Priscila Sand, una joven argentina de 27 años oriunda de Campana, provincia de Buenos Aires, denunció a su expareja, Salvador Zubirán Rabay, por haberla mantenido cautiva durante casi dos años en una casa de Ciudad de México. Según su relato, vivió vigilada con cámaras, micrófonos y sensores de movimiento, hasta que en abril de este año logró escapar junto a su hijo de nueve meses.
La conmoción se reavivó en los últimos días, cuando la Justicia mexicana ordenó liberar a Zubirán Rabay, quien estaba detenido desde fines de mayo, acusado de secuestro y abuso. Frente a esta decisión, Priscila expresó su temor: “Desde el viernes que me enteré de que lo liberaron, que no salgo ni al kiosco. Solo quiero estar segura con mi familia, tengo mucho miedo”, aseguró en diálogo con Telenoche.

Tras su escape, no puede regresar a la Argentina. Su expareja la denunció por “sustracción de menores”, por lo que corre riesgo de ser detenida si regresa al país. “Cuando me enteré, entré en una desesperación y de querer salir ilegalmente del país, pero mi asesor me tranquilizó y me dijo que ya faltaba poco para que me den el permiso. Me aferro a eso y sigo esperando”, relató.
Priscila explicó que no sale ni siquiera a la vereda y que depende de la ayuda de una persona que le lleva mercadería. “Tengo una persona que me está ayudando y que me trae mercadería, porque yo no salgo ni a la vereda”, detalló.
Además, responsabilizó al magistrado Javier Raúl Ayala Casillas, integrante de la Séptima Sala Penal de la Ciudad de México, por cualquier daño que pudiera sufrir: “Para mí él (Salvador) es capaz de quitarme la vida a mí y sacarme al bebé, o de llevárselo para que yo viva con el sufrimiento de no saber dónde está”.

Las fuertes declaraciones que Priscila hizo en sus redes sociales
En un video difundido en sus redes sociales, Priscila manifestó: “Aunque la justicia me falle, mi verdad no se calla. Hoy, la justicia me ha dado la espalda de la forma más cruel con una firma del magistrado Javier Raúl Ayala Casillas, que ha deshecho meses de lucha y le ha devuelto la libertad a mi agresor. Mientras Salvador hoy camina libre por las mismas calles que yo, yo sigo atrapada, prisionera del miedo”.
Y agregó: “Es una herida que quema el alma ver cómo un sistema que debería protegernos se convierte en cómplice de nuestro dolor. Pero hay algo que ninguna resolución puede anular: mi verdad. Aunque un tribunal decida no ver, aunque el sistema elija no creer, mi voz no será silenciada”.
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