Valeria Mazza pasó de las pasarelas a los viñedos con la naturalidad de quien hace años convirtió el buen gusto en sello personal. En Madrid, y ante una audiencia que mezcla prensa, figuras del espectáculo y referentes del lifestyle, presentó su desembarco en el universo del vino con una consigna que la define: “El buen gusto siempre está de moda”. La frase, que funciona como declaración de intenciones, también ordena esta nueva etapa, donde la empresaria decide poner el cuerpo a un oficio que, a primera vista, parece ajeno a la moda y, sin embargo, comparte con ella un ADN: la búsqueda de la elegancia cotidiana.

La escena del anuncio fue una puesta en el Mandarin Oriental Ritz de la capital española, socios estratégicos de peso en el sector y un recorrido sensorial por etiquetas pensadas para beber sin manuales, pero con identidad. Esta nueva actividad de Valeria, y el modo en que lo presenta —como protagonista de su historia— da cuenta de ese recorrido profesional que se ensancha para incluir un territorio que le despierta curiosidad y disciplina. La presentación, además, dejó una frase que sintetiza esa mezcla de oficio y refugio: “Es la unión de mis dos grandes pasiones: mi filosofía de vida y mi refugio. Me involucré en cada detalle, desde las uvas hasta el diseño”.
Se trata del proyecto Finca Valeria, realizado junto a Félix Solís Avantis, que presentó en Madrid dos etiquetas de perfil contemporáneo —un blanco y un rosado— concebidas con la dirección enológica de Claude Gros y Carlos Villarraso. El primero nace de una combinación de Chardonnay, Sauvignon Blanc, Verdejo y Airén de zonas del centro y norte de España; el segundo se alimenta de viñedos en Languedoc y Provenza, cuna de los grandes rosados del Mediterráneo. Con esa carta de presentación, Valeria propone un punto de encuentro entre tradición europea y sensibilidad rioplatense.

Más allá de los datos, lo que terminó de narrar la noche fue el look elegido para el anuncio. Sobre la alfombra, la protagonista optó por un vestido rojo de silueta fluida, escote halter y recortes frontales que enmarcan el torso, con falda de caída liviana y aberturas que acompañan el paso. Sumó un clutch en tono a juego y sandalias de tiras con brillo metalizado que elevan la apuesta. El estilismo se completó con cabello suelto con ondas marcadas, una cadena corta de eslabones y pulsera a tono; la elección cromática dialogó con el telón del evento y reforzó la idea de una estética limpia, sin excesos.

El movimiento no sorprende a quienes siguen su trayectoria empresarial: cada paso fuera de la pasarela estuvo atravesado por una misma lógica, la de trasladar el ojo entrenado de la moda a otros territorios. Aquí, la traducción es directa: si una colección puede contar una temporada, un vino puede contar un paisaje y una memoria. Esa es la apuesta —en clave Valeria— de esta nueva actividad. Y hay otro matiz que suma: el trabajo sobre el detalle.
También hay una lectura generacional. La vitivinicultura, históricamente asociada a figuras masculinas y a códigos técnicos, encuentra en este tipo de irrupciones una entrada distinta: la de la curaduría como valor. El gesto de llevar un relato de estilo de vida a la mesa, sin solemnidad y con precisión estética, abre puentes con audiencias que tal vez no hablan el idioma de las denominaciones de origen pero sí conectan con la idea de celebración. En esa sintonía, la irrupción de Valeria en el mundo del vino se vuelve una extensión natural de su marca personal, no por el marketing en sí mismo, sino por la coherencia entre su estética y el producto final.
Créditos: RS Fotos.
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