La Rural se vistió de celebración para recibir a más de 500 líderes y representantes de todo el país y la región en la 10ª edición de los Premios FLOR a la Diversidad, organizados por Fundación FLOR. El evento, conducido por Iván de Pineda y Agustina Torchio Grobocopatel, reunió a más de 500 empresas y organizaciones, consolidándose como un espacio emblemático en la promoción de la inclusión.
Durante la ceremonia, que contó con la presencia de figuras como Thelma Fardín, Liliana Parodi y Connie Ansaldi, se destacó “la importancia de que todas las voces tengan un lugar, para que no solo crezcan las organizaciones, sino que también se enriquezca el tejido social al asegurar que nadie quede afuera de la construcción del futuro”.

Desde su creación, los Premios FLOR han recibido 502 postulaciones y distinguido a 95 organizaciones que lideran prácticas inclusivas en distintos sectores. En estos diez años, el reconocimiento trascendió lo simbólico: se transformó en una plataforma de aprendizaje, inspiración y compromiso colectivo.
Para conocer más sobre este camino, Gente conversó con Andrea Grobocopatel, presidenta de Fundación FLOR, quien repasó los inicios del proyecto y el impacto que ha tenido en la cultura organizacional del país.
“Los Premios FLOR nacieron como suelen nacer las cosas más valiosas: de una conversación sencilla, pero cargada de propósito”, recuerda Andrea. “Fundación FLOR recién empezaba, era algo chiquito, casi un sueño en construcción. Dijimos: ‘¿Y si creamos un espacio para visibilizar a las organizaciones que ya están haciendo las cosas bien?’. Así empezó todo”.

Lo que comenzó como una iniciativa casi artesanal se transformó en una red de reconocimiento y aprendizaje que hoy inspira a cientos de instituciones. “Han sido diez años de un trabajo profundo y sostenido”, cuenta Grobocopatel. “Pasamos de pequeños encuentros a llenar La Rural, de 15 organizaciones reconocidas a más de 140, y de una conversación incipiente a una comunidad comprometida con la inclusión”.
“La diversidad sigue viva, latiendo y empujando desde cada rincón del país”, asegura. “Pero también estamos en un momento bisagra: necesitamos líderes valientes que no solo hablen de inclusión, sino que la practiquen con coherencia y convicción”.
A lo largo de esta década, las organizaciones también evolucionaron en su manera de entender la diversidad. Lo que en un principio se asociaba exclusivamente con la equidad de género, hoy abarca múltiples dimensiones: discapacidad, diversidad generacional, cultural y socioeconómica, entre otras.

“Ya no es un tema periférico —explica Andrea—. Hoy la diversidad atraviesa la sostenibilidad, la innovación y la cultura organizacional. Las empresas entienden que no se trata solo de justicia social, sino también de competitividad y de construir entornos más fuertes y humanos”.
Sectores tradicionalmente masculinizados, como la industria minera o autopartista, también comienzan a ser protagonistas del cambio. “Nos sorprendió el avance de rubros que históricamente no se caracterizaban por tener políticas de inclusión. Eso demuestra que el liderazgo inclusivo no tiene fronteras: depende de la convicción de quienes toman decisiones”, destaca.
Más que un premio, la distinción FLOR se convirtió en un sello de liderazgo responsable. “Para las empresas, ganar un Premio FLOR tiene un impacto real. Fortalece su reputación, atrae talento y demuestra que la diversidad no es discurso, sino una práctica sostenida que genera valor”, afirma Grobocopatel. Y agrega: “La diversidad deja de ser un valor simbólico cuando se traduce en decisiones concretas. No se trata solo de tener políticas escritas, sino de vivirlas todos los días: en la selección, en el liderazgo, en la comunicación, en cómo se diseñan los productos y servicios”.

De cara al futuro, la presidenta de Fundación FLOR imagina una expansión sin límites. “Queremos internacionalizar los Premios FLOR, llevarlos a otros países y adaptarlos a distintas realidades culturales. La meta es duplicar el número de postulaciones y seguir polinizando esta agenda transformadora”, anticipa.
Finalmente, deja un mensaje para quienes aún no se animan a dar el paso hacia la inclusión: “Muchas organizaciones no dimensionan el enorme potencial que están dejando ir. La diversidad no es solo justa: es inteligente. Potencia la innovación, la creatividad y la sostenibilidad. La invitación es clara: ser parte del grupo que actúa con propósito y convierte la inclusión en una práctica cotidiana que transforma la cultura y genera valor para todos”.
A diez años de su creación, los Premios FLOR a la Diversidad son mucho más que una ceremonia: son un símbolo de cambio. Una década después, el mensaje sigue siendo el mismo, pero más urgente que nunca: no dar ni un paso atrás en la construcción de un futuro más diverso, equitativo e inclusivo.