Antes de que la seguridad, la simulación digital y la economía de escala pusieran límites claros, la ingeniería aplicada a la industria del automóvil era un territorio libre, casi salvaje. En los años ‘60, especialmente, el deporte motor fue un laboratorio sin red. Y en ese contexto nació uno de los autos más desconcertantes jamás concebidos: el OSI Bisiluro Silver Fox.

No fue un capricho de salón ni un ejercicio de estilo destinado a girar bajo luces de exposición. El Silver Fox fue pensado para competir, nada menos que en las 24 Horas de Le Mans. Su arquitectura “catamarán”, con dos fuselajes paralelos unidos por planos estructurales, rompía todas las reglas conocidas del diseño automovilístico. Incluso hoy, más de medio siglo después, sigue pareciendo un objeto llegado de otro planeta.
Este singular vehículo fue concebido por Officine Stampaggi Industriali, una empresa fundada en Turín en 1960 por Luigi Segre, figura clave del diseño italiano y exdirector de Ghia. OSI nació con una misión clara: ser un puente entre la creatividad artesanal y una producción industrial de bajo volumen. Hacer posible lo que otros consideraban demasiado raro, demasiado caro o demasiado avanzado.
Durante sus primeros años, la empresa colaboró con marcas como Fiat, Alfa Romeo y Ford Europa, produciendo carrocerías especiales y modelos derivados. Pero la muerte de Segre en 1963 dejó a OSI sin su faro creativo. A partir de entonces, la compañía entró en una etapa de incertidumbre, problemas financieros y pérdida de rumbo. El Bisiluro Silver Fox fue, en ese sentido, un último gesto de rebeldía. Una forma de decir: todavía podemos sorprender.
La idea del doble fuselaje no surgió de la nada. Tenía raíces profundas en los estudios del ingeniero y piloto italiano Piero Taruffi, quien desde los años 40 y 50 venía experimentando con vehículos de doble cuerpo para batir récords de velocidad. Taruffi defendía que separar los volúmenes, en lugar de concentrarlos en un único cuerpo, podía reducir la resistencia aerodinámica, mejorar la estabilidad y optimizar el reparto de masas.

Eran ideas demasiado adelantadas para su tiempo. Justamente por eso, resultaban irresistibles para una empresa que necesitaba redefinirse.
El diseño final del Silver Fox fue confiado a Sergio Sartorelli, autor de piezas icónicas del diseño europeo. Su desafío fue transformar un concepto radical en un auto real, funcional y —al menos en teoría— competitivo.
El rasgo más impactante del OSI Bisiluro Silver Fox era su estructura. En el lado derecho se ubicaba el piloto, la instrumentación y los controles. En la izquierda, el motor y la transmisión. Entre ambos cuerpos, una estructura central formada por planos de unión que combinaban chasis tubular con paneles de magnesio y madera de bálsamo.
La lógica era tan audaz como racional: equilibrar el peso lateral entre conductor y motor, reducir la sección frontal efectiva y canalizar el aire de manera controlada entre ambos fuselajes. No había grandes alerones ni artificios visibles. La carga aerodinámica se generaba a partir de superficies integradas, planos ajustables y una cuidadosa gestión del flujo de aire.
Detrás de su apariencia extravagante había una idea clara: ganar eficiencia. Compensar la falta de potencia con aerodinámica pura.

El motor elegido era un Renault Alpine Gordini de 1.300 cc y 110 CV, ubicado en posición central-trasera dentro de la barcaza izquierda. Sobre el papel, la cifra parecía modesta. En la práctica, el Silver Fox prometía alcanzar los 250 km/h, una velocidad asombrosa para su cilindrada y una prueba de hasta qué punto la aerodinámica era el verdadero corazón del proyecto.
El objetivo era competir en pruebas de resistencia, donde el consumo contenido, la estabilidad y la constancia podían valer más que la potencia bruta. Le Mans estaba en la mira. Pero el destino tenía otros planes.
Antes de que el Silver Fox pudiera ser probado a fondo, afinado o inscrito en competición, OSI cerró sus puertas. El auto pasó directamente de promesa tecnológica a proyecto huérfano. Nunca corrió. Nunca pudo demostrar en pista si su concepto era revolucionario o simplemente demasiado audaz.
A diferencia de tantos prototipos olvidados, el OSI Bisiluro Silver Fox fue conservado, restaurado y exhibido décadas más tarde en concursos de elegancia y eventos históricos. Hoy es una pieza única, un manifiesto rodante de una época en la que el automóvil todavía podía permitirse soñar sin pedir permiso.
No ganó carreras. No cambió reglamentos. Pero dejó algo quizás más valioso: la prueba de que, alguna vez, la audacia fue suficiente razón para construir un auto.


