Hoy, 23 de octubre, Charly García cumple 74 años. En GENTE abrimos nuestro archivo para volver al origen: al niño tímido y sensible que, mucho antes de ser leyenda, pasaba horas explorando un piano de juguete en el petit hotel familiar de Caballito y que hoy sigue hablándole a nuestros corazones. En plena infancia, ya viéndolo tocar en fotos de hace más de 60 años atrás, ya se podía ver esa concentración hipnótica que después marcaría toda su vida.
No es tan simple recordar que ese hombre de bigote bicolor, rebelde y desafiante, alguna vez fue un niño callado, de mirada profunda, que prefería los sonidos a las palabras. En el petit hotel familiar de Caballito, entre cocineras y mucamas, Carlitos pasaba horas buscando melodías que parecían venir de un lugar secreto. A los tres años, mientras sus padres viajaban por Europa (corría 1955), descubrió el poder del sonido, la magia del orden invisible que une las notas.

Pero también descubrió la ausencia: aquella distancia lo marcó para siempre, y el vitiligo -la causa de su bozo bicolor que el tiempo transformó en símbolo- nació de ese primer desarraigo, que le costó una crisis de nervios. "¿Por qué tengo el bigote bicolor? Porque mamá y papá se fueron muy lejos. Los extrañé mucho y así me salió el bigote. No fue antojo, fue un extrañar. Tenía 2 años y 32 mucamas", explicó él. “Charly siempre fue muy sensible”, recordaría años después su madre, Carmen. La mujer también diría: "Nunca me perdonó ese viaje. Es el día de hoy que me acuerdo y me arrepiento".
Fue su propia madre tras ese viaje del que se arrepintió quien descubrió que a los 4 ya podía tocar de oído con piano de juguete. De inmediato lo llevó a la casa de un vecino que tenía un gran piano de cola. "Ahí fue que se puso a tocar como nada", relató Carmen. A los ocho años, Carlos ya podía reproducir cualquier melodía que le silbaran. A los nueve, componía sus primeras canciones. Y cuando otros chicos jugaban en la vereda, él se ensimismaba en el mundo de los acordes, buscando una armonía que explicara el mundo.

La infancia de Charly fue también un laboratorio de emociones. De la casa de Caballito a la quinta de Paso del Rey, entre zarzuelas, juegos de agua y tardes de dibujo, fue moldeando una sensibilidad distinta. Aquel niño que escuchaba desafinaciones en el aire desarrolló un oído absoluto y una mirada igual de precisa para las imperfecciones humanas. Eso sí, cuando no estaba tocando, "le gustaba jugar al fútbol con los amigos del barrio", "pescar mojarritas en los Lagos de Palermo", "leer sobre mitos griegos" y armar arcos y flechas.
Aún no sabía que esto último no era una cosa cualquiera. Era nada más ni nada menos que disparar -como lo hizo toda su vida- la flecha hacia su objetivo -aunque en principio no lo supiera- de encarnarse para trascender. Él mismo dirigió su propósito con estas palabras, que pronunció más de una vez: "Quizás puedan decir que soy un iluso, pero mi música es para siempre".

El tiempo, claro, se encargó de convertirlo en Charly. En el adolescente que descubrió a los Beatles y sintió que todo cambiaba, que la música clásica podía ser rebelde, que el piano también podía ser revolución. En el joven que escribió Canción para mi muerte mientras hacía el servicio militar en el Hospital Militar, con el mismo pulso de aquel niño que, años atrás, había transformado el dolor en melodía. Y también en el admirador de la superioridad estética del amor de Lennon y Yoko Ono -junto a Julieta Ortega y para una campaña de ropa reprodujo en 2008 la foto en la que están acostados en una "histórica cucharita"- y en el cinéfilo que miraba una y otra vez las películas de Woody Allen, cuyos diálogos casi repetía de memoria.
Es parte de la historia del rock argentino (de La máquina de hacer pájaros, Sui Generis y Serú Girán a su prolífica carrera solista). Y el resto es juego, amor, "aguante" y supervivencia. De ese niño aplicado quedaba el oído absoluto; del adolescente inquieto, la necesidad de escribir lo que no se podía decir de otra forma. Hoy, 74 años después, la leyenda no descansa. El genio sigue "viendo el futuro con lentes oscuros". Y, como siempre, todavía escucha algo que los demás no oímos.

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Fotos: Archivo Atlántida y gentileza Jimena Arce
Búsqueda y digitalización de material de archivo: Gustavo Ramírez
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