En medio de una agitada jornada de preparativos antes de abrir su restaurante al público, Misael Noe dialoga con Revista GENTE sobre su historia. No es mucho el espacio de su local. De hecho, con una primera mirada se puede ver prácticamente todo lo que sucede allí: son 12 metros cuadrados en el hall de un edificio, un espacio que en muchos casos podría quedar obsoleto o sin uso. Sin embargo, allí, este joven de 23 años puso en funcionamiento su comercio en el corazón del barrio de Saavedra.

“Hoy es día de producción. Arrancamos temprano… hacemos una producción previa de las cocciones que llevan tiempo, los encurtidos, fermentos o aderezos. Todo tiene un proceso”, cuenta apasionado, dando unas primeras señales claras de cómo es su personalidad, la e alguien seguro que se vuelca de lleno en lo que le gusta.
Su vínculo con la cocina empezó desde muy chico, con apenas 8 años, en La Matanza: “Con mi familia vivíamos de alquiler en alquiler hasta que encontramos un lugar donde nos pudimos quedar. En esa época yo ya la ayudaba a mi vieja con la pastelería y panadería; yo estaba ahí pesando cosas o rompiendo los huevos”, recuerda.
A los 12 ya no era sólo el nene que “ayudaba”: “Empecé a meterme más porque me gustaba, me sentía cómodo y también por necesidad de dar una mano en casa. Como soy el mayor de cuatro hermanos y mis viejos laburaban —él en una empresa constructora y ella como enfermera—, yo me quedaba con ellos y les tenía que hacer de comer”.
—¿Cómo fue ese primer aprendizaje, pedías indicaciones, leías libros?
— Como en la mayoría de las casas se suele comer casi siempre lo mismo, milanesas, asado, pizzas, las preparaciones eran las mismas... y de tanto ver cómo se hacía, terminé ayudando y después haciéndolo yo solo. Todo fue por ayudar a mis viejos. Hasta el día de hoy defino mi cocina como "intuitiva". Me gusta jugar con los ingredientes y ver qué sale. Fue primero que me explicaran cómo se hacía algo y después mandarme a jugar por encima de eso.

Esa definición —“cocina intuitiva”— es una clave que se repite a lo largo de su historia, porque fue la misma intuición con la que cocinaba a sus hermanos que luego fue volcando en cada proyecto gastronómico que tuvo por delante.
La curiosidad que lo llevó a ampliar el paladar
A la par de esta pasión que crecía en su interior, Misael hizo un colegio técnico y se recibió de Maestro Mayor de Obras, pero tenía muy en claro que ese no era su camino: “Era algo que no me gustaba mucho, así que no ejercí. Me gustaba más cocinar”, explica.
El final del secundario fue el momento bisagra. “Cuando estaba por terminar empecé a hacer changuitas y a tener mi propia plata”, cuenta. Esa mínima independencia económica lo empujó hacia otro mundo: “Con mi familia siempre comíamos lo tradicional… Nunca habíamos probado cocina asiática o vietnamita, por ejemplo. Al empezar a salir con mis amigos a otras propuestas distintas, me flasheé con los sabores, los agridulces, las texturas”.
“Sabía que no quería ejercer lo que había estudiado y fue casi como un capricho decir: ‘Quiero dedicarme a la cocina’”, confiesa. Pensó en estudiar gastronomía, pero finalmente se lanzó al mundo laboral y probó suerte presentándose para un puesto en "Yiyo el zeneize", un bodegón de Parque Avellaneda.
“En la entrevista dije que me gustaba cocinar, pero me dijeron que necesitaban un bachero y que si le metía, podía ir ascendiendo”, rememora. Y fue así, literal: “Estuve unos 8 meses en la bacha, pero siempre estaba inquieto ayudando en cocina. Tenía un acuerdo con la jefa de cocina: yo ayudaba antes del servicio, daba una mano en los emplatados y después volvía lavar”. Así, mientras cumplía con su puesto, aprendía sobre diferentes roles dentro de la cocina, proponía ideas e imaginaba otras tantas para un futuro espacio propio.

Al año tuvo un nuevo gran desafío por delante al estar como encargado de cocina en Vereda adentro, un bar de Núñez, en el que no sólo debió estar a cargo de pedidos, producción y despacho, sino que pudo darle una impronta más propia: “Ahí junto a un amigo diseñamos la primera carta. Como era un bar de vinos naturales con platos vegetarianos y veganos, terminé de ampliar mi visión”, sostiene.
A la par de estas primeras experiencias laborales, Misael no perdía el tiempo al momento de aprender y se anotó variedad de cursos y masterclass de reconocidos chefs que encontró. Todo lo que recibía, lo llevaba a su principal laboratorio: su casa, donde vive con sus mejores amigos y él es allí el encargado de la cocina con sus catadores de mayor confianza.
La decisión de independizarse
La acumulación de experiencia se chocó con algo más básico: el trato. “Después de años laburando en distintos lugares, incluso en catering para 500.000 personas y famosos, me cansé del maltrato y de no sentirme valorado”. En ese sentido, Misael vio que quería formar su propio camino, con su propia impronta: “Quería que conocieran lo que yo hacía y no estar siempre en un lugar secundario detrás de un dueño”, afirma.
Entonces hizo lo que hace su generación cuando necesita romper un techo: se volcó a las redes. “Empecé a subir contenido y creé ‘La Orquesta’, una experiencia de encuentros una vez por mes que fusiona comida con música”. Durante 2025 la sostuvo con constancia, y eso le devolvió algo enorme: un público.
“Me di cuenta de que podía ser independiente y vivir de mi propio sostén. Aprendí a gestionar tiempos, costos y logística. La exposición en redes generó un público que venía todos los meses y me salían otros laburos como talleres o caterings”, explica.
El primer restaurante propio
—¿Cuándo y cómo llegas a abrir JöL, el restaurante de 12 m2?
— El proyecto me llega en septiembre de 2025 a través de un amigo que me puso en contacto con Julián y Mariano —Julián Berdichevsky y Mariano Varela de "Bvarq Arquitectos"— que son los arquitectos del edificio donde está JöL y ya los conocía de mi segundo laburo. Inicialmente iba a ser una cafetería, pero no funcionó y me propusieron que yo armara algo ahí y acepté. Sentía que con mi exposición en redes iba a lograr algo bueno, porque es una zona de poco tráfico de gente y sin vidriera ni cartel a la calle. Es literal un hall de edificio. Ellos pusieron el lugar y las reformas y yo el desarrollo de la marca, la propuesta gastronómica y las redes.

Con la confianza puesta en su propuesta, Misael no dudó un segundo y puso en marcha un desarrollo para este local, que tuvo sus idas y vueltas hasta definirse: “Fui descartando hasta llegar a los sándwiches. Es algo que le gusta a todo el mundo: desde mis hermanos chicos hasta mis viejos. Quería un diferencial para que la gente viniera”. La carta, además, tuvo que adaptarse al espacio: “Empezó siendo extensa, pero por el espacio la acotamos a las cuatro opciones que tenemos hoy”.
Así como el espacio reducido es parte de la identidad del lugar, su carta busca diferenciarse con una propuesta de gastronomía de autor con enfoque en cocina de fusión y técnicas contemporáneas.
En una apuesta gourmet, se inclina fuertemente por lo “plant-based”, donde ingredientes tradicionales como la melena de león o las gírgolas se elevan con procesos complejos como los fermentos —kimchi— y el uso de sabores asiáticos —togarashi, miso, alga nori—. Además busca el contraste de texturas —usando pralines, geles y encurtidos— y reinterpreta clásicos rioplatenses —como la tapa de asado o el vitel toné— bajo un lente moderno y creativo.
—Es impresionante escucharte con 23 años que lograste todo esto. ¿Cómo te imaginas tu vida en 10 años?
—Todo esto es como un sueño, pero también lo siento como un jueguito donde vas pasando niveles. Es parte de todo el laburo previo: desde ser bachero hasta vivir solo un año sosteniéndome de forma independiente. Me flashea que la gente viaje de distintos lugares para venir a comer acá. Todo arrancó por querer mostrar lo que me gusta hacer y estoy llegando a donde quería. En 10 años me imagino con varias propuestas distintas, como lo fue "La Orquesta" o la "Pancho Party" que hice para mi cumple. Me gusta generar conceptos nuevos. Me veo igual que ahora: cocinando, inquieto y laburando mucho, quizás también con algún lugarcito o propuesta en Europa.
Fotos: Ezequiel Dagnino y Ale Nozzi


