El reloj marcaba las 21:45 del domingo cuando los vecinos del barrio 80 Viviendas, en la localidad de Comandante Andresito, en Misiones, llamaron al 911. Desde una vivienda se escuchaban gritos, golpes y pedidos de auxilio de una mujer. Quienes conocían a la joven oficial ayudante Daiana Raquel Da Rosa, de 26 años, desconocían que ella atravesaba una separación complicada con su expareja, Natanael Comes, de 27 años, también miembro de la fuerza provincial.
Minutos después, móviles policiales llegaron al lugar y fueron recibidos por disparos. Dentro de la casa, Comes había atacado a Daiana y, acorralado por sus propios compañeros, inició una transmisión en vivo. Frente a la cámara, con el cuerpo de la joven tendido en el suelo de la cocina, el oficial intentó hablar con los efectivos que lo rodeaban. Durante una hora, los negociadores buscaron convencerlo de entregarse.

Entonces, Comes pronunció las palabras que más tarde recorrerían el país: “Lamento mucho lo que hice. Son un excelente grupo laboral, una excelente compañía. Me despido de este lamentable hecho que hice, estoy arrepentido por lo que hice, pero ya está, ya es tarde. Yo sé lo que me espera así que ya es tarde, los quiero mucho… Yo me voy a entregar… Lo siento grupo”.
Sus compañeros escucharon el mensaje e intentaron persuadirlo pero no hubo caso: el asesinado ya había determinado su final. Del otro lado del teléfono, la tensión era absoluta. Pese a los intentos por contenerlo, el oficial terminó la transmisión de la peor manera.
Cuando los agentes irrumpieron en la vivienda, encontraron a la joven sin signos vitales y a Comes gravemente herido tirado encima de ella. De inmediato, Natanael, quien era era sobrino del actual jefe de la Dirección Homicidios de la Policía de Misiones, fue trasladado de urgencia al hospital local, donde falleció a las 23:58.

Una tragedia que nadie imaginó
La noticia conmocionó a Misiones y a toda la comunidad policial. Ambos eran jóvenes, conocidos en la zona y respetados por sus pares. Además, según pudo reconstruir Clarín, ambos habían mantenido una relación de pareja que se inició cuando estaban en la Escuela Superior de Policía, en Posadas. Y su separación, según se creía, se había dado en buenos términos.
La tragedia de Comandante Andresito abrió una profunda reflexión sobre la violencia de género, la salud mental dentro de las fuerzas y la falta de contención emocional ante conflictos personales.
En las redes sociales, compañeros de ambos expresaron su dolor y desconcierto. “Nadie puede entender cómo se llegó a esto”, comentó un colega de la Comisaría de la Mujer. “Trabajaban juntos, eran buenos policías, pero algo se rompió”, dijo otra compañera que los conocía.
Hoy, la comunidad de Comandante Andresito todavía intenta procesar lo ocurrido. Las últimas palabras de Comes quedaron grabadas como testimonio de un hecho que, más allá de su dramatismo, deja en evidencia la urgencia de acompañar y prevenir los episodios de violencia dentro y fuera del uniforme.
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