Afuera, la Avenida Corrientes ya palpita el frenesí de la noche porteña. Las luces de neón comienzan a encenderse, la inmensa marquesina del Teatro Broadway brilla con fuerza y el público empieza a formar fila en la vereda, ansioso por disfrutar de una nueva función del musical Annie. Sin embargo, puertas adentro, el clima es diametralmente opuesto. En la inmensidad de la sala todavía vacía, reina esa calma mística y silenciosa que solo los artistas conocen y atesoran: la paz previa a que se levante el telón.
Y allí, en la platea, nos espera Miguel Ángel Rodríguez (65).

Luce relajado y con una impronta moderna, vistiendo un outfit en tonos oscuros compuesto por un chaleco de sastrería abotonado sobre una remera básica al tono, un conjunto simple pero efectivo que deja al descubierto los tatuajes de sus brazos.
El toque de distinción absoluto lo aportan sus inconfundibles anteojos de cristales azulados y su característico cabello canoso revuelto con onda. Pero lo que realmente lo viste es esa seguridad y ese aplomo inconfundible que solo otorgan casi cinco décadas ininterrumpidas de oficio.
–Más de uno diría que te mantenés bárbaro
–Hacemos lo que podemos. Soy modelo '60 y sin levantar el capot voy bien. Hay detalles de pintura nomás.
–¿Te hacés tratamientos de belleza?
–No, no. Limpieza de cutis nomás. Eso sí. Me la hice toda mi vida por los maquillajes y eso. Así que por eso la tengo a Cari, que es mi limpiadora de cutis, y a esta altura también mi sacadora de canas en las cejas. No me gustan los pelos en las orejas ni las canas en las cejas, ¡me deprimen!

–¿Y de salud cómo estás?
–Estoy tranquilo. Tengo una diabetes tipo 2 hace ya unos diez años, desde 2016, con medicación... y por eso el diabetólogo y la nutricionista siempre me cagan un poquito de pedos.
–¿Por qué te retan?
–Por la dieta. Me viven diciendo "tenés que bajar". Igual ahora estoy bien.
–¿Tenés todos los dulces prohibidos?
–No tanto (Levanta la mirada sopesando). Soy muy dulcero encima. Trato de no portarme mal pero, si lo hago, le digo a la nutricionista: “El último mes me porté mal, algún helado hay, alguna cosa".
–Fuerte saber que un helado es portarse mal.
–(Se muerde los labios y suelta una risa) Sí, pero es lo que trajeron los años y la vida. Igual tampoco pasa nada. Yo no soy insulinodependiente ni tengo nada jodido. La verdad que la presión está fenómeno, el colesterol también, así que lo único es mantener el numerito y caminar un poco.

–¿Tus hijos, Imanol y Felipe, te vuelven muy loco?
–Sí, los dos me vuelven loco. ¡Que se cuiden ellos!, ¡que se dejen de joder! Igual, hablando en serio, ahora que saben que estoy bien y me ven bien, porque bajé como 14 kilos, todo está bien.
–¿¡14 kilos!? Tuviste que cambiar todo el guardarropas.
–Sí. Ahora me está dando la ropa Jula (N. de la R.: por Julieta Nair Calvo, su coestrella en Annie). Lo que le sobra me lo da a mí, porque estoy más flaquito.
–Bromas aparte, debe ser un cambio para vos verte en el espejo.
–Sí. Igual yo ya había bajado antes. Tuve momentos con unos kilos menos y con unos kilos más, pero ahora estoy muy contento manteniendo el peso hace ya seis meses. Eso está bueno.
–Fabuloso. Pasaste todo el verano en una misma línea entonces.
–Sí, sí. ¡Y laburando!, porque estaba haciendo MasterChef también. Fui hasta el 15 de diciembre que se paró la grabación porque se venía el repechaje. Gracias a que me salió bien una torta, tuve veinte días de vacaciones y pasé las fiestas tranquilo. Y ya después venía esto.

–¿Cómo fue para vos tu paso por MasterChef?
–Bien, fantástico. Me divertí mucho. Duré 80 programas de los 100. ¡Y yo no sé hacer nada!, se me quema la ensalada.
–Pero debés haber mejorado algo, ¿o no?
–No diría que he mejorado, diría que he aprendido, porque no sabía nada. Nada, nada. Así que aprendí. O sea, no voy a abrir un restaurante ni me voy a dedicar a la cocina, no hay posibilidades, pero la pasé muy bien y me divertí. Las devoluciones me hacían reír mucho. Es que ellos tres -De Santis, Betular y Martitegui- eran muy divertidos.
–Y vos... ¿Desde qué edad entretenés a la gente?, ¿eras chiquitito y entretenías a la familia?
–Sí, sí. Mi vieja siempre cuenta que yo "tenía una guitarra adentro" cuando era chiquitito. Entonces vivía cantando, hinchando las bolas, jodiendo. Y mi abuela me pedía chistes. Creo que he sido, inconscientemente y sin quererlo, entretenedor en el colegio, en la colimba, en los laburos. Trabajo desde los 15 años, o sea, llevo 50 años trabajando. Y en este medio fui mucho más entretenedor, por supuesto. Que fue lo que también lo que me llevó a donde estoy ahora, ¿no?

–¿Llevás la cuenta de cuánto tiempo llevás en el medio?
–45 años. Primero atrás de cámara, porque fui asistente de dirección, de producción, productor, llegué a dirigir en vivo... Fui stage manager, asistente de dirección de teatro... Hice mucho atrás. Mucho, mucho. Estuve como diez años atrás.
–¿Y te quedaste con lo que más te gusta, que es estar sobre el escenario?
–Así es. Pero vino sin buscarlo. A través del viejo VideoMatch que era un caldo de cultivo para hacer cosas. Me incentivaron para probar Marcelo Tinelli, Claudio Villarruel y Alejandro Stoessel. Era un grupo de laburadores hermoso. Y anduvo la cosa.
–Desde entonces hiciste un lindo recorrido.
–¡Muy lindo! Estoy feliz.

–Y ahora estás por salir a escena con Annie. ¿Qué lugar tienen los musicales en tu carrera?
–Hice algunos. Trabajé hace algunos años en La Revista Nacional, que era una producción de Adrián Suar con orquesta en vivo en el Teatro Ópera. Es que a mí la música me gusta mucho. Bueno, también estuve en Cantando por un sueño. La verdad, yo no estudié nunca, pero me defiendo porque tengo oído y me sale bien. Aparte confían y te coachean. Acá hay dos coach fantásticas, y un montón de gente que hace que vos bailes y cantes. Y después, cuando estoy con Jula, que es un animal cantando, parece que yo canto bien. ¡Es el efecto espejo! Honestamente, me gusta mucho el desafío de volver a un musical. Más siendo Annie.
–Es una obra que acá ya se dio en 1982. ¿La fuiste a ver en aquel momento?
–¡Más que eso! Yo estaba trabajando justamente en el Lola Membrives, que es el teatro en el que estuvo. Yo tenía 21 años, y estaba con Mingo (Juan Carlos Altavista) y Gerardo Sofovich en la producción, así que veía el final de todas las funciones de Annie. De ahí salieron Eleonora Wexler y Nancy Anka. Era una producción de Pinky, y el personaje que yo hago ahora lo hacía Raúl Lavié. Y más allá de la obra, es una película con mucho éxito de los años 30. Así que cuando me llamó Gustavo Yankelevich para proponérmelo ni lo dudé. Dije: "Vamos con Annie que es una maravilla".

–Te toca la fibra de los recuerdos.
–Sí, todo. Me toca muchas fibras. Es muy lindo. Y ver a las nenas del elenco cantando en el escenario con lágrimas en los ojos la última canción... Me mata. Es tremendo. Y creo que es formidable para este momento que vive el mundo y que vive el país. ¡Apaguemos el teléfono y veamos esta obra que habla de la adopción! Bueno, fijate que no es casual que hayan convocado a Lizy (Tagliani) con todo lo que pasa en su vida personal, ¿no? O sea, no es la obra para que cambie el mundo, pero va a emocionar, a enternecer, y a concientizar sobre tantos chiquitos y chiquitas que esperan ser adoptados.
–¿Considerás que Buenos Aires tiene un teatro único en el mundo?
–¡Absolutamente! Único en cantidad, en variedad y en talento también. Así que ojalá que nos vaya bien a todos. Bueno, primero a Annie (Se tienta), y que después expandamos el efecto dominó por toda la calle Corrientes, hasta Callao y para el Bajo también.
Fotos: Ramiro Palais
Retoque digital: Roshi Solano
Agradecemos a Juan Gutiérrez


