"Es notable que se haya tornado en rutina lo que realmente fue ¡extraordinario!", sentencia cuando empieza a despedirse de GENTE, tal vez ya al fin convencido de que lo que había experimentado hacía pocos menos de seis décadas merecía ser narrado, revivido, valorado. Situación que se esforzó una y otra vez por minimizar en los primeros llamados del periodista, respondiendo con esa clase de modestia que desmembrana cualquier intento de convencimiento y a la vez deja al descubierto la sencillez que habita al caballero del trato cordial y el chiste a flor de piel: "Yo sólo estuve allí no más que como observador, para registrar el momento", se escudaba Conrado Estol (95)... Hasta que le doblamos la apuesta, tan sólo simplificándole el planteo:
-¿Y por qué no nos cuenta dicha experiencia simplemente como alguien que estuvo allí, como espectador que registró el momento?
-De la misma manera que no encuentro relevante mi participación en una nota, encuentro antipático el hecho de negarme a una entrevista. Así que, si bien va bastante contra mi estilo llamar la atención sobre mi mismo, tampoco quiero hacerme rogar. De tal forma, confío en que su relato será como un recuerdo de algo que fue un "salto gigante para la Humanidad", sin hacer demasiado hincapié sobre el papel que tuve la suerte de desempeñar. Porque mi único mérito, si es que hay alguno y me lo permite, entiendo que es estar vivo hoy para contarlo... ¿Le parece razonable mi pedido?
Y sí, nos pareció razonable, obvio. Más que razonable. Y aquí estamos, nomás, escribiendo una entrevista que en adelante relataremos desde el inicio, como si todo comenzara de nuevo...
"SIEMPRE ME PREGUNTÉ DESDE CUÁNDO ARMSTRONG TENÍA PREPARADA LA FRASE 'UN PEQUEÑO PASO PARA EL HOMBRE, UN SALTO GIGANTE PARA LA HUMANIDAD'... ¿FUE REALMENTE PROPIA O CON LA AYUDA DE LA NASA?"

Tras recibirnos vestido informal pero elegante ("¿En serio me creyó cuando te pregunté si prefería que me presentara así o no traje?", bromea de entrada), invitarnos a ala de su departamento "donde atiendo mis inquietudes laborales y mi curiosidad innata", y oficiar de delicado anfitrión ("¿Un café, algo para acompañarlo?"), el porteño escucha a grabador abierto "¿cuál es el primer recuerdo que le viene a la mente del domingo 20 de julio de 1969, del día que el hombre pisó la Luna?", y arranca sin dudar: "En realidad fue el 21, ya en horario UTC. Y lo que me retumba es la frase de Neil Armstrong: 'Un pequeño paso para un hombre, un salto gigante para la Humanidad'. En inglés, 'That's one small step for (a) man, one giant leap for mankind)'..., si bien en las grabaciones no se oye el 'a'. Siempre me pregunté desde cuándo la tenía preparada... ¿Fue realmente propia o con la ayuda de la NASA?", duda.

-¿Él era ingeniero aeronáutico como usted, verdad?
-Sí, también. Cuando se retiró de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio, en 1971, asumió, hasta 1979, precisamente como profesor del Departamento de Ingeniería Aeroespacial de la Universidad de Cincinnati.
-¿Cómo y por qué llegó usted hasta las entrañas de una expedición trascendental como la del Apolo 11?
-Clarín había asignado a Horacio, mi padre (periodista y escritor con ocho libros en su haber) para que cubriera el lanzamiento, ya que desde 1950 era corresponsal del diario en Nueva York. Pero tuvo un problema cardíaco y no pudo viajar. Entonces, por la formación específica en la materia que tenía su hijo -léase yo- y el puesto que ocupaba en la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE), propuso a la dirección de Clarín que lo reemplazara. Creo que fue el mismo Roberto Noble quien lo autorizó.

-¿Accedió a lugares vedados para la mayoría?
-Pude acceder a los lugares preparados y autorizados para todos los corresponsales (muchos) que fueron. Entre ellos, Mónica Cahen D´Anvers, con un grupo de dos o tres personas. Sí, nos organizaron visitas, por ejemplo al enorme edificio donde se ensamblaban los Saturno, al que sólo ingresaban, justamente, las personas autorizadas. Hoy hay tours a ese edificio.

-Recién mencionaba la legendaria frase del capitán Armstrong al alunizar. ¿En qué momento usted realmente cayó en la cuenta de que estábamos ante “un pequeño paso para el hombre, un paso gigante para la Humanidad”?
-La verdad, unos cuando años antes, cuando me enteré del programa Apolo. Yo era jefe del Departamento Técnico de la CNIE, que dependía de la Fuerza Aérea Argentina. Había entrado por concurso en 1961, cuando buscaban a un ingeniero aeronáutico. Dos años luego, en 1963, la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales invitó a nuestro país al Dr. Wernher Magnus Maximilian Freiherr von Braun, responsable en EE.UU. del programa de desarrollo del cohete lanzador Saturno. Acompañado por especialistas del proyecto, estuvieron casi una semana. En el Círculo de la Fuerza Aérea y el Círculo de Aeronáutica brindaron conferencias sobre el Proyecto Apolo y los planes estadounidenses para llevar al hombre a la Luna. El 20 de octubre por la mañana, Von Braun y el ingeniero Teófilo Tabanera, presidente de la CNIE, fueron recibidos en la Casa Rosada por el presidente Arturo Illia. Yo los acompañé como simple intérprete, y ahí me enteré.

-¿Es decir que cuando viajó a Cabo Cañaveral no se encontró "técnicamente" con ninguna novedad particular?
-Tal cual. Sí, por otro lado, y lo admito, me resultó impresionante ver el Saturno y especialmente el Vehice Assmbly Building (VAB), donde los armaban y preparaban los cohetes para el lanzamiento. La construcción del VAB requirió casi 90 mil toneladas métricas de acero. Al completarse en 1965, era uno de los edificios más grandes del mundo, con un volumen interior que supera los tres millones y medio de metros cúbicos. La estructura cubre más de tres manzanas (de las nuestras), mide 160 metros de altura y casi lo mismo de ancho. Para permitir el traslado, acondicionamiento y ensamblado de las etapas del cohete se instalaron unas 70 grúas, incluidas dos grúas puente de más de 200 toneladas. En los lados este y oeste existen cuatro puertas de gran altura, cada una con una apertura de unos 140 metros, para el retiro de los cohetes Apolo/Saturno V y así llevarlos muy lentamente hasta la plataforma de lanzamiento.
"SE ME OCURRIÓ PONER UN 'QUARTER' (LA MONEDA DE 25 CENTAVOS DE DÓLAR) A LOS PIES DE ESE ASTRONAUTA, PARA VER SI, AUN CON SU TRAJE COLOCADO, LA PODÍA LEVANTAR, Y ¡LO HIZO!"

"Más allá de que allá de que en 1969 entré en contacto con distintos especialistas de la NASA -cuenta, entonces, Conrado-, mi memoria recuerda particularmente al director de Operaciones, el ingeniero aeroespacial Christopher Columbus Kraft Jr., "un personaje importantísimo que murió en 2019. Fue el primer director de vuelo allí. Fundó el Centro de Control de Misiones de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio y supervisó las operaciones de los programas Mercury, Gemini y las primeras misiones Apolo, incluida la Apolo 11 -ilustra Estol-. Kraft inventó el concepto del Centro de Control de Misiones, diseñando los procedimientos operativos, las reglas de vuelo y las redes de comunicación que permitieron a los ingenieros en tierra monitorear y apoyar a los astronautas en tiempo real. En 2011 la NASA le rindió homenaje renombrando oficialmente su edificio de Control de Misiones en Houston como Centro de Control de Misiones Christopher C. Kraft Jr. Un detalle curioso, y también simpático: le decían 'Chris', de manera que era Chris Craft y sonaba igual que las conocidas lanchas Chris-Craft”, menciona pícaro, antes de escuchar la siguiente pregunta:

-¿Cómo fue exactamente la anécdota del “quarter” de dólar?
-La palabra “exactamente” aquí es la clave. Levantar una moneda en la Luna creo que hubiese sido imposible. Sí, en cambio, en las condiciones muy específicas y controladas en que encontrábamos en la Tierra (cuando el traje espacial estaba despresurizado o desinflado), un astronauta podía agacharse y recoger un objeto pequeño como una moneda. Lo que en realidad gobernaba la movilidad del traje no era su volumen físico, sino la presión interna del aire. En el espacio y en la Luna el traje se presurizaba un cuarto de atmósfera contra el vacío. Eso convertía la tela y las articulaciones en globos rígidos e inflados. Doblar una articulación exigía vencer esa presión, lo que hacía físicamente imposible los movimientos finos o las flexiones profundas. En demostraciones terrestres (despresurizado), cuando los astronautas o técnicos usaban el traje en la Tierra para verificaciones de ajuste, entrenamiento o demostraciones sin conectarlo a un sistema de ventilación a presión, la tela permanecía un tanto más suelta y flexible. No obstante...
-¿No obstante?
-Sin el "efecto globo", el astronauta podía agacharse o inclinarse hacia adelante. Las condiciones específicas de la demostración fueron sin mochila, así el astronauta no corría riesgo de caer al inclinarse. Incluso despresurizado, el torso rígido impedía doblarse por la cintura... Así llegamos a la moneda.

-Desándenos por favor aquella anécdota.
-Para recoger una moneda había que apoyar una rodilla en el suelo. Los guantes multicapa eran extraordinariamente rígidos incluso sin presión. Atrapar una moneda plana entre dos dedos resultaba casi imposible. En cambio, el astronauta usaba el borde de la mano para deslizarla hacia la palma de la otra mano. Y además, no tenía puesto el casco de burbuja, brindándole la línea de visión hacia abajo necesaria para ubicar la moneda en el suelo. Todos estos detalles hace que la anécdota sea, lo dicho, más “exacta”.
-¿Entonces?
-Entre las muchas cosas a las que nos invitaron a los enviados especiales hubo una en la que un astronauta demostraba la “flexibilidad” del traje (que en realidad -lo mencionado- no era mucha). Se me ocurrió entonces poner un “quarter” (la moneda de 25 centavos de dólar) a los pies de ese astronauta para ver si la podía levantar. Aunque pensé que sería toda una proeza inclinarse y que su guante le permitiera agarrar la moneda, ¡sí pudo, lo hizo!, con mucho asombro de mi parte y, entiendo, con mucho esfuerzo del suyo.
"AL PARTIR EL COHETE, LA VIBRACIÓN DE LAS GRADAS EN QUE ESTÁBAMOS -Y ESO QUE NOS ENCONTRÁBAMOS A UN KILÓMETRO O MÁS DE DISTANCIA- FUE IMPRESIONANTE"

Pronto el hombre del humor a punta de la lengua que encuentra en su notable memoria el mejor sostén a décadas de estudio, conocimiento, practica y docencia, nos acompaña a su mesa de estilo clásico (madera oscura, borde tallado y patas ornamentadas con talla decorativa rodeada de sillas con respaldo curvo), "donde entra la mejor luz para tomar imágenes", según el pedido y consejo del fotógrafo de GENTE. Sobre su superficie, Conrado recorrerá -por momentos maravillado- el nutrido sobre de cartulina del Archivo de Atlántida, que tiene la misma edad de aquel primer viaje a la Luna y actúa como su mejor aliado a la hora de revivir anécdotas de aquellos -en su decir- "irrepetibles días de julio de 1969".

-¿Cómo fue el momento en que vio a Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins avanzar hacia la Apolo 11? -le consultamos mientras abré la carpeta que atesora aquellos recortes.
-Los vi junto con otras personas al salir del edificio para dirigirse al Astrovan (el vehículo que los llevó hasta el Saturno). Han pasado muchos años y no recuerdo bien (y no revisé las notas que envié a Clarín para buscar el dato, si es que lo registré), pero debe haber sido a las cinco o seis de la mañana. Sé que era de noche y que me debí levantar muy temprano. El lanzamiento sucedió apenas pasadas las 9 y media.

-Recién señaló que en lo técnico no se enteró de nada que no supiera. ¿Cómo le resultó el impacto a nivel físico, emotivo, personal? ¿Qué fue lo que le resultó más interesante de aquel lanzamiento? ¿Es cierto que el lugar latía más que la Bombonera durante un clásico?
-Nunca estuve en la cancha de Boca -el fútbol no es mi deporte favorito-, sin embargo, reconozco que se vivía, como es bastante lógico suponer, con gran expectativa. Sentir la tremenda vibración de las gradas en que estábamos ubicados los enviados especiales (notable porque nos encontrábamos a un kilómetro o más de distancia) fue impresionante. De igual form que oír el ruido del Saturno partiendo de manera lenta (aunque aceleraba rápidamente) de la plataforma. Seguir mirándolo ascender hasta que la enorme nube de vapor -fruto de la gran cantidad de agua utilizada para enfriar la plataforma de lanzamiento- se perdiera en la altura, y observar las llamas escapando de ese cohete inmenso también resultaron un momento único. A nivel emoción, sumaría, ya trasladado al centro de control de Houston, cuando se produjo el delicado, peligroso ¡y con muy poco combustible de reserva!, alunizaje.

-¿Qué vivencias experimentó con los astronautas de la misión?
-La de verlos salir, con los trajes de entonces, más aparatosos que los de hoy, llevando cada uno la icónica valija portátil del ventilador del traje, de unos 10 kilos. Contenía una batería y un depósito de agua y hielo. Como los astronautas debían transportarla por el asfalto y hasta el ascensor que los llevaba al tope del cohete Saturno –más de 100 metros (como un edificio de casi 40 pisos)-, fue diseñada para ser lo más liviana y compacta posible, suministrando entre 60 y 90 minutos de flujo de aire frío continuo. Además soportaban el peso de su traje de 34, 35 kilos. Es decir, mientras caminaban hasta el Astrovan que los trasladaba al Saturno debían acarrear casi 45 kg. Los trajes de lanzamiento modernos, en cambio, son concebidos como recipientes de presión de emergencia durante el lanzamiento y el aterrizaje, recibiendo todo su soporte vital directamente de la nave mediante líneas umbilicales (los de la Apolo 11 debían tolerar los rigores en la Luna).

-¿Qué hay de los astronautas?
-Cuando me crucé con ellos se encontraban enfundados en sus trajes, saludando con sus brazos en alto camino al transporte que los pondría a los pies del Saturno. Quienquiera que sea que sostenga que estuvo con ellos en esos días quizá exagera un poco, porque se mantuvieron aislados desde un par de semanas antes para no correr el riesgo de algún contagio. También permanecieron en cuarentena al retornar. Mis vivencias con astronautas las tuve mucho después, en Buenos Aires, cuando de la Embajada de Estados Unidos me invitaron a almorzar con algunos que visitaron Argentina. Allí si hubo interacción, pero no se trataba de los mismos tres. Uno de ellos era Deke Slayton, ex piloto estadounidense en la Segunda Guerra Mundial y, más tarde, astronauta y director de la NASA.

-Dos puntos que mencionó y requieren repregunta: Cuéntenos por favor sobre Houston y sobre el "delicado, peligroso ¡y con muy poco combustible de reserva!" alunizaje.
-Sí, ya en Houston oí el alunizaje -y lo vi después transmitido por TV- en una enorme sala con grandes pantallas. Interesante, me acuerdo, el comentario transmitido a los astronautas de que todos terminamos azules de haber contenido la respiración tanto tiempo. Y el de los propios astronautas, desde la Luna, repitiendo “We are down, we are down, Eagle is on the Moon” ("Estamos abajo, estamos abajo, el módulo Eagle está en la Luna") o algo así. Ojo, he vuelto a oír alguna vez lo grabado hace casi seis décadas, pero hay cosas que guardo en el recuerdo. Debemos considerar que la memoria muchas veces nos traiciona, cambiando o hasta inventado cosas. ¡Y mire si tengo para recordar y para cambiar con 95 años cumplidos, eh! (lanza una carcajada)

-¿Qué hay de la crisis que enfrentó el Apollo 11 en el momento cumbre?
-No una, sino tres crisis simultáneas. ¿Cuáles? La computadora lanzó varias alarmas por sobrecarga de datos (situación causada por un radar que Aldrin configuró mal), y entonces el módulo lunar sobrevoló varios kilómetros más allá de la zona prevista y planeada para bajar. ¡Pequeño problema porque se hallaba sobre un lugar lleno de rocas y un cráter del tamaño de una cancha de fútbol! Entonces Armstrong debió tomar el control manual para buscar terreno despejado, apto para alunizar. Mientras tanto, el combustible se agotaba: cuando el Eagle tocó suelo quedaban apenas unos 30 segundos, o poco más, de reserva.
"LA NASA LE ASIGNABA A CADA ASTRONAUTA UNA PEQUEÑA BOLSA, CON UN PESO Y UN VOLUMEN MÁXIMOS, PARA CANALIZAR DE MANERA ORDENADA LAS GANAS DE LLEVAR RECUERDOS AL ESPACIO Y AL MISMO TIEMPO EVITAR LOS CONTRABANDOS DE MISIONES ANTERIORES"

“No me llama la atención que haya pasado más de medio siglo sin que el hombre volviera a alunizar después de la expedición Apolo XVII de 1972", arremete Estol saltando del pasado al presente en una ráfaga de segundo. "El reto lanzado por John F. Kennedy en 1961 de llegar a la Luna imagino que tuvo un importante componente político. Eso indudablemente debe haber 'movido' el programa Saturno y los lanzamientos hacia la Luna. Una vez cumplida la hazaña, con seis misiones Apolo que terminaron alunizando, imagino que el problema del costo y la reducción del presupuesto de la NASA calmaron esa carrera a la Luna”, continúa con tino. "Varios factores convergieron, y ninguno por sí solo explica el abandono", añade.

-¿Por ejemplo?
-El recorte del presupuesto de la NASA empezó antes de la Apolo 11. El Congreso ya venía reduciendo los fondos porque pensaba que la carrera espacial con la Unión Soviética estaba ganada. Una vez pisada la Luna y con el objetivo político cumplido, el presidente Richard Nixon no tenía el mismo compromiso que Kennedy con el programa espacial. Además, recordá que la larga, larguísima, guerra de Vietnam estaba en pleno y consumía muchos miles de millones de dólares, que existían en EE.UU. otros programas sociales que competían por el mismo presupuesto federal, y que la opinión pública empezaba a cuestionar el gasto espacial frente a problemas domésticos urgentes. El programa Apolo 11 fue un acontecimiento histórico, pero las misiones siguientes generaban cada vez menos atención mediática. La Apolo 13, lanzada el 11 de abril de 1970, revivió el interés solo por el accidente en el que terminó. Las últimas tres misiones programadas fueron canceladas. Todo eso se transformó, prácticamente, en una rutina. Mucha gente que incurría en el costo se preguntaba: "¿Qué? ¿Otro viaje a la Luna? Y, ¿para qué?"

-¿De qué cifras hablamos?
-Cada misión Apolo costaba centenares de millones de dólares. El Saturno V era el cohete más caro jamás construido. Sin un objetivo concreto más allá de la exploración científica -que es importantísima y hay que apoyar siempre-, el Congreso no veía justificación para sostener ese gasto. Hay un interesante dato económico (lo busqué para esto): en su pico de 1966, la NASA recibió 5.250 millones de dólares, alrededor de un 4 ó 5 por ciento del presupuesto federal de Estados Unidos, equivalentes hoy a unos 60 mil millones. Ya para la misión final de la Apolo 17, en 1972, tal presupuesto había caído a 3.410 millones. Así que las últimas misiones originariamente planeadas, como señalé antes, fueron canceladas. ¿Querés un dato aún más interesante e impactante, el del costo total del programa Apolo, no sólo el nominal sino el actualizado por inflación?

-Queremos.
-Desde 1960 hasta 1972 fue de 25.800 millones nominales, ¡equivalentes a unos 300 mil millones actuales! Si vemos esa cifra no nos debería extrañar que el programa Apolo no continuara… En su momento de mayor financiamiento la NASA recibía más del doble de lo que recibe hoy para operar todos sus programas combinados.
-¿Qué le preguntaría hoy, si tuviera la oportunidad, a Buzz Aldrin, el único de los integrantes de la misión aún en este plano existencial (Nota de la Redacción: Armstrong falleció el 25 de agosto de 2012 y Collins el 28 de abril del 2021)?
-Aldrin debe andar en mi edad.
-Un año más.
-¿96? No sé si a los 96 tendría muchas ganas de contestarme preguntas. Aunque quien habla, a los 95 se entusiasma demasiado y viene respondiendo demasiado largo... Lo que es despertar recuerdos… (sube y baja la cabeza el entrevistado). Pero si me contestara, tendría unas preguntas muy materialistas.

-¿Materialistas?
-Las compañías se negaban a asegurar a los astronautas del Apolo, o cobraban primas inaccesibles. La solución que encontraron los astronautas durante la cuarentena previa al lanzamiento, ya que no sabían si volverían a sus casas y familias, fue firmar cientos de sobres conmemorativos que un amigo selló postalmente en fechas clave: si morían, sus familias los venderían a coleccionistas. Hoy alcanzan entre 5.000 y 30 mil dólares en subasta. A la vez, los astronautas llevaron medallones de plata y oro acuñados para la ocasión. Los tres de oro descendieron a la superficie lunar con Armstrong y Aldrin. Décadas después se convirtieron en piezas de altísimo valor. El de Neil se vendió durante una subasta, en 2019, por más de dos millones de dólares. Me gustaría saber -y aquí va mi curiosidad materialista apuntada a Aldrin-, cuánto sacó Buzz por su medallón de oro, si es que lo vendió. Y también qué llevó en su bolsa personal.

-¿¡Bolsa personal!?
-Mucha gente no sabe que la NASA le asignaba a cada astronauta una pequeña bolsa, el Personal Preference Kit, con un peso y un volumen máximos, para canalizar de manera ordenada las ganas de llevar recuerdos al espacio. Era la forma de evitar los contrabandos que ya habían ocurrido en misiones anteriores. Así que la pregunta no es si llevó algo, porque todos llevaban, sino qué eligió llevar él en ese espacio tan limitado. Sabemos que cargó cierta cosas personales dentro de su creencia religiosa.

-¿Lo sabemos fehacientemente?
-Creo que no es de conocimiento común (mira al cielorraso), pero Buzz Aldrin llevó a la Luna un pequeño kit para realizar una comunión cristiana presbiteriana. Dentro de su equipaje personal autorizado introdujo un estuche de plástico provisto por su congregación de Texas que contenía un pequeño cáliz de plata, un frasco de miniatura con vino, una hostia y una tarjeta con un versículo bíblico escrito a mano. El ritual lo consumó él dentro del Eagle, poco después del alunizaje y antes de que los astronautas bajaran a la superficie.

-¿Consumó su ritual dentro del módulo Eagle?
-Aunque Aldrin quiso transmitir el acto por radio a todo el mundo, la NASA le pidió que mantuviera sus comentarios sólo como algo personal, no público, para evitar una nueva batalla legal con una activista atea que ya había demandado a la organización tras la lectura del Génesis que la tripulación del Apolo 8 había realizado en órbita lunar un año antes. Así que durante el período de silencio radial, Edwin se comunicó con la base de control en Houston y pronunció un breve mensaje dirigido a todo el planeta invitando a contemplar por un momento los acontecimientos de las últimas horas y dando gracias de manera individual de cada uno. Inmediatamente luego de estas palabras, la transmisión radial pública se interrumpió. Fue en ese instante de privacidad pactado con la NASA cuando Aldrin abrió los paquetes de plástico, virtió el vino en el cáliz y leyó el pasaje bíblico sin que el mundo lo oyera.
"LA LLEGADA DEL HOMBRE A LA LUNA DEMOSTRÓ QUE LA ESPECIE HUMANA ES CAPAZ DE CONVERTIR LO IMPOSIBLE EN RUTINA"

De nuevo en el "escritorio y mini museo" que tan orgulloso lo tiene y se encuentra en un extremo de su sexto piso con vista a la Plaza Vicente López, Conrado Estol aprovecha para mostrarnos cuán maravillado se encuentra asociado a la aplicación Cloud de IA, con la que mantiene interacción desde dos monitores semi enfrentados, y para detallarnos algunas piezas de su colección de calculadoras. "Ésta es la primera que tuve. La compré en 1950 y me costó 25 dólares", nos muestra sobre su inicial regla de cálculo. "Y ésta, la primera de bolsillo: pagué 106 dólares", sigue un recorrido que interrumpe al toparse con su credencial del Colegio Nacional. Detrás, cierto cartel reza en alemán: "Un hombre tiene éxito si se levanta por la mañana y se va a la cama por la noche, y en el medio puede hacer lo que quiere".

-¿Le quedó algún recuerdo físico de aquella cobertura en Cabo Cañaveral y en el Centro de Control de la NASA?
-No. Lo que guardo es la sensación de agobiante calor de Florida cuando salía, ya que todo tenía aire acondicionado, incluido el auto alquilado. Y, por supuesto, la presión a la que me sentía sometido y sufren rutinariamente todos ustedes, los periodistas, de deber enviar una nota diaria a Buenos Aires. Nota que yo transcribir en una máquina télex, el medio típico de comunicación a distancia de esa época.
-¿De qué se arrepintió con el tiempo respecto a aquella cobertura: sacarse una foto, llevarse un recuerdo, guardarse la credencial de acceso, escribir una bitácora del viaje?
-En general no soy de los que sacan fotos, pero me hubiese gustado contar entonces con una cámara fotográfica para tomar algunas de esas cosas que ahora llaman “selfies”. También lo de la bitácora o diario. Sí, lamento no haber llevado un registro, aunque breve, de cada día... En realidad me pasa eso con toda mi vida: he olvidado o no recuerdo bien, cantidad de cosas y gente que he conocido, desde Arturo Pérez Reverte y Adolfo Bioy Casares, pasando por Conrado Nalé Roxlo, Florencio Escardó y Astor Piazzolla, que visitaba a mi padre con frecuencia, y tantos otros.

-¿Qué demostró para usted la llegada del hombre a la luna?
-Que la especie humana es capaz de convertir lo imposible en rutina. En menos de una década, partiendo de un cohete -el Saturno V- que explotó varias veces durante pruebas, llegamos a poner tres hombres en la Luna y traerlos de vuelta. No fue magia: fue ingeniería, matemática, y una cantidad muy grande de trabajo. Demostró también que cuando un país decide genuinamente hacer algo, los recursos y el talento aparecen. El problema nunca resultó técnico, fue siempre de voluntad política. Lo que me quedó grabado, habiendo cubierto el lanzamiento desde Cabo Cañaveral y el alunizaje desde Houston para Clarín, es la calma de la gente que había ensayado cada segundo de la misión hasta el agotamiento. Armstrong no improvisó nada cuando tomó el control manual sobre ese cráter. Sabía exactamente qué hacer porque lo había hecho mil veces antes. La llegada del hombre a la Luna demostró que la preparación metódica puede doblegar al azar. Una lección que sigue siendo válida para cualquier empresa humana.

-Aquella misión y sus astronautas han dejado un legado irrepetible, como cada uno a su medida lo hace. ¿Cuál cree que es el legado que usted deja, Conrado, a partir de su profesión?
-No sé si lo que dejo es un legado. Me parece una palabra demasiado grandilocuente, ampulosa, para un ingeniero que sólo trato de hacer bien el trabajo que le encomendaban, ya fuese en la aerodinámica de un avión de despegue vertical, en sus auditorías de sistemas en empresas, en sus clases o en el librito que escribió sobre estimaciones. Lo que sí puedo decir es que intenté transmitir ideas simples pero eficaces. Que medir bien las cosas importa. Que no se puede controlar lo que no se mide. Que una estimación hecha con rigor vale más que una promesa hecha con entusiasmo. Que lo peor que nos puede pasar es ser ignorantes de nuestra propia ignorancia. Que el pensamiento crítico es esencial. Si algún alumno aprendió eso y lo aplicó en su trabajo, me conformo.

-¿Y en lo personal, qué huella, como aquella de la Luna pero en nuestra Tierra, cree que va a imprimir su existencia?
-Tuve la suerte de estar en lugares donde pasaba la historia: en Cabo Cañaveral cuando despegó la Apolo 11 y en Houston cuando Armstrong pisó la Luna. Sólo como simple testigo. Contar eso tratando de ser preciso, sin exagerar, también me parece una forma de ser útil. El resto lo juzgarán mis tres hijos (fruto de su matrimonio con Lilina Guevara Arenas, mendocina), mis siete nietos y mi bisnieto, ninguno de los cuales me parece mal encaminado. Y eso, honestamente, pesa más que cualquier otra cosa que haya hecho.

Producción y video: Leo Ibáñez (@LeoGente)
Fotos: Diego García y Archivo Atlántida ([email protected])
Cobertura de Archivo: María Luján Novella (113903-8464)
Agradecemos muy especialmente a Silvia Ferro
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