Qué decían los maestros sobre Gino, el adolescente que asesinó a Ian Cabrera: autolesiones, introversión y las señales previas no atendidas – GENTE Online
 

Qué decían los maestros sobre Gino, el adolescente que asesinó a Ian Cabrera: autolesiones, introversión y las señales previas no atendidas

Qué decían los maestros sobre Gino, el adolescente que asesinó a Ian Cabrera-Perfil psicológico
Mientras la comunidad educativa de San Cristóbal intenta reconstruirse después del ataque que terminó con la vida del nene de 13 años dentro de la Escuela Mariano Moreno, empiezan a aparecer datos sobre el perfil del agresor. Qué dijeron sus docentes, qué habían detectado antes del hecho y cuál era su situación emocional según la información que investiga la Justicia. En diálogo con GENTE, el psicólogo Mel Gregorini analizó los posibles pasos judiciales tras el crimen escolar.
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La mañana del 30 de marzo en San Cristóbal, provincia de Santa Fe, quedó marcada como una fractura en la memoria colectiva del pueblo. Gino C., un adolescente de 15 años, ingresó armado con una escopeta calibre 12/70 escondida en un estuche de guitarra al patio de la Escuela N°40 Mariano Moreno y disparó contra sus compañeros antes del izamiento de la bandera. Ian Cabrera, de 13 años, murió en el acto y otros ocho estudiantes resultaron heridos.

Desde entonces, mientras la investigación judicial avanza bajo estricta reserva por tratarse de menores de edad, empieza a delinearse un perfil psicológico complejo del agresor que combina señales previas, antecedentes de tratamiento emocional y un entorno familiar atravesado por conflictos.

Qué decían sus maestros: “Era introvertido y buen alumno”

Uno de los datos que más impactó dentro de la comunidad educativa fue que el adolescente no tenía antecedentes de conductas violentas dentro del colegio.

“Cuando un chico llega a un acto extremo, casi nunca es un hecho aislado: es la punta visible de un proceso que viene ocurriendo hace tiempo", sostiene el psicólogo Mel Gregorini.

Según reconstruyeron investigadores y su propia defensa, los docentes lo describían como un estudiante correcto en lo académico, de perfil bajo y con pocos conflictos escolares. Era un chico introvertido, con pocos amigos y con tendencia a pasar muchas horas frente a la computadora, características que también fueron señaladas públicamente por su entorno legal. 

Incluso compañeros que estuvieron presentes el día del ataque aseguraron que no registraban episodios previos de agresividad ni situaciones que anticiparan un desenlace de esa magnitud. Un alumno que lo conocía del club donde jugaban al básquet lo definió como “callado y buen alumno, que no tenía problemas con nadie”. 

Ese contraste entre la imagen escolar y el desenlace violento es hoy uno de los principales interrogantes que intentan responder los especialistas.

Registro del ataque del alumno en el colegio Mariano Moreno, en Santa Fe.

Las autolesiones y el tratamiento psicológico previo al ataque

Uno de los elementos centrales del perfil que investiga la Justicia es que el adolescente estaba bajo tratamiento psicológico antes del hecho. Según confirmaron sus abogados defensores, había atravesado episodios autolesivos meses antes del ataque, lo que motivó la intervención terapéutica. 

También había comenzado a negarse a asistir a la escuela, una señal que ahora adquiere un nuevo significado dentro del análisis posterior al episodio. En ese contexto, su familia había iniciado un acompañamiento profesional que, según trascendió, no logró dimensionar la gravedad del cuadro emocional.

La existencia de estas señales previas es hoy uno de los ejes centrales del debate sobre prevención en ámbitos escolares.

El Mariano Moreno en San Cristóbal, Santa Fe, conmocionado por lo ocurrido. "Nunca advertimos la gravedad del caso. El psicólogo les dijo que tampoco lo advirtió, que no supieron leer las lesiones. Nadie avisó tampoco a las autoridades en la escuela", dijo el marido de Mabel, la madre de Gino.

Un contexto familiar complejo que también está bajo análisis

Otro aspecto que aparece en el perfil del adolescente es su entorno familiar. La investigación señala que sus padres estaban separados desde hacía dos años y que el padre residía en otra localidad, sin contacto cotidiano con el menor. A eso se suma que su madre –docente de nivel inicial– se encontraba con licencia psiquiátrica al momento del ataque.

Fuentes vinculadas al caso también indicaron que el entorno intrafamiliar atravesaba situaciones complejas que ahora forman parte del análisis judicial y pericial del expediente. 

Este tipo de variables no explican por sí solas un hecho de violencia extrema, pero sí forman parte del mapa que intentan reconstruir los especialistas.

El 31 de marzo, el cortejo fúnebre de Ian recorrió los lugares que formaban parte de su vida cotidiana: pasó por la parroquia del barrio y también por el club donde jugaba al fútbol con sus amigos. Allí, entre camisetas, abrazos y silencio, vecinos y compañeros lo despidieron en una escena cargada de emoción y dolor.

El interrogante sobre el bullying y las hipótesis en investigación

En las primeras horas posteriores al ataque surgieron versiones sobre posibles episodios de acoso escolar. Sin embargo, investigadores señalaron que no existen registros institucionales que confirmen conflictos directos entre la víctima y el agresor.

La defensa del adolescente planteó la posibilidad de situaciones de hostigamiento previas, aunque esa línea todavía continúa bajo verificación judicial. Por ahora, lo que sí aparece confirmado es que el ataque no estuvo dirigido contra una persona específica: los disparos fueron efectuados sin un objetivo individual definido, según reconstruyen los investigadores.

Un perfil que abre preguntas más que respuestas

Uno de los elementos más desconcertantes del caso es justamente la distancia entre la imagen escolar del adolescente y la violencia del ataque. Era considerado un alumno correcto. No tenía antecedentes disciplinarios. Estaba en tratamiento psicológico. Presentaba rasgos de introversión. Y atravesaba un contexto familiar complejo.

Ese conjunto de factores es un punto de partida para entender cómo se construyen –y muchas veces no se detectan a tiempo– los procesos de sufrimiento emocional en la adolescencia.

Con apenas 13 años, Ian Cabrera –arquero de las inferiores de Club Atlético Independiente y fanático de Club Atlético River Plate– murió en el acto cuando un compañero de 15 años entró al aula con una escopeta calibre 12/70 que había ocultado dentro de un estuche de guitarra y abrió fuego contra sus compañeros. Otros ocho chicos resultaron heridos

Mientras la Justicia continúa con entrevistas a docentes, compañeros y familiares, el caso vuelve a instalar una pregunta que atraviesa al sistema educativo argentino cada vez que ocurre una tragedia de este tipo: cuántas señales estaban ahí antes del disparo y cuántas todavía hoy siguen pasando desapercibidas dentro de las aulas.

La palabra de un psicólogo: "Hay que entender qué pensó en el momento del acto"

En diálogo con GENTE, el psicólogo Mel Gregorini analizó los posibles pasos judiciales tras el crimen y explicó cuál es el encuadre legal actual frente a un caso protagonizado por un menor de 16 años.

Según detalla el especialista, el primer movimiento esperado es la imputación formal por homicidio premeditado, una instancia inicial que permite a la Justicia avanzar en la investigación y determinar responsabilidades. Sin embargo, esa imputación no implica una condena penal efectiva.

Esto se debe a que el nuevo régimen penal juvenil –que contempla la baja de la edad de imputabilidad de 16 a 14 años y fue sancionado en febrero de 2026– todavía no está vigente. En consecuencia, el adolescente no es punible dentro del sistema penal actual.

En este marco, el joven fue trasladado a la capital provincial y permanece bajo custodia estatal mientras se aplican medidas acordes a su edad. Se trata de intervenciones de carácter “curativo, tutelar y de resguardo”, orientadas más a la contención institucional que al castigo.

El psicólogo subraya que, en casos como este, la clave no está sólo en la investigación judicial sino en el abordaje emocional del adolescente. “Hay que trabajar sobre el chico, entender qué pensó en el momento del acto y cuáles fueron los motivos que lo llevaron hasta ahí”, señala.

En ese sentido, advierte que el rol de la familia y la escuela resulta central para reconstruir el contexto previo al hecho. Analizar si existían situaciones de bullying, aislamiento o conflictos dentro del hogar no es un dato accesorio: es parte del núcleo del problema. Y, según trascendió, algunas de esas variables ya aparecen en el entorno del menor.

“Cuando aparece la violencia, hay que mirar el contexto: vínculos, pertenencia, aislamiento, bullying", analiza Gregorini.

La falta de gestión de las emociones, un problema cultural

El psicólogo advierte que la dificultad para gestionar las emociones ya no es un fenómeno aislado: es un problema cultural que se replica en distintos ámbitos y atraviesa especialmente a los adolescentes. “Hay chicos de estas edades que no saben cómo procesar la ira o la frustración, entonces reaccionan de manera inmediata, muchas veces a través de conductas violentas”, explica.

En ese contexto, subraya que el rol de adultos y referentes es decisivo. La escuela y la familia no sólo deben intervenir cuando aparece el conflicto, sino trabajar de manera sostenida en el desarrollo de habilidades emocionales que permitan nombrar lo que sienten, tramitarlo y transformarlo.

Además, remarca que los círculos de pertenencia cumplen una función clave en esta etapa de la vida. “Los chicos necesitan espacios de referencia primaria –como la familia, los amigos y la escuela– para construir lazos, sentirse contenidos y desarrollar una identidad saludable”, señala.

El problema del "cutting", un síntoma de dolor emocional

El "cutting" –las autolesiones deliberadas sobre el propio cuerpo sin intención suicida– aparece cada vez con más frecuencia como una forma de expresar lo que no puede decirse con palabras. Para muchos adolescentes, es un síntoma visible de un malestar que permanece invisible para los adultos.

En ese sentido, Gregorini advierte que estas conductas suelen aparecer cuando el dolor emocional no encuentra canales de expresión y termina desplazándose al cuerpo. “Es importante preguntar por la vida del chico, su familia, su entorno escolar y social”, subraya el especialista, al remarcar que el contexto es clave para comprender lo que está pasando.

Lejos de ser episodios aislados, las autolesiones forman parte de un fenómeno extendido. “Es un fenómeno muy masivo, extremadamente común”, explica Gregorini, y alerta sobre la necesidad de que tanto profesionales como familias aprendan a reconocer estas señales a tiempo. Detectarlas no significa alarmarse sin información, sino intervenir con escucha, presencia y contención emocional. 



 
 

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