“He oído que surgirá otra película ambientada en la Tierra Media y que empezará a rodarse en mayo de 2026, las dirigirá Gollum y tratará sobre Gollum”, había dicho hace unos meses Ian McKellen (86), mitad en broma y mitad en serio, para luego rematar... "Y sólo contaré otros dos secretos sobre el reparto: que aparecerá un personaje llamado Frodo y otro llamado Gandalf. Aparte de eso, mis labios están sellados”, cerró los propios abriendo una interminable expectativa ante los fanáticos de El Señor de los Anillos, que a partir de allí comenzaron a palpitar a ritmo frenético el nuevo episodio de la legendaria historia mitológica de John Ronald Reuel Tolkien destinado a enlazar las dos trilogías dirigidas por Peter Jackson: justamente la de El Señor de los Anillos (2001, 2002 y 2003) y El hobbit (2012, 2013 y 2014).
Sin embargo, el resonante anticipo de uno de los más admirados actores del firmamento de estrellas internacionales no era lo único que había para celebrar...

Porque como por estos días se celebra el cuarto de siglo del inicio de la saga, a lo largo y ancho de un mundo ya sintonizado en modo The Lord of the Rings, comenzaron a desplegarse revivals, homenajes y tributos para conmemorar lo que pasó y, a la vez, reforzar lo que se viene. Para el caso, con la inercia de semejante aventón, en Argentina se festejan tales 25 años estrenando por primera la versión extendida -con escenas inéditas- de cada capítulo de la primera trilogía, compuesta por La Comunidad del Anillo (sus 178 minutos de duración originales pasan a ser ahora 208), Las dos torres (sus 179, 224) y El retorno del Rey (que pasa de los 201 a los 252 minutos).

Un acontecimiento que no sólo nos vuelve el tiempo hacia una de las franquicias de aventuras más influyentes y queridas de la historia del Séptimo arte, sino que además nos permite recordar el reportaje que nuestro medio consumó con una de las figuras de la saga -sí, el mismísimo Ian McKellen del comienzo-, y ahora replicaremos de manera literal, en tiempo y forma.
CUANDO SIR IAN McKELLEN RECIBIÓ A REVISTA GENTE AQUELLA TARDE OTOÑAL LONDINENSE: "¿QUÉ DESEAS BEBER?"
“Costó bastante, pero acá estamos, enteritos...”, dice tras estrechar la mano del periodista, escuchar la primera pregunta y responder cómo acaba de hacerlo, con palabras y girando el torso para mostrar el logo de El hobbit y la leyenda estampada en amarillo sobre la espalda de su remera negra de manga larga: "2011-2012" y abajo, tachado, "254 days". Un tesoro que remite al tiempo que le demandó filmar la trilogía que acaba de terminar y que, mientras él luce con el entusiasmo de un adolescente, los fanáticos del merchandising de la franquicia matarían a 100 orcos, 50 trolls y 10 Smaugs por poseer.

“Consumado el largo rodaje también me obsequiaron el sombrero de Gandalf. Ah, y la espada. El otro día me cruce con unos nenes en la puerta de casa. ‘¿Usted es Gandalf?’, me consultaron. ‘Si’. ‘¿Lo jura?’, dudaron. ‘Esperen’, les pedí. Entre a casa y salí portando la espada. ¡No-po-dí-an-cre-er-lo! Igual, lo mejor que guardo son los muñecos de Gandalf el Gris y de Gandalf el Blanco. Yo prefiero el Gris, su bondad natural; Gandalf el Blanco es demasiado mandón, no se permite divertirse”, sonríe antes de –inglés cortes al fin– percatarse de que no le convido nada al representante de GENTE. “¡Mil perdones! ¿Café? ¿Té? ¿Leche? ¿Jugos? ¿Frutas? ¿Torta?... ¿Qué deseas beber? A la orden”, invita Ian Murray McKellen, invocando su voz grave, abriendo sus largos brazos y estirando su 1,80 metro en la Gloucester Suite 320 del Grosvenor House Hotel de Londres.
“¿LA GRAN DIFERENCIA?... QUE MEJORÓ EL CATERING”

... Lo expresa de manera socarrona a la hora de comparar épocas. Claro, alrededor de una docena de años transcurrieron entre la filmación de la trilogía de El Señor de los Anillos (fue en 1999-2000 y duró 438 jornadas) y la de El hobbit (en 2011-2012, con esos 254 días de duración que delataba la t-shirt de Ian que recién mencionamos) “y, no obstante parece que todo fue ayer”, reflexiona el reporteado.
“Ni siquiera cambio el equipo en las áreas de maquillaje, vestuario, diseño, etcétera. Admito que extrañé a Viggo (Mortensen), un fanático de tu país, si bien se sumaron colegas de gran valía, que equilibraron su enorme talento... En lo personal, temía que no se repitiera la antigua experiencia. De entrada dude en reincidir. Antes de resolverlo me puse a pensar en los puntos negativos, para no decepcionarme, planteándome si existía otra persona que pudiera encarnar a Gandalf mejor que yo. ¿Acaso no hubo dos Dumbledore (Nota de la Redacción: el director de Hogwarts en Harry Potter; Richard Harris lo compuso a lo largo del par de partes iniciales, y al morir lo sustituyo Michael Gambon)? Sin embargo, me convencí. ¡No siempre se accede a películas de semejante calidad!”, argumenta McKellen.

–¿Gandalf cambio su vida, McKellen?
–Seguro. El público lo ama, en particular los chicos. Tengo millones de pequeños fanáticos, y me encanta. Adoro formar parte de un fenómeno tan popular. Enorme papel. Quizá sea el gran héroe de la saga, y no por su magia sino por su humanidad.
–¿También era su héroe cuando niño?
–¡No! Mis héroes siempre nacieron de la pluma de William Shakespeare. No obstante, Gandalf me conquisto el alma.
“ANTES DE MORIR JOVEN MAMÁ ME SUGIRIÓ ACTUAR”

Asevera satisfecho que “pese a que sé que vengo poniéndome viejo, todavía duermo tranquilo, sin sobresaltos”, y reconoce que “mi cantidad de años me inspira a evitar tocar seguido el tema de la muerte. Uno nunca esta preparado para decaer. Por suerte, el trabajo ayuda a que me sienta pleno. Aprendí a aprovechar el momento, y ya. Al fin, Gandalf anda en los siete milenios de edad!”, lanza risueño hoy, de espaldas al otoñal Hyde Park, aquel otrora bebe nacido el 25 de mayo de 1939 a las 20:30 dentro del Hospital General de Burnley, Lancashire; aquel niño criado junto a su hermana mayor, Jean, en Wigan (allí encontró su vocación, debutando como intérprete amateur, en 1950, con la obra escolar Children’s Day); aquel joven que se mudara en familia a Bolton y estudiara en el colegio local... En definitiva, aquel muchacho que, al recibir durante 1961 la licenciatura en Artes, egresando del St. Catharine’s College de Cambridge, decidiera definitivamente entregarse a la profesión que lo consagraría.

El resto: Una incesante fusión de sensibilidad y capacidad que lo llevo a más 150 obras y a lo hizo superar las 100 participaciones en largometrajes, televisión y videos, aparte de convertirlo en dueño de varios premios (un Tony, una Concha de Plata, en San Sebastián; un Oso de Oro, en Berlín; un par del SAG –Sindicato de Actores–, un Donostia y un Globo de Oro)... Frente a tanto pergamino, dos dudas básicas, que el vegetariano de dientes blanquísimos y cabello color ceniza oye mientras juega con su sortija de oro.

–¿Por qué actor? ¿Qué significa para usted actuar?
–De chico la actuación me daba confianza, me permitía impresionar a mis padres (Margery Lois y Denis Murray)... De pronto, lo que empezó como hobby fue convirtiéndose en una forma de existencia. Mamá antes de morir joven por cáncer, en 1952, me sugirió actuar. “La actuación le regala placer a la gente”, apunto a mis oídos. A partir de su dulce revelación, la considero una profesión honrada.
–Profesión que, suponemos, ya aprendió a desarrollar “de taquito”, como solemos señalar los latinos?
–Jamás. Cada vez me veo más técnico y exigente. En mi actividad no sueles creer que arribaste a la meta. Aún intento mejorar. Sé que me queda margen. Incluso miro a otros actores, e intento entender cómo llegaron a abordar sus personajes. Así que –advierte– nada “de taquito”.
“ME ENORGULLECE MI LUCHA POR LOS DERECHOS GAY”

Arremete palpándose el pecho, del lado del corazón, cuando, a manera de paralelismo persona-personaje, le pedimos que busque en su vida, la de Ian McKellen, algún accionar que pudiera conmover al íntegro Gandalf. Luego de lanzar la sentencia del subtitulo, piensa ocho segundos y continua, lento, hilvanando la frase palabra por palabra:
“Me enorgullece mi activismo de las últimas dos décadas por los derechos gay y el apoyo que he recibido de la gente. Y me motiva a continuar explayándome respecto a que significa la homosexualidad. Los jóvenes deben saber que somos distintos, pero que está bien que lo seamos. Esto es un logro para mí. Durante la última década, desde El Señor de los Anillos a El hobbit, la sociedad cambio. En mi pueblo los gays eran casi ilegales, tenían prohibido hacer el amor. Ahora nos ampara la ley y nos encontramos en condiciones de celebrar, desde 2005, asociaciones civiles. Si sos negro, salís a la calle y te resulta imposible esconderlo; en cambio, si sos homosexual, te resulta factible ocultarlo. Por fortuna, y con esfuerzo, dejamos de necesitarlo”, acaricia la piedra verde maorÍ que cuelga, cadena mediante, de su cuello. “Mi inseparable amuleto”, lo enseña.

–¿Sabe que la Argentina es, desde 2010, uno de los once países que legalizo el matrimonio igualitario?
–¡Qué gran medida! Deberé viajar. Nunca estuve en Sudamérica. Increíble. En una ocasión me invitaron para rodar no recuerdo que película, y no pudo darse. Tengo que ir, sin dudarlo. Y por favor... (clava sus ojos celeste cielo en el grabador y remata con esa clase de convencimiento que desnuda a un actor de raza).
–¿Si?
–De paso te comento que, en mi sentir, ¡los argentinos pueden quedarse con las Islas Malvinas!

Fotos: Warner Bros. Pictures y Archivo Revista GENTE
Agradecemos a Agostina Mentasti
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