El argentino que conquistó a Brigitte Bardot y cambió la Fórmula 1 por una noche inolvidable – GENTE Online
 

El playboy argentino que conquistó a Brigitte Bardot y cambió la Fórmula 1 por una noche inolvidable

Brigitte Bardot-argentino Charlie Menditeguy
Charlie Menditéguy fue piloto de Fórmula 1, crack del polo y símbolo de una aristocracia deportiva que marcó una época: su romance con la actriz francesa –que falleció el domingo 28 de diciembre en Saint Tropez, a los 91 años– no sólo desafió al mundo del automovilismo, sino que lo convirtió en leyenda.
Celebrities
Celebrities

Fue una noche en Montecarlo, en pleno corazón de la Fórmula 1, cuando Brigitte Bardot (1934-2025) dejó de ser solo la actriz más deseada de Europa para convertirse en la protagonista de una historia inesperada. La cena, el viaje improvisado a Saint-Tropez y una ausencia imperdonable en la pista sellaron un romance tan breve como decisivo. Detrás de esa elección que escandalizó al automovilismo había un bon vivant argentino llamado Charlie Menditéguy, un hombre cuya vida fue tan veloz y fascinante como la decisión que lo convirtió en leyenda.

Brigitte Bardot se casó cuatro veces –con Roger Vadim, Jacques Charrier, Gunter Sachs y Bernard d’Ormale– y, entre sus romances más comentados, se destacó su vínculo con el primero de los mencionados, director de cine y figura clave tanto en su vida sentimental como en el inicio de su mito cinematográfico. Su affaire con el playboy argentino nació en los boxes de la Fórmula 1.

Quién fue el argentino que conquistó a Bardot y eligió vivir sin frenos

Carlos Alberto “Charlie” Menditéguy –hijo de Julio Amadeo Menditeguy Echeveste y Rosa Isabel Estrugamou y Turner– nació en Buenos Aires el 10 de agosto de 1915 y desde temprano pareció destinado a una vida fuera de cualquier molde previsible. Pertenecía a una familia acomodada, pero el privilegio nunca fue su rasgo distintivo: lo fue, en cambio, una pulsión constante por dominar todo aquello que implicara destreza, riesgo o belleza. En una Argentina que comenzaba a construir sus mitologías deportivas, su nombre empezó a circular como el de un atleta imposible de encasillar. Y, además, multitasking a otro nivel.

Alcanzó el hándicap 10 en polo –la máxima calificación posible– en una época en la que ese logro estaba reservado a contadas leyendas, y lo hizo sin abandonar otras disciplinas. Fue scratch en golf, figuró entre los mejores tenistas del país (también solía jugar con Adolfo Bioy Casares en el Buenos Aires Lawn Tennis) y se dio el lujo de competir en fútbol, paleta y boxeo amateur con la misma naturalidad con la que se movía en los salones de la alta sociedad. La revista El Gráfico lo retrató en tapas por deportes distintos, una rareza que habla de su carácter excepcional.

El playboy millonario que era un diez en todos los deportes y perdió todo por un irresistible amor de verano con Brigitte Bardot que le cayó del cielo y gracias a Juan Manuel Fangio.

La velocidad como destino y una promesa al volante

El automovilismo llegó a su vida no como una elección tardía, sino como una consecuencia lógica de su temperamento. En los años cincuenta, cuando correr implicaba enfrentarse a circuitos peligrosos y máquinas indómitas, Menditéguy se subió a un Maserati y empezó a destacar casi de inmediato. En 1953 debutó en la Fórmula 1, la cima del automovilismo mundial, y participó en once Grandes Premios, consiguiendo incluso un podio y puntos en el campeonato.

Antes de eso, había sido subcampeón de los 1000 Kilómetros de Buenos Aires junto a Stirling Moss, en una prueba que exigía resistencia física y precisión quirúrgica durante horas. Juan Manuel Fangio, que entendía el automovilismo como pocos, llegó a decir que Menditéguy tenía condiciones suficientes para ser campeón del mundo si se lo hubiera propuesto en serio.

Charlie Menditéguy, al volante.

Pero allí estaba la diferencia esencial: para Charlie, correr no era una vocación excluyente, sino una pasión más. Mientras otros daban todo por el automovilismo, él lo incorporaba a una vida ya desbordante, como si la pista fuera apenas otro escenario donde probarse. Pero hubo una excepción en su vida, tan improbable como casi inverosímil, ante la que jamás se hubiera imaginado ceder.

Montecarlo, Bardot y una decisión irreversible... caer ante la manzana de la tentación

El punto de quiebre llegó en 1956, durante el Gran Premio de Mónaco. Brigitte Bardot, por entonces una actriz joven pero ya magnética, recorrió los boxes de Fangio acompañada por su manager y despertó una fascinación inmediata. Bardot invitó a cenar a Fangio, pero éste declinó la propuesta y le presentó a Menditéguy, quizá sin imaginar el alcance de ese gesto mínimo.

Más que una estrella, Bardot fue el primer gran ícono erótico moderno: deseada, admirada y copiada en todo el mundo.

La cena derivó en días compartidos en Saint-Tropez y la Costa Azul y en una ausencia que no pasó inadvertida para el equipo Maserati. Menditéguy faltó a entrenamientos y compromisos, y la consecuencia fue fulminante: quedó fuera de la escudería y, en los hechos, su carrera en la Fórmula 1 terminó allí mismo.

Menditéguy –que también se destacó en polo– fue un clásico en las tapas de El Gráfico. Sin embargo, no se llevó bien con el periodismo. De hecho llegó a decir: "Nunca más me harán una nota, los periodistas son todos iguales y yo no les voy a dar de comer". Cuentan que podía sorprender tranquilamente con este tipo de salidas.

Cuando le preguntaron si se arrepentía, su respuesta fue tan honesta como definitiva. "No era una oportunidad para desaprovechar", sentenció, orgulloso de haberse guiado por su instinto sin importarle las consecuencias. Esa frase, repetida durante décadas, condensó una filosofía personal que lo acompañó hasta el final: la idea de que "el momento es ya" y que ciertas experiencias valen más que cualquier título.

Su relación fugaz con un verdadero ícono erótico como Bardot y los rumores que lo relacionaban con miembros de la realeza y hasta con la actriz Ava Garner, lo catapultaron a los titulares internacionales y cimentaron su fama de playboy. Dicen quienes lo conocieron que en una mesa íntima en Mar del Plata se llegó a ufanar no sólo de aquellas mujeres con quienes tuvo affaires: también presumía de sus comidas en el Palacio con la reina Isabel de Inglaterra.

Sin embargo, lejos de la Fórmula 1 no persiguió la revancha ni la fama: dejó de conceder entrevistas y se dedicó a otras pasiones sin entregarse a la exposición.

Charlie Menditéguy junto al golfista Roberto de Vicenzo.

Después del ruido, el silencio y la discreción

Menditéguy se volcó a la cría de caballos de carrera junto a su hermano Julio y obtuvo los premios más importantes del turf argentino, incluyendo múltiples Carlos Pellegrini y Nacional. Siguió compitiendo, jugando, apostando al movimiento, como si la quietud fuera el único verdadero enemigo.

Murió el 27 de abril de 1973, a los 57 años, afectado por Parkinson y diabetes, con un cuerpo que había llevado al límite durante décadas. Su muerte cerró una vida intensa, pero su partida no enterró el brillo de sus victorias, su mito fanfarrón ni las historias que quedan de boca en boca.

Carlos Menditeguy
Otra postal de Carlos Menditéguy celebrando junto a Juan Manuel Fangio y Juan Domingo Perón.

Con el fallecimiento reciente de Brigitte Bardot, el nombre de Charlie Menditéguy volvió a emerger como una nota al margen que, en realidad, dice mucho sobre una época. Representó a una generación de hombres y mujeres para quienes el talento no estaba al servicio de una carrera, sino de una vida plena, arriesgada y consciente de su fugacidad. Así lo creyeron y lo vivieron los protagonista de esta historia. Un amor de verano que alcanza con que quede en el recuerdo.

Brigitte Bardot y el reino de los hombres

Bardot fue, desde muy temprano, una figura deslumbrante y perturbadora, una belleza que incomodaba tanto como fascinaba y que parecía encarnar, antes que nadie, esa mezcla de inocencia y peligro que la literatura había intuido pero el cine aún no había mostrado. Antes de cumplir los veinte ya parecía salida de una novela de iniciación, una especie de Lolita europea que el cine todavía no sabía cómo contener.

Cuando abandonó el star system por el activismo animal, en 1973, Brigitte Bardot había filmado 46 películas, entre ellas, Le Mépris (1963, dirigida por Jean Luc Godard) y Si Don Juan fuese mujer (1973, de Roger Vadim).

Su irrupción no fue solo estética: fue cultural, moral y emocional, y el modo en que se vinculó con los hombres terminó siendo parte indisociable de su mito. Roger Vadim fue el primero en comprender que esa joven parisina no era solo una promesa sino una revolución en potencia. Guionista, asistente de dirección y futuro cineasta, Vadim fue pareja, marido y arquitecto del lanzamiento definitivo de Bardot al estrellato cuando la dirigió en Y Dios creó a la mujer (1956), junto a Jean-Louis Trintignant.

Todo lo demás de esa película quedó eclipsado por una escena legendaria: Bardot bailando descalza sobre una mesa, un gesto simple que Cahiers du Cinéma consagró como una de las imágenes más eróticas de la historia del cine. A partir de allí, el mundo entendió que algo había cambiado para siempre.

Una de las escenas de Y dios creó a la mujer que la convirtió en ícono erótico. Su baile en una mesa fue “una de las escenas mas eróticas del cine”, como escribió el critico-jefe de Cahiers du cinema, revista que era considerada la "biblia" del cine por entonces.

Ese nuevo imaginario femenino tuvo su correlato en la vida privada. Bardot amó con intensidad, rapidez y sin pedir disculpas, y lo hizo dentro y fuera de la pantalla. Tras Vadim, llegó el actor Jacques Charrier, con quien se casó y tuvo a su único hijo, Nicolas, en una relación marcada por tensiones, desencuentros y una maternidad vivida con conflicto. Más tarde se uniría al millonario alemán Gunter Sachs, símbolo del jet set europeo, y finalmente al político Bernard d’Ormale, con quien se casó en 1992 y compartió sus últimos años lejos del cine.

Su ultimo marido, el político de ultraderecha (y en su momento socio de Jean-Marie Le Pen) Bernard d’Ormale, con quien se casó en Noruega en el ’92.

Entre matrimonio y matrimonio, la lista de amores fue extensa y pública. Se la vinculó con Jean-Louis Trintignant, Sami Frey, Sacha Distel, Jacques Chirac, Alain Delon y Serge Gainsbourg, quien le escribió Je t’aime… moi non plus, una de las canciones más provocadoras e inmorales del siglo XX. Sus relaciones con figuras del cine y la cultura ampliaron su aura de mujer libre, inasible, siempre deseante y deseada.

“Casi tantas como amantes tuvo”, se regodean las revistas europeas. Pero jamas lo negó. En sus memorias (Initiales BB) dice: “Me enamoraba al minuto de cada partenaire de mis películas. Me han llamado puta, puerca, pecadora; una mujer intentó clavarme un tenedor en los ojos dentro de un ascensor; me tiraron un tacho de basura en la cabeza, y el Vaticano, en el ’59, uso una foto mía como símbolo del diablo”.

"Muchos de mis papeles y mis películas me parecen carentes de sentido", declaró tiempo después de alejarse de los sets.

Bardot nunca negó nada: habló con crudeza de los juicios morales que recibió, de la violencia simbólica y real que padeció, y de una soledad persistente que convivía con la fama. Reveló que tuvo intentos de suicidio y que abortó numerosas veces, incluso deseó hacerlo con su hijo “porque lo sentía como una carga, un tumor”. Todo su infierno lo escribió así en primera persona: “Es cierto. Traté de matarme cinco veces. Una, con gas, y las otras, con pastillas, por soledad y vacío. También quise abortar a mi hijo Nicolas, pero Charrier, mi marido, lo impidió”.

Su vida sentimental, tantas veces exagerada por la prensa, fue al mismo tiempo el combustible y el precio de su leyenda: una mujer que amó sin cálculo en un mundo que no estaba preparado para perdonárselo. Así, entre romances, películas y escándalos, BB no solo construyó una carrera sino una mitología. Pero también supo reescribirla.

"Los animales son el único orgullo de mi vida", dijo Bardot.

Sirvió estética, irreverencia, canciones y esos peinados cándidos y sugerentes a la vez que encandilan y nos fascina hacernos. Y, como toda musa del bien, se reveló a los moldes en los que se sentía prisionera. La decisión llegó en 1973. Abandonó el star system, y el activismo por los animales le dio otro sentido a su vida. "Les di mi belleza y mi juventud a los hombres, ahora les daré mi sabiduría y experiencia a los animales", anunció. Su cambio fue radical al encontrar su propósito de vida. Acerca de haber sido objeto, reflexionó: "Dejé todo porque estaba harta de ser bella todos los días".

Simone de Beauvoir le dedicó un ensayo titulado Brigitte Bardot y el síndrome de Lolita (1959), donde la describió como una "ninfa lasciva" y como alguien por quien "un santo vendería su alma al diablo solo por verla bailar". Allí, la escritora y filósofa feminista escribió: "Carece de memoria, de pasado, y, gracias a esta ignorancia, conserva la perfecta inocencia que se atribuye a una infancia mítica". Sí. Representó el deseo, fue envase y se entregó a ser un conjunto de construcciones ajenas, pero su verdadera liberación fue haberse podido verse a sí misma sin mediaciones.


Fotos: archivo Atlántida y Fotonoticias.



 
 

Más Revista Gente

Vínculo copiado al portapapeles.

3/9

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipisicing elit.

Ant Sig