San Cristóbal, una ciudad santafesina de 16.000 habitantes que hasta el lunes 30 de marzo transitaba su vida al ritmo pausado del interior, quedó partida en dos.
En el patio de la Escuela N°40 "Mariano Moreno", mientras los alumnos se formaban para el izamiento de la bandera alrededor de las 7.15, Gino C., de 15 años, sacó una escopeta calibre 12/70 que había ocultado en un estuche de guitarra, avanzó hacia sus compañeros y abrió fuego. Ian Cabrera, de 13 años, arquero de las inferiores del Club Independiente y fanático de River Plate, murió en el acto. Otros ocho chicos resultaron heridos.

Treinta y seis horas después del ataque, mientras San Cristóbal despedía a Ian en un cortejo que pasó por el club donde jugaba –con sus compañeros formados en la vereda con las camisetas rojas y los pantalones blancos del equipo–, trascendió cómo vivía la pesadilla la otra familia arrasada por la tragedia: la de Gino.
"No lo puedo perdonar": el mensaje que hizo llegar Mabel
Mabel –la madre del agresor, maestra jardinera que al momento de los hechos se encontraba con licencia psiquiátrica– no habló directamente con la prensa. Pero a través de su pareja, hizo llegar sus palabras al programa Argenzuela, de C5N. La cronista enviada al lugar transmitió el mensaje con una precisión que heló a los presentes en el estudio.
"Lo que nos dijo realmente es muy fuerte. La mamá está absolutamente destrozada, pero principalmente por Ian, por el nene que falleció", relató la periodista, y agregó: "Nos repitió en tres oportunidades lo que dijo la madre: 'No lo voy a perdonar, yo no lo puedo perdonar, que Dios lo perdone'".
Esa frase, repetida tres veces, resume el peso insoportable de una madre que no logra encontrar ningún lugar desde donde procesar lo que hizo su hijo.
El lazo con la familia Cabrera: 20 años de trabajo, una llamada y el llanto
Lo que hace aún más brutal este caso es la distancia cero que separaba a ambas familias. Según se pudo saber, la tía de Ian Cabrera –hermana del padre– trabaja en la casa de Mabel desde hace veinte años. Cuando se confirmó la muerte del chico, la mujer la llamó por teléfono.

"La llamó llorando, pidiéndole disculpas", relató la cronista de C5N. El nudo entre ambas familias, tejido durante dos décadas de convivencia cotidiana, quedó deshecho en una mañana.
Las señales que nadie leyó a tiempo
La pareja de Mabel también reveló que Gino había iniciado tratamiento psicológico unos meses antes del ataque, después de que comenzara con episodios de autolesiones y empezara a negarse a ir al colegio. "Nunca advertimos la gravedad del caso. El psicólogo les dijo que tampoco lo advirtió, que no supieron leer las lesiones. Nadie avisó tampoco a las autoridades en la escuela", dijo el hombre a los periodistas.

El perfil que fue tomando forma a lo largo del martes contrastaba con el que tenía la institución escolar. Para sus maestros, Gino era un buen alumno, sin antecedentes de violencia ni conflictos dentro del establecimiento. "Era introvertido, pasaba mucho tiempo frente a la computadora, tenía pocos amigos", describió Federico Kiener, uno de los abogados de la defensa. También descartó que hubiera bullying o un conflicto puntual con algún compañero: "Disparó sin reparar a quién le estaba tirando", sostienen los investigadores.
El cuadro familiar era, en cambio, de una complejidad acumulada. Su padre, camionero, se había mudado a San Jaime de la Frontera, Entre Ríos, dos años atrás y no tenía contacto físico con el chico. Los investigadores hablan de consumo problemático por parte del adulto. Su madre, que él mismo describía como víctima de violencia por parte del padre del menor, tenía licencia psiquiátrica. Según testimonios de compañeros, la madre también habría realizado un intento de suicidio. El padrastro, según esas mismas fuentes, también arrastraba problemas con las adicciones.
La promesa de pedir disculpas
La pareja de Mabel cerró su relato con una promesa: "Cuando la madre recupere la entereza, va a hablar porque ella le quiere pedir disculpas a la madre de Ian". Una reparación simbólica que no alcanzará para cerrar ninguna herida, pero que habla de la conciencia devastada de una mujer que no puede mirarse en el espejo de lo que hizo su hijo.
En el plano judicial, el Ministerio Público de la Acusación de Santa Fe impuso reserva total en las actuaciones –ambas partes son menores de edad– y el agresor fue trasladado a un centro de alojamiento de menores en la capital provincial. Pese a que la nueva Ley Penal Juvenil fue aprobada en marzo de 2026, su Artículo 52 establece un plazo de 180 días para su vigencia, por lo que Gino no podrá ser juzgado por un tribunal bajo ese nuevo régimen.
El arma, una escopeta calibre 12/70 de doble caño que seguía cargada cuando Gino fue reducido por el asistente escolar Fabio Barreto, pertenecía al abuelo materno del chico. Héctor, el padre de Mabel, aseguró que le fue robada de su casa horas antes del ataque. La incógnita de cómo llegó a manos de su nieto –que no tenía llaves de esa vivienda– sigue sin resolverse.

Mientras tanto, San Cristóbal despidió a Ian Cabrera en el cementerio municipal. Su padre, que meses atrás le había dedicado un mensaje en redes después de una prueba de jugadores –"Aún sos chico y vas a tener muchas oportunidades... Estoy muy orgulloso de vos"–, lo acompañó sin palabras posibles.
Lo que queda abierto es la pregunta que ya circula en los pasillos del sistema educativo santafesino, y que se repite en cada tragedia de este tipo: cuántas otras señales, en cuántas otras escuelas, también están siendo ignoradas.
La investigación, a cargo de la fiscal de menores Carina Gerbaldo y del fiscal Mauricio Espinoza, avanza con pericias y entrevistas a la comunidad educativa.
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