A unos 180 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, sobre la Ruta 2 y en el acceso a Castelli, funciona un bioparque que en los últimos años empezó a llamar la atención de viajeros y visitantes que buscan una pausa distinta en el camino hacia la costa atlántica. Integrado a un predio más amplio, el espacio se consolidó como un punto de observación de fauna, especialmente de aves, con acceso gratuiro y una propuesta orientada al contacto con la naturaleza.

El bioparque ubicado en el parador Minotauro (a la altura del kilómetro 183 de la autovía) ocupa una superficie organizada alrededor de una laguna artificial y sectores verdes que recrean condiciones similares a distintos hábitats. Allí conviven especies que fueron llegando de manera natural y otras que se incorporaron bajo supervisión de organismos provinciales. La intención es que los animales puedan desarrollarse en un entorno controlado pero abierto, que permita tanto su cuidado como la observación por parte del público.
Flamencos y más de 140 aves
No se puede negar que uno de los principales atractivos es la presencia de flamencos rosados, que se mueven en grupos sobre el espejo de agua y se convirtieron en la imagen más reconocible del lugar.
La colonia forma parte de un proyecto supervisado por la Dirección de Flora y Fauna de la Provincia de Buenos Aires, que habilita el funcionamiento del área y controla las condiciones en las que se mantienen las especies.

Además de los flamencos, el parque reúne más de 140 aves de distintas especies. Entre ellas hay patos, gansos, cisnes, garzas y otras variedades propias de la región pampeana.
Muchas llegaron por migración o se asentaron por la presencia de agua y alimento, mientras que otras fueron incorporadas de manera planificada. La convivencia de especies genera un ecosistema activo que cambia según la época del año y el movimiento natural de la fauna.

La laguna cumple un rol central: no sólo permite el desplazamiento de las aves acuáticas, sino que también atrae a especies que utilizan el espacio como punto de descanso durante sus recorridos migratorios. De ese modo, el bioparque no funciona como un zoológico tradicional, sino como un entorno abierto donde el comportamiento animal se mantiene relativamente espontáneo dentro de un marco de cuidado.
Un paseo de acceso gratuito

A diferencia de otros espacios de observación de fauna, este lugar se caracteriza por ser de acceso libre y gratuito. No se requiere reserva previa ni pago de entrada, lo que lo convirtió en una alternativa para quienes viajan hacia la costa o para quienes buscan una escapada corta desde Buenos Aires y alrededores.
El recorrido es sencillo, apto para personas con movilidad reducida, con senderos señalizados que permiten bordear la laguna y observar a las aves desde distintos puntos sin interferir en su desplazamiento. No se trata de un circuito largo ni complejo, sino de una caminata breve pensada para realizar una pausa, estirar las piernas y acercarse a un entorno natural sin alejarse demasiado de la ruta.

Cómo es la supervisión y el cuidado de las especies
El funcionamiento está regulado por organismos provinciales que intervienen en la habilitación de las especies y en el seguimiento del estado sanitario de los animales. Esto incluye controles sobre el agua, el alimento y la adaptación de cada ave al entorno.
La presencia de flamencos, por ejemplo, requiere condiciones específicas de salinidad, alimentación y profundidad del agua. Por eso, la laguna está diseñada para mantener parámetros compatibles con su desarrollo. Algo similar ocurre con otras aves acuáticas, que necesitan sectores donde puedan desplazarse sin estrés.

Desde el parque también se apunta a un perfil educativo informal: aunque no hay visitas guiadas permanentes, la observación directa permite reconocer comportamientos, formas de alimentación y vínculos entre las especies. Para muchos visitantes, el contacto cercano con aves que normalmente se ven sólo en reservas más alejadas se vuelve uno de los principales motivos de la parada.
La ubicación, un dato clave
La ubicación, a pocos metros de una de las rutas más transitadas del país, genera un contraste particular. Mientras los autos y micros continúan su recorrido hacia la costa, a pocos pasos se desarrolla un espacio donde el ritmo es otro: aves que se desplazan lentamente, visitantes que observan en silencio y un paisaje que rompe con la lógica del viaje apurado.

Para muchos, la experiencia no pasa por quedarse horas, sino por incorporar un momento distinto dentro del trayecto. La posibilidad de ver flamencos y otras especies sin desviarse demasiado del camino vuelve al bioparque una opción accesible para familias, parejas o grupos que viajan por la Ruta 2.
Fotos: redes sociales.