Renault no suele hacer movimientos bruscos sin avisar. Cuando lo hace, conviene mirar dos veces. El nuevo Renault Filante aparece en escena con esa lógica: no irrumpe como una revolución estridente, pero tampoco como una simple novedad de catálogo. Es un mensaje. Uno que habla de ambición, de diferentes mercados y de una identidad que empieza a correrse de su zona de confort.

El nombre, claro, no es decorativo. Filante remite directamente al Renault Étoile Filante, aquel laboratorio rodante con el que la marca del rombo salió a buscar récords de velocidad en las salinas de Bonneville a mediados de los ‘50. Hoy el contexto es otro, el formato también, pero la idea de fondo se mantiene: demostrar hasta dónde puede llegar Renault cuando decide mirar más allá de lo habitual.
Este nuevo SUV no fue pensado para Europa, y eso se nota desde la primera línea del proyecto. Con 4,91 metros de largo, el Filante se ubica claramente por encima de modelos como Espace o Rafale, y juega en una liga donde el tamaño es sinónimo de estatus. No es casual que su producción esté prevista para 2026 en Corea del Sur, un mercado donde los segmentos grandes concentran buena parte de las ventas y donde Renault ya tiene experiencia con productos como el Grand Koleos.
El Filante nace dentro del llamado Plan de Acción Internacional 2027, una hoja de ruta que expone con bastante crudeza una realidad: Renault necesita crecer fuera de Europa si quiere sostener su volumen y, sobre todo, mejorar su posicionamiento. En ese esquema, este SUV funciona como una carta fuerte para mercados árabes y sudamericanos, regiones donde la marca busca una imagen más aspiracional sin renunciar del todo a su ADN generalista.

Desde lo estético, el Filante se apoya en una carrocería de proporciones generosas y líneas trabajadas con un foco claro en la aerodinámica. El frontal estrena una nueva firma luminosa que anticipa el lenguaje visual de los próximos Renault globales, con un diseño más tecnológico y menos conservador. La trasera, en tanto, se permite un gesto más osado: una gran franja central en negro que atraviesa el portón y pone el nombre del modelo en primer plano. No busca pasar desapercibido. Busca ser recordado.
Puertas adentro, el discurso cambia de tono pero no de intención. El interior es, probablemente, el punto donde el Filante deja más en claro hacia dónde apunta. Los asientos tipo salón, la sensación de espacio y la calidad percibida hablan de un producto que quiere competir en un escalón superior. La posibilidad de sumar una tercera pantalla frente al acompañante no es solo un guiño tecnológico, sino una señal clara de que la experiencia a bordo es tan importante como el manejo.

La mecánica acompaña esa filosofía sin caer en extremos. Renault optó por un sistema híbrido autorrecargable que entrega 250 caballos de potencia combinada. El conjunto se apoya en un motor naftero 1.5 y dos motores eléctricos, con una batería pequeña (1,6 kWh) pensada más para eficiencia y suavidad de uso que para autonomía eléctrica pura. El dato que completa el cuadro es el par máximo: 565 Nm, una cifra que garantiza empuje acorde al tamaño y peso del vehículo.
No hay electrificación radical ni promesas futuristas. Hay, en cambio, una solución pragmática, coherente con mercados donde la infraestructura y los hábitos todavía favorecen este tipo de tecnologías. En países como Argentina, incluso, permitiría acceder a beneficios impositivos gracias a la etiqueta Eco. El problema es otro: por ahora, su llegada no está en los planes locales.

Y ahí aparece la paradoja del Filante. Es un SUV que, por concepto, encajaría muy bien en muchos mercados de la región, pero que hoy funciona más como símbolo que como producto concreto. Un anticipo de lo que Renault está dispuesta a hacer cuando piensa en grande, aunque no todos puedan acceder a eso de inmediato.
El Filante no redefine a Renault de un día para el otro. Tampoco lo pretende. Pero sí marca una dirección. Una en la que el Rombo se anima a jugar con códigos más cercanos al universo premium, sin abandonar del todo su lógica industrial. Es un equilibrio delicado, y por eso mismo interesante.


