La mañana del 30 de marzo en San Cristóbal, provincia de Santa Fe, quedó marcada como una fractura en la memoria colectiva del pueblo. Gino C., un adolescente de 15 años, ingresó armado con una escopeta calibre 12/70 escondida en un estuche de guitarra al patio de la Escuela N°40 Mariano Moreno y disparó contra sus compañeros antes del izamiento de la bandera. Ian Cabrera, de 13 años, murió en el acto y otros ocho estudiantes resultaron heridos.
Desde entonces, mientras la investigación judicial avanza bajo estricta reserva por tratarse de menores de edad, empieza a delinearse un perfil psicológico complejo del agresor que combina señales previas, antecedentes de tratamiento emocional y un entorno familiar atravesado por conflictos.
Qué decían sus maestros: “Era introvertido y buen alumno”
Uno de los datos que más impactó dentro de la comunidad educativa fue que el adolescente no tenía antecedentes de conductas violentas dentro del colegio.

Según reconstruyeron investigadores y su propia defensa, los docentes lo describían como un estudiante correcto en lo académico, de perfil bajo y con pocos conflictos escolares. Era un chico introvertido, con pocos amigos y con tendencia a pasar muchas horas frente a la computadora, características que también fueron señaladas públicamente por su entorno legal.
Incluso compañeros que estuvieron presentes el día del ataque aseguraron que no registraban episodios previos de agresividad ni situaciones que anticiparan un desenlace de esa magnitud. Un alumno que lo conocía del club donde jugaban al básquet lo definió como “callado y buen alumno, que no tenía problemas con nadie”.
Ese contraste entre la imagen escolar y el desenlace violento es hoy uno de los principales interrogantes que intentan responder los especialistas.

Las autolesiones y el tratamiento psicológico previo al ataque
Uno de los elementos centrales del perfil que investiga la Justicia es que el adolescente estaba bajo tratamiento psicológico antes del hecho. Según confirmaron sus abogados defensores, había atravesado episodios autolesivos meses antes del ataque, lo que motivó la intervención terapéutica.
También había comenzado a negarse a asistir a la escuela, una señal que ahora adquiere un nuevo significado dentro del análisis posterior al episodio. En ese contexto, su familia había iniciado un acompañamiento profesional que, según trascendió, no logró dimensionar la gravedad del cuadro emocional.
La existencia de estas señales previas es hoy uno de los ejes centrales del debate sobre prevención en ámbitos escolares.

Un contexto familiar complejo que también está bajo análisis
Otro aspecto que aparece en el perfil del adolescente es su entorno familiar. La investigación señala que sus padres estaban separados desde hacía dos años y que el padre residía en otra localidad, sin contacto cotidiano con el menor. A eso se suma que su madre –docente de nivel inicial– se encontraba con licencia psiquiátrica al momento del ataque.
Fuentes vinculadas al caso también indicaron que el entorno intrafamiliar atravesaba situaciones complejas que ahora forman parte del análisis judicial y pericial del expediente.
Este tipo de variables no explican por sí solas un hecho de violencia extrema, pero sí forman parte del mapa que intentan reconstruir los especialistas.

El interrogante sobre el bullying y las hipótesis en investigación
En las primeras horas posteriores al ataque surgieron versiones sobre posibles episodios de acoso escolar. Sin embargo, investigadores señalaron que no existen registros institucionales que confirmen conflictos directos entre la víctima y el agresor.
La defensa del adolescente planteó la posibilidad de situaciones de hostigamiento previas, aunque esa línea todavía continúa bajo verificación judicial. Por ahora, lo que sí aparece confirmado es que el ataque no estuvo dirigido contra una persona específica: los disparos fueron efectuados sin un objetivo individual definido, según reconstruyen los investigadores.
Un perfil que abre preguntas más que respuestas
Uno de los elementos más desconcertantes del caso es justamente la distancia entre la imagen escolar del adolescente y la violencia del ataque. Era considerado un alumno correcto. No tenía antecedentes disciplinarios. Estaba en tratamiento psicológico. Presentaba rasgos de introversión. Y atravesaba un contexto familiar complejo.
Ese conjunto de factores es un punto de partida para entender cómo se construyen –y muchas veces no se detectan a tiempo– los procesos de sufrimiento emocional en la adolescencia.

Mientras la Justicia continúa con entrevistas a docentes, compañeros y familiares, el caso vuelve a instalar una pregunta que atraviesa al sistema educativo argentino cada vez que ocurre una tragedia de este tipo: cuántas señales estaban ahí antes del disparo y cuántas todavía hoy siguen pasando desapercibidas dentro de las aulas.
La palabra de un psicólogo: "Hay que entender qué pensó en el momento del acto"
En diálogo con GENTE, el psicólogo Mel Gregorini analizó los posibles pasos judiciales tras el crimen y explicó cuál es el encuadre legal actual frente a un caso protagonizado por un menor de 16 años.
Según detalla el especialista, el primer movimiento esperado es la imputación formal por homicidio premeditado, una instancia inicial que permite a la Justicia avanzar en la investigación y determinar responsabilidades. Sin embargo, esa imputación no implica una condena penal efectiva.
Esto se debe a que el nuevo régimen penal juvenil –que contempla la baja de la edad de imputabilidad de 16 a 14 años y fue sancionado en febrero de 2026– todavía no está vigente. En consecuencia, el adolescente no es punible dentro del sistema penal actual.
En este marco, el joven fue trasladado a la capital provincial y permanece bajo custodia estatal mientras se aplican medidas acordes a su edad. Se trata de intervenciones de carácter “curativo, tutelar y de resguardo”, orientadas más a la contención institucional que al castigo.
El psicólogo subraya que, en casos como este, la clave no está sólo en la investigación judicial sino en el abordaje emocional del adolescente. “Hay que trabajar sobre el chico, entender qué pensó en el momento del acto y cuáles fueron los motivos que lo llevaron hasta ahí”, señala.
En ese sentido, advierte que el rol de la familia y la escuela resulta central para reconstruir el contexto previo al hecho. Analizar si existían situaciones de bullying, aislamiento o conflictos dentro del hogar no es un dato accesorio: es parte del núcleo del problema. Y, según trascendió, algunas de esas variables ya aparecen en el entorno del menor.

La falta de gestión de las emociones, un problema cultural
El psicólogo advierte que la dificultad para gestionar las emociones ya no es un fenómeno aislado: es un problema cultural que se replica en distintos ámbitos y atraviesa especialmente a los adolescentes. “Hay chicos de estas edades que no saben cómo procesar la ira o la frustración, entonces reaccionan de manera inmediata, muchas veces a través de conductas violentas”, explica.
En ese contexto, subraya que el rol de adultos y referentes es decisivo. La escuela y la familia no sólo deben intervenir cuando aparece el conflicto, sino trabajar de manera sostenida en el desarrollo de habilidades emocionales que permitan nombrar lo que sienten, tramitarlo y transformarlo.
Además, remarca que los círculos de pertenencia cumplen una función clave en esta etapa de la vida. “Los chicos necesitan espacios de referencia primaria –como la familia, los amigos y la escuela– para construir lazos, sentirse contenidos y desarrollar una identidad saludable”, señala.
El problema del "cutting", un síntoma de dolor emocional
El "cutting" –las autolesiones deliberadas sobre el propio cuerpo sin intención suicida– aparece cada vez con más frecuencia como una forma de expresar lo que no puede decirse con palabras. Para muchos adolescentes, es un síntoma visible de un malestar que permanece invisible para los adultos.
En ese sentido, Gregorini advierte que estas conductas suelen aparecer cuando el dolor emocional no encuentra canales de expresión y termina desplazándose al cuerpo. “Es importante preguntar por la vida del chico, su familia, su entorno escolar y social”, subraya el especialista, al remarcar que el contexto es clave para comprender lo que está pasando.
Lejos de ser episodios aislados, las autolesiones forman parte de un fenómeno extendido. “Es un fenómeno muy masivo, extremadamente común”, explica Gregorini, y alerta sobre la necesidad de que tanto profesionales como familias aprendan a reconocer estas señales a tiempo. Detectarlas no significa alarmarse sin información, sino intervenir con escucha, presencia y contención emocional.
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