El experimento extremo de Ford que terminó en Marketplace – GENTE Online
 

El experimento extremo de Ford que terminó en Marketplace

Ford Probe IV
Nacido en 1983 como una escultura futurista obsesionada con la aerodinámica, el Ford Probe IV llevó la imaginación de la marca al límite. Cuatro décadas después, ese sueño radical reaparece donde nadie lo esperaba.
Autos y Motos
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En 1983, mientras la industria automotriz global todavía digería las secuelas de las crisis del petróleo y la palabra “aerodinámica” empezaba a ganar peso más allá de los túneles de viento de la competición, Ford se permitió soñar sin red. No con un auto para vender, ni siquiera con un prototipo funcional, sino con una idea llevada al límite: ¿qué pasaría si el futuro se diseñara sin concesiones, sin normas, sin la obligación de arrancar?

Ford Probe IV
El Ford Probe IV Concept fue presentado en 1983 como un ejercicio extremo de aerodinámica.

La respuesta fue el Ford Probe IV Concept, una pieza que hoy parece salida de una película de ciencia ficción ochentosa, pero que en su momento fue un manifiesto técnico y cultural. Un objeto pensado más para provocar preguntas que para ofrecer soluciones inmediatas. Y ahí radica su encanto.

Para entender al Probe IV hay que retroceder algunos años. El nombre “Probe” no apareció de la nada. A fines de los años 70, Ford Motor Company venía explorando, junto al carrocero italiano Ghia, una serie de conceptos que buscaban algo tan ambicioso como pragmático: reducir al máximo la resistencia aerodinámica para bajar el consumo de combustible en una época marcada por la escasez energética.

El primer Probe, presentado en 1979, era un experimento con forma de cuña basado en la plataforma Fox, que intentaba aplicar proporciones de superdeportivo a un vehículo de enfoque popular.

A ese ejercicio inicial le siguieron el Probe II y el Probe III. Este último no fue un simple show car: influyó de manera directa en el diseño del Ford Sierra, uno de los modelos más importantes de la marca en Europa durante los años 80. Es decir, la saga Probe no era solo un delirio estético, sino un laboratorio real de ideas que luego se filtraban, con mayor o menor intensidad, en los autos de producción.

El Probe IV, sin embargo, fue otra cosa. Fue el punto donde la obsesión superó a la lógica industrial. Ghia llevó la aerodinámica a un extremo casi provocador y logró un coeficiente Cx de 0,15. Una cifra que, incluso hoy, más de cuatro décadas después, sigue resultando asombrosa. No por casualidad, el auto lo exhibía con orgullo en una calcomanía ubicada en la parte trasera, como si supiera que ese número era su razón de ser.

Ford Probe IV
No tenía motor ni dirección: era una escultura rodante, no un auto funcional.

Claro que para alcanzar semejante registro hubo que tomarse algunas licencias. O mejor dicho, liberarse de las reglas. El Probe IV nunca estuvo pensado para circular. No tenía motor, no tenía sistema de dirección y no debía cumplir ninguna normativa de seguridad. Era, en esencia, una escultura rodante. Un objeto diseñado para deslizarse por el aire en teoría, no por el asfalto en la práctica.

Esa libertad absoluta es la que explica su silueta hipnótica. El frente bajo y afilado, los faros triangulares integrados casi como piezas de origami, el capot largo y descendente, y las ventanillas que se extienden por debajo de la línea de cintura generan una sensación de cápsula, de objeto sellado. Las ruedas aparecen casi ocultas bajo arcos carenados y la parte trasera es un ejercicio de limpieza visual, con luces escondidas detrás de barras horizontales que refuerzan la idea de fluidez continua.

Solo se construyeron dos ejemplares. Uno de ellos se conserva en el Petersen Automotive Museum, donde descansa como pieza histórica, protegido y contextualizado. El otro siguió un camino mucho más errático, lejos de los museos y de los focos.

Y ahí es donde la historia se vuelve inevitablemente contemporánea. Porque ese Ford Probe IV terminó reapareciendo en un lugar tan inesperado como Facebook Marketplace, ofrecido sin precio fijo, como si se tratara de un mueble antiguo o una rareza decorativa.

Tal vez ese sea su último gesto conceptual. Recordarnos que el futuro, incluso el más audaz, puede terminar olvidado en cualquier rincón. Y que preservarlo no es solo una cuestión de dinero, sino de memoria. Porque autos como el Ford Probe IV no cuentan solo la historia de un diseño extremo. Cuentan la historia de una industria que, alguna vez, se animó a pensar sin límites.



 
 

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