En las concurridas Barrancas de Belgrano, entre senderos y árboles centenarios, se erige un monumento que la mayoría de los porteños ignora, a pesar de su asombroso linaje internacional. Se trata de la Estatua de la Libertad de Buenos Aires, una pieza de casi tres metros de altura que no es una simple imitación, sino una obra legítima de la misma mano que diseñó el ícono de Manhattan.
Esta joya oculta, ubicada sobre la calle La Pampa, es considerada por algunos registros como la primera de su tipo, habiendo sido instalada incluso antes que su mundialmente famosa "hermana" estadounidense.
Para comprender la magnitud de esta escultura, es necesario remontarse a su creador, el escultor francés Frédéric Auguste Bartholdi. Nacido en Colmar en 1834, fue un artista de renombre mundial, responsable también de monumentos como el León de Belfort, que conmemora la resistencia francesa en la Guerra Franco-Prusiana.

Para la versión neoyorquina, el artista colaboró con figuras de la talla del ingeniero Alexandre Gustave Eiffel y el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc. Sin embargo, en la pieza porteña, trabajó en una escala más íntima pero igualmente simbólica, representando a Libertas, la diosa romana de la libertad.

Lo que pocos saben es que el artista realizó múltiples versiones de esta obra, y la que descansa en Belgrano posee su firma grabada y una inscripción que certifica su origen en los prestigiosos talleres parisinos de la empresa Val d'Osne.
El misterio cronológico y por qué es la primera del mundo
El aspecto más fascinante de la estatua de Belgrano es la controversia sobre su antigüedad. Según registros del Archivo del Museo de Obras de Arte (MOA) y diversas investigaciones, la versión argentina tendría una antigüedad considerable que la sitúa como la primera en ser erigida.

Mientras que la Estatua de la Libertad de Nueva York fue inaugurada oficialmente en 1886 (aunque algunos documentos mencionan 1892), la versión de Buenos Aires habría sido instalada 11 años antes, en 1875. Esta fecha fue citada por el historiador Alberto Octavio Córdoba en su libro "El Barrio de Belgrano, Hombre y cosas de su pasado", publicado originalmente en 1968.

Aunque su inauguración oficial figura en 1886, existen registros consistentes que sugieren que la escultura ya formaba parte del paisaje de la zona desde la década de 1870, convirtiéndola en un enigma histórico.
Hierro fundido vs. Bronce, las diferencias técnicas
A diferencia del coloso de Nueva York, que está construido principalmente en bronce, la réplica de Belgrano fue realizada en hierro fundido pintado. Esta elección de material le otorga una apariencia más sólida y robusta, contrastando con el acabado más refinado de la versión estadounidense.

Con el paso de las décadas, la exposición a los elementos ha provocado un proceso de oxidación que altera su color original. Dependiendo del estado de mantenimiento y el clima, la estatua puede mostrar matices que van desde el rojo hasta un verde musgo, lo que acentúa su aire de reliquia antigua en medio de la vegetación del parque.
A pesar de ser 90 metros más pequeña que la de Estados Unidos, su valor histórico es equiparable por su conexión directa con el autor original.
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Los interrogantes detras de la joya oculta porteña
Otro de los grandes interrogantes que rodean a este monumento es su financiación y adquisición. Según el Archivo General de la Nación, la estatua fue comprada por la Municipalidad de Buenos Aires. No obstante, este dato presenta una inconsistencia histórica significativa: en la fecha de su supuesta instalación (1875), el barrio de Belgrano todavía era un territorio provincial independiente.

La incorporación oficial de Belgrano a la Capital Federal no ocurrió hasta 1887, un año después de la inauguración formal de la estatua. Esta discrepancia documental ha alimentado durante décadas las dudas sobre cómo llegó realmente la pieza a las barrancas y quién fue el responsable último de su emplazamiento en un momento en que la zona estaba en plena expansión y crecimiento.
El interés internacional por esta pieza se reavivó en 1990 gracias a una casualidad. Un ciudadano francés llamado Francis Beaumatin, miembro del Club de los Amigos de la Estatua de la Libertad, descubrió una fotografía de la réplica en una revista. Intrigado por la existencia de una obra de Bartholdi en Sudamérica de la que no se tenía pleno registro en Europa, Beaumatin inició un intercambio de información con el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.

Gracias a estas gestiones, se pudo profundizar en la historia de la escultura, aunque no logró hallar una documentación definitiva que explicara su fundación. Hasta el día de hoy, las investigaciones continúan, manteniendo a la estatua como un símbolo histórico, cultural y artístico que despierta el interés de expertos y curiosos por igual.

Más allá de los datos técnicos y las fechas en disputa, la Estatua de la Libertad argentina es un testimonio de la ambición cultural de la Buenos Aires de finales del siglo XIX. Representa un vínculo directo con las corrientes artísticas europeas de la época y con los ideales republicanos que Bartholdi plasmó en sus obras más importantes.






