Sandra habla despacio, como si todavía no entendiera cómo su hijo terminó en la cárcel. Su tono combina incredulidad, tristeza y una determinación que apenas le cabe en el cuerpo. “Es injusto”, dice apenas empieza la charla con GENTE. “Y si tengo que salir a hablar por mi hijo es por el tipo de hijo que tienen detenido ahí adentro –se refiere a la alcaidía de la ciudad de Buenos Aires, en Chacarita, donde precisamente su hijo permanece con otros 15 detenidos–. Uno que estudia, se mataba trabajando y siempre se quiere superar...”, lo define.
Pasaron nueve meses desde que Braian Paiz fuera detenido, acusado de haber suministrado drogas a título oneroso al cantante británico Liam Payne (1993-2024), quien falleció en el acto el 16 de octubre de 2024 tras caer desde el balcón del hotel Casa Sur de Palermo. Braian, camarero doble turno en Cabaña Las Lilas, había tenido dos encuentros con el artista. El último, ocurrido casi 48 horas antes del trágico incidente.

La palabra de Sandra, la madre de uno de los dos imputados en el caso Liam Payne
“Como dijo Braian, es un pibe laburante que se cruzó con una estrella y hoy paga esa coincidencia con su libertad”, comparte. Desde entonces, Sandra –cosmetóloga– vive en una cuenta regresiva eterna entre tribunales, visitas a la cárcel y días de supervivencia. Con el presupuesto justo, pero a la vez algo de esperanza de que se consiga al menos la domiciliaria. “Por nuestra situación económica, claramente riesgo de fuga no había”, apunta la mujer que salió adelante con siete hijos y cuenta haber sufrido violencia de género.
“Primero me afectó mucho la mente”, confiesa Sandra al contar cómo fue que se enteró por el noticiero de que el nombre de su hijo estaba vinculado a una noticia internacional. “Tuve ataques de ansiedad. Todo esto me agarró justo cuando estaba por abrir mi local de estética. Me hicieron allanamientos y no encontraron nada, pero me quedé sin sustento. Hoy para llevarle comida a mi hijo tengo que salir a vender tortillas en la calle. Imaginate lo que es eso para una madre”, sostiene quien ya debió vender muchas de sus pertenencias para costear la defensa de su hijo.

Mientras se acerca el juicio oral –se espera que el Tribunal Oral en lo Criminal N°30 de la Ciudad de Buenos Aires pronto fije fecha–, la mujer habla sin medias tintas, sin cuidarse del impacto que sus palabras puedan tener. “Mi hijo no es ningún narco. Ninguno de mis hijos tiene antecedentes. Braian es un pibe que se mataba laburando en un restaurante de Puerto Madero. Todo lo que nos quedó fue su liquidación (tras haber sido echado del restaurante en el que conoció a Liam). Con eso le pagamos al abogado. Yo no entiendo por qué sigue preso”, se pregunta.
La situación no es distinta para Ezequiel Pereyra, ex empleado de Casa Sur, quien continúa detenido en el penal de Marcos Paz por el mismo cargo. El fiscal solicitó que ambos sean juzgados por “suministro de estupefacientes a título oneroso, reiterado en dos oportunidades para cada uno y que en ambos casos las dos entregas concursan materialmente entre sí”. Este delito especificado en el artículo 5 inciso “e” de la Ley N°23.737 de Estupefacientes, prevé una pena de 4 a 15 años de prisión.
La evidencia que consta en la causa incluye cámaras y chats (varios de esos fragmentos, publicados en exclusivo por GENTE). En el caso de las conversaciones de Paiz –quien se entregó con total celeridad, al igual que brindó su teléfono con clave– con Payne, se trata de intercambios vía ICloud donde, aunque figura la frase “prefiero regalártela” (por la droga), la fiscalía parte del hecho de que en el material figuran fotos de bolsas de cocaína y montos sugeridos por Payne.

Si bien el camarero vio por última vez al músico 48 horas antes de su deceso, basada en un chat entre ambos del 15 de octubre. la justicia entiende que la evidencia oficial conecta a Braian Paiz con la posible adquisición de drogas en una fecha relevante. El fiscal asegura que las sustancias conseguidas a partir de esos intercambios podrían haber sido las mortales. Por su parte, la defensa de Braian, comandada por Fernando Madeo Facente, asegura que no hubo ánimo de lucro: “No ha habido ninguna transacción ni está probado nada parecido a un pago”.
Una historia atravesada por la desigualdad: “No lo crié para esto”
“Lo veo detrás de un vidrio y eso me duele”, cuenta su madre acerca de las visitas, que son extremadamente limitadas. Respecto al consumo de su hijo, éste se lo reveló cuando el joven se mudó de Berazategui (Provincia de Buenos Aires) a Capital, “un lugar al que yo no quería que fuera”. La última morada de Braian, donde incluso recibió a Liam Payne en medio de los insistentes requerimientos del músico, fue una habitación 5x5 en el barrio del Abasto, en la calle Agüero.
Sandra recuerda el día del allanamiento como una película borrosa. “Entraron y revolvieron todo. Mis otros hijos se asustaron. No encontraron nada. Pero después de eso, no pude seguir trabajando, no pude volver a levantarme. Y lo que más me duele es que no hay pruebas de que mi hijo haya vendido nada. Él mismo lo dijo: que consumieron juntos, que no hubo venta”.

La fiscalía, sin embargo, sostiene que existió una entrega de estupefacientes a cambio de dinero y que esa acción encuadra en “suministro de estupefacientes a título oneroso”. Por eso Braian sigue detenido desde enero, mientras espera el juicio oral.
Pero Sandra no puede aceptar que esa versión sea toda la verdad. “Él me contó que conoció a Liam en el restaurante donde trabajaba, que el cantante le escribió, que se juntaron a tomar algo. Me dijo: ‘Mamá, lo que pasó fue una desgracia’. Y yo le creo. No lo crié para eso. Si lo hubiera hecho, lo diría, pero mi hijo no vendió nada”.
“Yo ya viví mucha violencia. Fui golpeada, fracturada, perdí un embarazo. No tengo miedo de decir las cosas cómo son. Estoy cansada de que se juzgue a mi hijo como si fuera un monstruo. Si lo quieren condenar, que lo hagan con pruebas, no con prejuicios”, continúa luego de una larga pausa.

“Tiene su condena sin tenerla”
En la cárcel, Braian intenta mantener la calma. Según cuenta su madre, está estudiando idiomas (inglés y portugués) y terminando materias que había dejado pendientes de su ingreso al CBC para Diseño de Imagen de Sonido en la UBA. “Él me dice que no quiere que yo me caiga, que me necesita fuerte. Pero yo lo conozco. Está angustiado. Tiene su condena sin tenerla. Y eso lo mata”. En el encierro, también escribe historias sobre su situación, algo que su madre considera “sanador”.
En una entrevista previa desde prisión, publicada por este medio el 2 de junio último, Braian afirmó: “No le vendí drogas, no soy dealer; sólo consumimos. La droga la llevé yo, pero no compartimos más de dos gramos que me quedaban”. Sandra lo cita de memoria: “Eso fue lo que dijo, y lo repito. No hubo plata. No hubo negocio. Fue una tragedia. Y ahora lo tratan como a un criminal”.

Desde que su nombre apareció en los medios, Sandra siente que su vida cambió para siempre. Dice que lo único que la sostiene es la esperanza de que el caso se revise con humanidad. “No pido favores. Pido justicia. Que se mire el expediente, que se escuche a mi hijo, que se tenga en cuenta quién es, de dónde viene. Nosotros no somos gente con poder”, plantea. Y continúa: “No tenemos influencias. Somos una familia de trabajo. Yo crié sola a siete hijos. No tengo plata ni abogados caros. Tengo la verdad de mi hijo, y eso es lo único que me queda”.
Sandra termina la conversación con una mezcla de tristeza y coraje. “No soy una mujer de plata ni de apellido. Pero sé lo que es luchar. Luché por mi vida (cuando sobrevivió a la violencia del padre de sus hijos, quien, de un golpe, le fracturó el maxilar), luché por mis hijos y ahora voy a luchar por él. Quiero que alguien lo escuche. Que lo miren como a una persona, no como a un titular”.
A unos pocos kilómetros del hotel donde comenzó esta historia, hay una madre que sigue sosteniendo un reclamo simple: que su hijo sea juzgado, sí, pero también escuchado.

Fotos: Familia Paiz


