jugás por el país. Quiero darles las herramientas para que manejen esa adrenalina y para ayudar a que el tenis femenino siga creciendo... Que las jugadoras puedan hablar de temas extratenísticos es elemental, ya que muchas veces esa imposibilidad es la que obstaculiza el rendimiento en la cancha. Básicamente, es importante que las chicas sean entendidas como un todo, como los seres humanos que sienten, sufren y se presionan.

El legado de una madre que volvió a su esencia

Al final del día, cuando las luces del estadio se apagan y las raquetas vuelven a sus fundas, Paola Suárez sigue siendo la misma mujer que valora la tranquilidad por sobre todas las cosas. En su casa de Oviedo los límites son claros: "Nada de celulares hasta los 14 ó 15 años" y un respeto sagrado por el otro.

Busca sembrar en sus hijos que "no hay que cuestionar ni juzgar a la gente, sino acompañar desde el amor". Aunque ellos prefieran el fútbol por sobre la raqueta, Paola respeta sus pasiones con la misma paciencia que les explica quince veces la misma consigna antes de perder la calma.

"El tenis es hermoso", reza la casaca de las capitana número 19 de la selección argentina de tenis femenino.

Este regreso al tenis es, en el fondo, un reencuentro con la Paola que soñaba a lo grande en Pergamino. Si pudiera hablar con aquella niña, afirma, le diría "que sea feliz por volver a incorporarse a lo suyo, por haber tenido la valentía de cambiar el chip y regresar al deporte que le dio todo". "Uno entra a una cancha y se siente pleno, se siente bien… es lo mío", confiesa con una sonrisa de satisfacción plena.

Después de dos décadas de silencio, la número uno está de vuelta, no para buscar más trofeos para su vitrina personal, sino con un propósito trascendental: entregar lo aprendido y dejar un legado en las manos de las que vienen detrás.

Fotos Chris Beliera, archivo GENTE y gentileza AAT y P.S.
Retoque fotográfico: Julieta Scavino

Agradecemos a Var's, Softli y Guadalupe Roglich



 
 

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