¿Qué sintió San Martín al cruzar la cordillera hace 209 años? ¿Cuál fue el recorrido que magistralmente, desde lo militar, decidió tomar? ¿Por qué logró algo que por esos tiempos -y acaso ahora también- puede ser considerado un imposible?... Muchas son las preguntas que nos entrega la historias y muchas también las formas y maneras de responderlas. Una de ellas, a la que acudió GENTE en 2017, cuando se cumplió el bicentenario de aquella hazaña que iniciara aquella gesta sudamericana:
Tras atravesar con un equipo especial la Cordillera de los Andes (desde San Juan a Chile), por el paso que transitó el general -su gran ideólogo y protagonista-, y como homenaje ante tamaño heroísmo, intentando combinar algo del realismo mágico y nuevo periodismo, nos tomamos la licencia literaria de que sea el propio Libertador quien relate la extrema experiencia de un equipo de nuestra revista que, sumado a otros 309 expedicionarios, buscó surcan las montañas motivados por un objetivo común: el Paso de Valle Hermoso, donde San Martín se reunió con sus aliados trasandinos.
Una odisea monumental, pero minúscula al lado de la encabezada por don José de San Martín allá en 1817. El mismo que así relataba cada detalle, en 2017 y ahora para Revista GENTE, entrelazando su proeza del pasado y nuestras vivencias del presente...

“Soy José de San Martín, y permítanme el atrevimiento -arrancaba en general, con palabras que imaginamos nosotros general, su relato sobre el Cruce del Bicentenario-: sé que la noche de partida estaban tensos, más bien nerviosos, preocupados. Que pocos pudieron pegar un ojo, asustados por el comentario de los sitios riesgosos a que se someterían y el hecho de que debieron firmar con nombre, apellido y documento un Acta de Exención de Responsabilidad en el que -cito textual- ‘libero, renuncio y eximo a terceros de reclamos, demanda y acción que se relacione con accidentes y toda consecuencia física (incluyendo lesión o muerte) durante mi participación en el Cruce del Bicentenario, del viernes 27 de enero al sábado 4 de febrero de 2017’. Sé también que tras preguntarse ‘¿por qué estoy acá?’, varios pensaron en vaciar sus mochilas y renunciar. Bueno, en realidad lo sé porque en 1817 a nosotros nos pasaba lo mismo... Remontémonos a aquello. Yo despedía los 38 (más edad que muchos de los nuevos expedicionarios y menos que otros tantos) cuando, una vez conformado y entrenado el Ejército de los Andes de las Provincias Unidas del Río de la Plata en el campamento de El Plumerillo, Mendoza, emprendimos la travesía.
LA TRAVESÍA LIBERTADORA DEL PRINCIPIO AL FIN, EN 16 FOTOS


El objetivo: sorprender a los realistas de la corona española que se habían adueñado del territorio, e iniciar la escalada libertadora al Perú, puesto que intentar enfrentarlos en el Norte, debido a su superioridad numérica y a los obstáculos geográficos, resultaba un suicidio.



Yo comandaría la marcha hacia Chile desde San Juan por el llamado Paso Patos Sur, una de las seis columnas en las que dividimos al Ejército, con 5.423 hombres (entre soldados argentinos y patriotas trasandinos), 22 cañones, cinco mil fusiles de bayoneta, 1.129 sables, 2.900 tiros, 600 granadas, 1.200 caballos de combate (llegarían 800) y 10.600 mulas (subsistirían 3.800).



Una cantidad bastante mayor que la de ustedes ahora, doscientos años más tarde: 157 civiles (19 damas), 47 gendarmes, 70 representantes de los ejércitos argentino y chileno, 37 arrieros y 321 caballos (250 sillas, 60 cargueros y 11 particulares).



He observado que provisiones no les faltaron -continuaba nuestro ejemplar patriota nacido en Yapeyú, Corrientes, el 25 de febrero de 1778-: 210 kilos de carne para asado, 250 fetas de milanesa, 300 y 200 chorizos y morcillas, seis piernas de jamón crudo, 150 kilos de papas, 80 de fideos y 40 de arroz; 200 huevos, 400 sobres de queso rallado, 500 unidades de panes caseros y 600 bollitos; 5.600 sobres de leche, café, té, mate cocido y alfajores; 120 kilos de azúcar y 40 de caramelos blandos; casi una tonelada de leña, sendos grupos electrógenos de 2.500 watts, 400 litros de nafta súper, ocho carpas para 18/20 personas y 11 para 3/2 y 6. Y lógico, el imprescindible líquido: 1.360 litros de agua con y sin gas, 700 Coca Cola y Sprite y… evitemos andar mencionando la cantidad de botellas de vino transportadas. Menos aún considerando que uno de sus principales grupos de exploración se autodenominó 'Los sin soda', ¿cierto?



Tampoco hilaremos fino respecto a las bebidas alcohólicas trasladadas en mulas hace dos siglos. Para el caso, el aguardiente que nos proveía de calor. Sí, cumplo en mencionar que nuestra base alimenticia era el charqui, un plato con base de carne machacada, secada al sol, tostada y molida, condimentada con grasa y picante. Y agrego que movilizamos cuatro mil kilos de vituallas, incluyendo galletas de maíz, pasas de uva, membrillo y patay, cebolla y ajo (fiel aliado contra el mal de altura), aparte de 450 vacas para faenar, que nos brindaban la provisión de carne, leche y quesos.



No contamos con las camperas impermeables celestes y verdes que recibieron ustedes junto a su alforja y su cubre bolso, pero nos la rebuscamos con los uniformes, ponchos y las frazadas, y con las mantas de franela y pieles que conformaban las monturas de los animales en el trayecto y nos cubrían cuando dormíamos apelotonados a la intemperie... Igual que sucedió en la docena de ediciones que vienen organizando desde 2005 a la fecha, antes también debimos saltear cuatro cordilleras en forma escalonada.
LA INTIMIDAD DE UNA AVENTURA HISTÓRICA E INOLVIDABLE, EN OTRAS 16 IMÁGENES

Tras partir del distrito Barreal rumbo a la estancia Los Manantiales -trayecto que en su caso completaron vía camioneta-, lo que seguía a mí me dejaba sin dormir. Y no hablo de la oposición que podían hacerme los enemigos, sino el tener que surcar estos avasallantes montes. Lo comprobaron ustedes a lo largo de sus seis jornadas: elevaciones que aumentan en altura, tropiezos, escollos, riesgo. Suelo rocoso resbaladizo, entre correntosos brazos de agua de deshielo. Noches de temperaturas bajo cero en las Trincheras de Soler. Cuestas que apunan a los propios animales (caso los 4.725 metros del Portezuelo del Espinacito).

En síntesis, una inmensidad nunca vista por la mayoría, con la imponencia del Aconcagua vigilando cada paso, al fragor de continuos cambios de clima, cielo y colores (el Refugio Ingeniero Sardina, un oasis que así lo demuestra), y ante una topografía que impone respeto, exponiendo una interminable variedad de precipicios sin fin ni salvoconducto, a diez centímetros de los senderos ocres y pedregosos… Se trata de un mundo desconocido dentro de ese mundo llamado Cordillera de los Andes, en el que cada uno duda y piensa en bajar los brazos y retornar, o ajustar la montura y apuntalar su meta de acceder al Valle Hermoso, hacia donde ustedes ahora, como nosotros en las viejas épocas, avanzamos frenéticos.


Nosotros procurando ahorrar energía, para agruparnos con los aliados chilenos y continuar juntos rumbo a la batalla de Chacabuco, indispensable paso previo a la libertad continental. Ustedes, cantando la Marcha de San Lorenzo, reuniéndose con los pares del país hermano y emulando el encuentro pretérito, a fuerza de brindis, cuecas, valses, zambas, selfies y emoción.
La misma que me invadió en distintos instantes de este trayecto 2017, que miré atento. Como cuando el local José Rivero (53) improvisó una payada pedida a la carta por Revista GENTE: ‘En las fotos, el paisaje,/ creo que lo dice todo./ Y en mi mula me acomodo/ la carga de este linaje./ Que repleto de coraje,/ nos pone esta verdad./ Y si hablamos de igualdad,/ son un abrazo sin fin./ De O’Higgins y San Martín,/ ¡... y un sueño de libertad!’.


Como cuando un periodista de Hurlingham bautizó a sus equinos negro y marrón con los nombres de Emita Superstar y Elliot, por pedido de sus hijas Ema y Lola, y dedicó la experiencia -en una noche estrellada ante las interminables siluetas de las montañas- a su familia y a su tío Froilán, un valeroso e inolvidable gastador en la Guerra Civil de la Madre Patria, fallecido a los 93 la semana anterior en Buenos Aires.
Como cuando la conductora de televisión Ernestina Pais adoptó un perro-cabra al que vacunó, desparasitó y llamó Cruce, luego de una democrática votación general mediante WhatsApp -continuaba a puro detalle el Padre de la Patria.



Como cuando el relator Martín Guevara (27) resumió la peripecia al estilo de José Antonio Álvarez Condarco, el militar y cartógrafo que exploraba rutas alternativas, me informaba a mí y desinformaba a los enemigos: ‘Hemos transitado, a un promedio de cinco a nueve horas diarias, unos 80 kilómetros lineales desde la partida hasta el regreso, que son más porque las trepadas se hacen de manera zigzagueante. En lo personal, jamás olvidaré lo experimentado. Sin embargo -deseo-, no quisiera repetirlo: es un privilegio que la próxima vez debería iluminar a otro’."



Y, claro, como cuando fui descubriendo a los 311 aventureros compartiendo algunas bebidas espirituosas (‘de las que alejan fantasmas y temores’), un fogón, el plato y el vaso; prestándose a pura carcajada el champú y el dentífrico en medio del río; calentando agua a las 4 AM en ollas de sesenta litros para que el resto desayune caliente; esperándose, solidarizándose, ensayando una colecta destinada a tantos damnificados por los incendios chilenos; compartiendo el sándwich con quien perdió su ración; levantando el guante, la toalla y el sombrero de aquel al que se le imposibilitó retornar; acercándoles comida a los arrieros Oscar, Coco, Martín, Juan Carlos, Gabriel, el Chino, Matías, Walter... Ahí también me emocioné.



Yo sé que pasó un largo tiempo desde que grité al eco de la Cordillera de los Andes ‘¡Seamos libres, que lo demás no importa nada!’, pero si el país que soñé en 1817 es el que acabo de sentir dos siglos después en el Cruce del Bicentenario, les juro que puedo dormir en paz" -cerraba emocionado, con su voz, el general don José de San Martín aquella imaginaria crónica que GENTE publicaba en 2017.

Fotos: Archivo Grupo Atlántida ([email protected])
Jefa de Archivo: María Luján Novella (113903-8464)


