El empresario Marcelo Porcel (51) está señalado por haber sido presunto autor de abusos sexuales y corrupción de menores, pero la batalla legal no comenzó con el estallido mediático. Detrás de la noticia que irrumpió el 17 de diciembre, se esconde una investigación sigilosa que lleva un año y medio.
Siete familias y sus hijos –los querellantes al momento; ya que los afectados son 8 jóvenes–, éstos últimos menores de edad al momento de los hechos, vienen sosteniendo una lucha judicial contra un hombre que, según las denuncias, utilizaba su rol de padre y sus recursos como herramientas de seducción.
Las maniobras del imputado, quien utilizaba el entorno escolar como "carnada" o "coto de caza" para atraer a los compañeros de sus hijos en el colegio Palermo Chico, se desarrollaron –siempre según los testimonios de las víctimas– en cuatro propiedades bajo su control. E involucraron alcohol "para bajar los frenos inhibitorios de las víctimas", dinero, apuestas online, masajes, tocamientos y, según señalaron fuentes del caso en diálogo con GENTE, un registro fotográfico y fílmico de los menores.

A pesar de contar con pruebas verificadas de abuso contra cinco menores, pericias informáticas, Cámaras Gesell y 19 testigos mayores, el empresario –que tiene una perimetral de 300 metros que le impide acercarse a las víctimas– está imputado por la presunta comisión de delitos sexuales pero hasta al momento permanece en libertad sin ser llamado a indagatoria.
La cronología oculta del caso Porcel: 18 meses de denuncias silenciadas
El caso Marcelo Porcel quien, según fuentes del caso "se sentía uno más", se apalancaba en dos de sus hijos para organizar encuentros con los menores y hasta "usaba el celular de su esposa, María Eugenia Llorente, para avisarles a las madres que estaba todo bien", se hizo público recientemente, pero su génesis se remonta mucho antes. La causa penal que investiga hechos gravísimos de abuso sexual y corrupción de menores 18 meses y suma 1300 fojas.
Esta prolongada etapa previa a la notoriedad pública subraya la complejidad y la delicadeza de las denuncias presentadas. Son siete querellantes, incluyendo a las víctimas y sus familias, quienes –representadas por los abogados Pablo Hawlena Gianotti y Rodolfo Orozco– vienen demostrando una tenacidad fundamental para sostener el peso de la imputación contra el empresario.
A mediados de mes se espera otro momento clave: psicólogos y peritos entrevistarán a los tres menores restantes de entre los siete querellantes en Cámaras Gesell. El objetivo de la conocida modalidad es que los jóvenes puedan testimoniar mientras jueces, fiscales y abogados observan desde la otra sala sin ser vistos, evitando la revictimización al tener que repetir su historia a múltiples personas.

El colegio como señuelo, la red de seducción, qué pasaba en los encuentros y el rol de sus dos hijos
El modus operandi del imputado giraba en torno a la confianza generada por el entorno escolar. Porcel lograba generar un vínculo "casi de pares" con los compañeros de sus hijos, utilizando a estos últimos como un puente para atraer a los menores a su círculo íntimo. Este "patrón delictivo sistemático" se consolidó a través de conductas que él mimetizaba con las de un adulto responsable –ya que en el momento de los hechos era quien "tenía la guarda fáctica de los menores", pero con la diferencia crucial de su posición de poder y sus recursos económicos.
"Antes de las cautelares, en ceremonias religiosas exclusivas para los chicos del colegio, Porcel se ponía en la fila para tomar la comunión con ellos, cuando ningún otro padre lo hacía. Es una conducta que busca que los chicos lo vean como un par y que, frente a los otros adultos, él sea el único que se anima", detallaron las fuentes, subrayando la manipulación psicológica y el goce que obtenía al atacar a los hijos de sus amigos más cercanos, gente de importante capacidad económica.
En las reuniones que organizaba, en las que siempre estaban presentes dos de sus hijos, la inducción al consumo de alcohol y las apuestas ilegales con dinero eran el mecanismo para bajar los "frenos inhibitorios" de los menores. "Les compraba alcohol, los inducía a tomar, les daba mucho dinero", insistieron las fuentes consultadas por GENTE. Vale aclarar que los menores eran "obligados a mantener el secreto" y que la moneda de cambio siempre eran "el dinero en efectivo o las transferencias en billeteras virtuales".

La conducta de uno de los hijos de Porcel es un preocupante foco de atención. "Es indudable que este chico naturalizó la conducta de su padre. En las noches de abuso, él y su hermano se daban vuelta en la cama, mirando a la pared, para no ver lo que sucedía", revelaron las fuentes. Actualmente, la Defensoría de Menores asumió la representación legal del hijo mayor: la intervención del Estado es clave ante la posibilidad de que él también haya sido víctima o haya sido forzado a la participación, esperando que "el chico se quiebre y revele" lo que sabe.
En cuanto a la imputación legal, la defensa de los querellantes busca que prospere la figura de corrupción de menores agravada (art. 125), además del abuso sexual simple agravado. Las fuentes enfatizaron que, si bien no se pudo probar un acceso carnal en todos los casos, el acto corruptor existió por la entidad del golpe infligido a la psique de los menores.
Incluso, se citó una declaración impactante: a uno de los chicos Porcel le habría dicho que para ser rico "tienen que dejarse tocar por otro adulto mayor". Otro de los dichos del empresario hacia los menores en esos encuentros hasta altas horas de la madrugada habría sido: "Tienen que estar abiertos a amar a un hombre".
Múltiples escenarios: las "cuatro sedes del horror"
La investigación ha identificado al menos cuatro locaciones clave donde se desarrollaban los encuentros entre Porcel, dos de sus hijos y compañeros de éstos últimos, siempre bajo condiciones diseñadas para anular la voluntad de los chicos.
El mecanismo principal para "bajar los frenos inhibitorios" de los menores involucraba la inducción al consumo de alcohol y la promesa de dinero a través de apuestas online ilegales.
Las sedes de estas presuntas vejaciones son tan variadas como alarmantes:
- El domicilio familiar. En Godoy Cruz al 3000, donde residía con su esposa, María Eugenia Llorente. Fuentes del caso indican que ella estaba "al tanto de la particularidad de los encuentros", aunque se desconoce el alcance real de su conocimiento.
- El departamento heredado. Ubicado en De María al 4500, "era un punto donde los llevaba a tomar alcohol y a participar en las apuestas con dinero".
- La oficina laboral. En Avenida de Libertador al 600, esta era la sede central para los encuentros, especialmente los sábados y domingos por la noche. Allí se daban "grandes rondas de alcohol", y cuando los chicos mostraban los frenos inhibitorios bajos, el mayor a cargo procedía a hacerles masajes "con cremas mentoladas".
- El Tambo Campazú en Cañuelas. Fuentes detallaron que Porcel "se desnudaba frente a los chicos en los vestuarios, y se medían los penes", entre otros detalles aberrantes.

Las pruebas fotográficas en el celular del imputado y el detalle pasado por alto en los allanamientos
El hallazgo más contundente provino del peritaje informático al celular de Marcelo Porcel. Las fuentes confirmaron que, junto a miles de fotos familiares y contenido de aplicaciones como Grindr, se encontraron imágenes relacionadas con los abusos.
"Descubrimos dos fotografías que fueron reconocidas por el propio menor y por los padres de ese menor, como el cuerpo de él, totalmente desnudo, captado con una cámara de filmación oculta, lente directamente colocado al frente de las dos hojas de vidrio traslúcidas del cuadro de ducha", detallaron las fuentes a GENTE.
Además, se halló material donde "un chico muy jovencito… desnudándose en la misma oficina de Porcel, bajándose el shortcito. Al lado de la mesa donde los chicos en otras circunstancias corrían desnudos", agregaron, señalando un claro narcisismo visual en la puesta en escena de las grabaciones.

Según las fuentes del caso, uno de los puntos ciegos de la investigación inicial fue la falta de secuestro de elementos clave durante los allanamientos. Según las denuncias, las víctimas mencionaron unas cremas con olor mentolado que Porcel usaba al hacerles masajes. Según las fuentes, es una posible "pista omitida".
"Creemos que esas cremas podrían haber sido opiáceos o sustancias sedativas. Lamentablemente, la orden de allanamiento no incluyó el secuestro de esas cremas, un error exclusivo del fiscal y del juez", explicaron las fuentes en diálogo con GENTE. Los menores también percibían el mismo olor a menta en el baño donde se duchaban. Esta omisión impidió obtener una prueba fundamental sobre la posible inducción química a la vulnerabilidad de las víctimas.
La lucha de estas familias se centró en revelar la sistematicidad de los hechos y la infraestructura que Porcel montó para perpetrarlos, una lucha que finalmente logró romper el silencio tras un año y medio de batallas judiciales.

