Una década después, la misma voz propia que se reinventa. Durante años, Cristina Pérez habló con absoluta transparencia sobre su vínculo con la libertad, sus decisiones afectivas y la maternidad. En una entrevista del 2015 con GENTE, su postura ya era clara, aunque todavía en plena construcción. “Yo anhelo estarlo, porque te da la sensación de que podés cambiar el mundo”, decía sobre el enamoramiento. Y marcaba una tensión que la atravesaba: “Si estás sola, a la soledad hay que encontrarle significado, porque si una mujer quiere ser madre 'se le acaba el tiempo'”. Aunque no era su caso.
En ese entonces se observaba en ella un dilema íntimo, honesto y directo. “Siento que hoy no tengo la vocación de ser madre, pero me ha pasado en momentos de estar en pareja y muy enamorada, que a veces me salía la cosa maternal. Por otro lado soy una mujer que elige la libertad, y eso va en contra de tener un bebé. Hoy no me quiero atar. ¿A mí quién me devuelve el hoy?”.
Diez años después, ya casada con Luis Petri y consolidada en una nueva etapa profesional, la conductora de Camino a casa (Telefe) y Siempre + (LN+) mantiene un eje emocional inalterable: su voz propia. Pero la forma en que esa voz dialoga con el amor y los mandatos sociales ganó nuevas capas.

El código íntimo del amor y las decisiones compartidas
La periodista habla hoy desde una versión más amplia, una que incluye su vida en pareja sin perder su brújula profesional. Con la misma naturalidad con la que en su momento explicó por qué una relación podía terminar –“Me separé dos o tres veces porque ellos querían tener hijos. Es un derecho de ellos querer tenerlos y los respeto”– hoy describe cómo se organiza en casa con Petri frente a la política.
“Desde el principio tuve con él el código de que cuando empezó a ser ministro sabía que no iba a poder ser mi fuente. Entonces cultivé otras”, explica la periodista con 35 años cumplidos de carrera. No es un límite frío, sino profesional. “Con la mayoría de esas fuentes me conozco mucho antes de conocer a mi marido… es como te pasa a vos… incluso es más delicado porque por ahí llevás un secreto privado toda la vida”.
Ese “código” también marcó la forma en que vivió un pequeño duelo –o una transición necesaria– al correrse de ciertos espacios del periodismo: un par de años atrás abandonó la conducción de Telefe Noticias tras dos décadas al aire, para acompañar el camino político de Petri. Ahí aparece una metáfora que hoy la define: “¿Viste cuando Bruce Lee dice ‘Be like water’ (sé como agua)? Si la vida es un vaso, te convertís en el vaso… hay cosas a las que no te podés oponer porque tu vida te está mostrando que cambió el ciclo”.
No hay renuncias; hay adaptaciones. “Agradezco a la vida el desafío de cada salto que tuve que hacer en el trapecio”, agrega. “Me estaba esperando del otro lado para agarrarme y no dejar que cayera al vacío”, asegura. Tiempo atrás comentaba: "Yo entregué mi vida a mi profesión porque siento que es el gran amor de mi vida. A veces confundí el amor por el hombre a querer hacer algo por él".
Hoy, sin embargo, su ejercicio de la libertad la llevó a seguir el camino que mejor se adaptaba con su versión actual. Recordemos que la también host radial contó que su amor por Petri pareció siempre “de otra vida” y hasta dijo: “Siento que no soy del todo yo sin él”.

El casamiento inesperado y la certeza que sorprendió hasta a ella misma
Si su yo del 2015 sostenía en diálogo con este medio que no sabía si iba a casarse y que tener pareja no podía ser “una burocracia” (“Cuando te separás, muchas veces te preguntan: '¿No tenés ganas de tener otra pareja, hijos...?'. Yo me violento, porque digo: ‘Chicos, tener pareja no es un organigrama de tu vida”. Me parece injusto para el hombre o la mujer que alguien piense en tener pareja como bajarse un software”), hoy Cristina cuenta una historia íntima en la que la sorpresa llegó por duplicado.
“Todo empezó cuando fuimos al pueblito donde nacieron sus abuelos en Italia… estábamos en la catedral. Hacía un frío de locos y me dijo: ‘¿Querés que le pidamos al cura que nos bendiga?’”, recuerda. Luego vino la propuesta formal, casi cinematográfica: “Estábamos comiendo, se me arrodilló y me lo propuso”.
Pero lo verdaderamente inesperado fue interno: “Más me sorprendió que yo no tuve dudas. ¿Viste que siempre dije que tenía el ‘no’ fácil?”. En otra nota de archivo había dicho: “Me han pedido matrimonio, pero yo no quise”. Ante el contraste, sonríe y aclara: “Las damas no tenemos memoria… a veces no coinciden los proyectos de vida y terminás haciéndote daño. A mí me gusta recordar con amor el buen amor”.

La maternidad: de la presión social al derecho a cambiar
En 2015 afirmaba: “Soy una mujer que elige la libertad, y eso va en contra de tener un bebé. No me quiero atar. Tengo otras cosas que me gusta hacer”. Esa claridad también fue disruptiva en su momento: la maternidad no era un tema del que se hablara sin culpa, y mucho menos desde la negativa.
Hoy, amplía: “Yo creo que el tema está en si hacés las cosas porque los demás quieren y no porque querés vos. Cambiar de idea, por suerte todos podemos cambiar. Evolucionamos y tenemos distintos momentos en la vida”.
Y señala algo que se modificó alrededor suyo, no dentro: “En ese momento me lo vivían preguntando… (si pensaba o no ser madre) fijate que hoy siete de cada diez chicas te dirían que no las interpela la maternidad, y ya no sorprendería a nadie”.
Lo que sí se mantuvo inalterable es su compromiso con el pensamiento propio. Ya cuando publicó su primer libro decía que se sentía “plena, como si hubiera parido”, redefiniendo qué significaba para ella crear, nutrir, dejar huella. Y hoy no piensa distinto.

Mandatos, voz propia y el acuerdo del formato
En diálogo con GENTE recuerda una frase que le dijo su psicoanalista: “La relación es el acuerdo del formato”. Y se refería a que "a veces, si no hay acuerdo en el formato, chocás. Si los dos quieren ser novios, son novios... Si los dos se quieren casar, ahí es".
E insiste en que no existen fórmulas ni mandatos que haya que cumplir: sólo acuerdos entre dos personas. Lo mismo aplica, según ella, a la vida social y cultural: “No hay fórmulas”, había dicho ya en 2015. Y hoy subraya exactamente lo mismo, que lo fundamental está en ser fiel a uno mismo.
“Mi código de honor es nunca traicionarme… ni traicionar”, afirma. Esa línea ética –a mitad de camino entre lo filosófico y lo emocional– también se filtra en su última novela, Mujer samurái, donde reflexiona sobre la integridad y la fortaleza interna.
Cuando la libertad no es rebeldía, sino pertenencia a uno mismo
Entre la Cristina que decía “¿A mí quién me devuelve el hoy?” y la que ahora agradece “cada salto del trapecio”, no hay contradicción: hay evolución. Cambió el paisaje, cambiaron los tiempos, cambiaron las preguntas sociales. Lo que no cambió fue su norte: la decisión consciente de qué vida quiere vivir.
En un momento donde los mandatos se revisan y los discursos se amplían, Cristina recibe este tiempo –y sus preguntas– con la misma serenidad con la que diez años atrás defendía su libertad. Sólo que ahora, esa libertad también convive con un amor que eligió y con un formato que encontró su propio acuerdo.
Y en esa convivencia, vuelve a aparecer la constante que definió toda su trayectoria: su voz. Esa voz que, más que desafiar mandatos, siempre los ignoró. Porque ya lo decía hace años y lo sostiene hoy con la misma convicción: “La idea es vivir genuinamente”.

El bullying digital y los haters: "la crueldad sin rostro"
Lejos de minimizar el impacto que tuvo en las redes el hecho de que la sobreexposición de estar con un político la haya puesto aún más en la mira de los haters en redes, Cristina lo explica desde la experiencia y el entrenamiento que la comunicación le dio. “Yo me preparé para estar expuesta, porque siempre me encantó el mundo de la comunicación”, asegura. Pero sabe que no todos tienen esas herramientas.
“Hoy hay mucha gente que desde la vida anónima sufre muchísimo el juicio de los demás… por el bullying, por el desprecio, por la incomprensión”, señala. Para ella, la responsabilidad de quienes ocupan lugares visibles es clara: “A veces uno puede ser ejemplo de esa necesidad de romper con los ‘dedos acusadores’”.
-Pero pareciera que podés tener más presiones, ¿cómo hacés para que no te afecten las redes?
-La verdad es que no estoy conectada con eso. Es muy simple: hay que conectarse con lo constructivo. Porque lo otro se consume en su propia hoguera... ¿Cómo decírtelo? La envidia o el prejuicio son copas de un veneno que el otro cree que te da, pero se lo está bebiendo.
-Como metáfora funciona...
-Así que hablar siempre van a hablar. Y yo prefiero el vino. El buen vino, obvio.
Fotos: Chris Beliera
Retoque: Silvana Solano
Registro audiovisual: Cande Casares
Edición video: Rocío Bustos
Make up: Alejandra Regueiro
Pelo: Anita Ramirez
Styling: Ine Pita
Agradecemos a Laurencio Adott y a Telefe

