Enviado especial a Cosquín
Antes de que la Plaza Próspero Molina estalle, hay un silencio casi irreal en Cosquín. De día parece un pueblo detenido en el tiempo; de noche, el corazón del folklore latinoamericano. En ese ritual que se repite cada verano, una figura ya es parte del paisaje: Maia Sasovsky, la única mujer que conduce el escenario mayor del festival. Entre duendes, vestidos que hacen historia y una voz que sabe calmar multitudes, la chaqueña construyó mucho más que una carrera: abrió dentro del género un espacio que no existía para las mujeres.
“Me defino como una persona trabajadora, generosa y simple”, dice mientras posa para Revista GENTE en plena tarde cordobesa. Pero su recorrido en Cosquín cuenta algo más grande: fue la mujer que se animó a ocupar un espacio que no existía, a vestir el folklore con otra mirada y a pararse frente a una plaza que examina, vibra y consagra. Hoy es mucho más que la conductora del festival: es una pieza clave de la historia viva del escenario mayor.
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“La previa siempre se vive con mucha emoción, preparando un poco lo que va a ocurrir. La magia que tiene Cosquín se encuentra a través de los diferentes artistas, como también los climas que se viven. Esta pausa durante el día, donde pareciera que no hay nadie en la ciudad, hasta que de repente queda absolutamente tomada, es parte de esa magia”, afirma mientras mira la Plaza Próspero Molina totalmente vacía en la antesala de la octava luna que tuvo lugar el sábado pasado, cuando Soledad Pastorutti celebró el aniversario número 30 de su debut en el festival.
-¿Qué recordás de tu primer Cosquín?
-La verdad es que fue un hito. Si algo dejo en mi carrera es que abrí y generé el espacio para las mujeres en los festivales, una realidad que trascendió a todo el país. Las mujeres generalmente leían publicidad o, la mayoría de las veces, estaban detrás de escena. Cuando la comisión me propuso ser parte de la conducción, inconscientemente dije: "Por supuesto, allá voy". Aquí se empezó a construir una historia que tiene que ver justamente con las mujeres y con la moda.


-¿Cómo fue eso?
-Este año me vistió la diseñadora Claudia Arce. Tiene que ver con que nos podamos mostrar como queremos -con un tajo, con botas, con brillos- en un escenario folklórico, siempre y cuando no perdamos el respeto a lo que significa Cosquín. Este es el escenario mayor del folklore, no solamente de Argentina, sino de Latinoamérica. Como todas las mujeres, lo primero que dije fue "¿qué me pongo?". Mis vestuarios del inicio los hizo Mechi, vestuarista del Teatro Nacional, y surgió la idea de que el primer vestido fuera un homenaje al poncho coscoíno; por eso, desde entonces, el vestido de la primera luna es blanco con la guarda del poncho. Después, Benito Fernández me estuvo acompañando por dos años.



-La participación de Benito vistiéndote te llevó a París también.
-Sí, exactamente, porque hizo algunas cosas que estaban muy trabajadas con lana. Era la época en que Benito vivía un poco en Salta y un poco acá. Fue una experiencia maravillosa para el festival porque todo comunica, y la ropa también es parte de nuestra cultura. Traer diseñadores nacionales, internacionales o emprendedores al escenario me parece sumamente importante para el festival, para ellos y para la gente que los descubre. Ahora lo primero que me preguntan es: "¿Y qué te vas a poner?". Pensamos un vestuario sumamente cuidado y respetuoso, porque Cosquín es la gala más grande que tiene el folklore y uno siempre debe estar a la altura de las circunstancias.
-Con tu vestuario le pusiste un sello a ese trabajo. ¿Fue algo buscado?
-Lo que pasa es que me encanta la moda y no quería vestirme como paisana ni como Mercedes Sosa o como La Sole. Así arrancamos con los vestidos, hasta que se transformó en un sello. Me han escrito madres que querían el diseño que usé para ponérselo a su hija en el cumpleaños de 15 o el casamiento. A una chica de Entre Ríos le regalé el que usé en la segunda noche porque me escribió una carta contándome que soñaba con ponérselo. Fue hermoso.

-¿Pediste algún consejo antes de debutar en el escenario mayor?
Antes de venir la primera vez, llamé a Julio Mahárbiz (el locutor que animó el Festival de Cosquín durante 39 años) para pedirle un consejo. Me dijo: "Nunca le mientas a la gente. Mientras tu mensaje sea claro y la mires a la cara, la gente te va a escucar". Por eso jamás salí con un papel. El papel provoca una barrera; tenés que mirar a la gente para ver si estás aburriendo a su está atenta. Eso, que es algo raro en el ambiente, me nace naturalmente.
-¿Cómo se transformó la música a lo largo de todos estos años?
-Evolucionó un montón. Este festival comenzó con Los Chalchaleros como un "piquete folklórico" que hicieron los vecinos porque todo el mundo pasaba de largo; Cosquín se había transformado en un gran hospital por la epidemia de tuberculosis. Los vecinos, con el cura Héctor Monguillot a la cabeza, junto a Horacio Guaraní y Los Chalchaleros, cortaron la avenida principal para mostrar que acá se podía celebrar la música. Eso fue en la Plaza San Martín. Después se trasladó a la Plaza Próspero Molina, donde sigue teniendo magia con los artesanos y espectáculos callejeros. Porque Cosquín no duerme nunca. Los artistas sostienen que este escenario tiene "duendes" y magia. He estado en casi todos los escenarios más importantes de Latinoamérica y España, pero en éste, cada vez que salís, te tiembla el alma porque ahí se encuentran los duendes realmente cuidando este reservorio de nuestra cultura.

-¿Y quién es icónico para vos de Cosquín?
-Hay un montón que son próceres de esta historia. Hablar del propio Guaraní, de Jorge Cafrune o de Mercedes Sosa, a quien Cafrune invitó a cantar y transformó en la voz de América. A partir de ellos hubo una construcción y una evolución. Todo lo que evoluciona crece. Yo celebro que se hayan fusionado distintos géneros en el festival siempre que se siga respetando el escenario. Sirve para que generaciones distintas vayan conociendo artistas que tal vez no sabían que existían. La década del 90, con la Sole a la cabeza, Los Nocheros, Los Aloncitos y Los Tekis, marcó un antes y un después. Luego llegaron Luciano Pereyra y Abel Pintos. Este festival tiene la obligación de generar nuevas figuras para provocar ese cambio, y la decisión de incorporar artistas de otros géneros puede ayudar a que eso ocurra.

-Bueno, el cierre de la mano de Milo J el domingo pasado tuvo que ver con eso.
-Sí, el cierre de Milo J con este proyecto que comenzó en ¡FA! (el popular ciclo de música, charlas y encuentros creado y conducido por Mex Urtizberea), que se ha transformado en un encuentro de los artistas más importantes. Ahí están la trayectoria de Teresa Parodi, los nuevos, los icónicos como el Chango Spasiuk y un montón de artistas que son parte de este festival. Cuti y Roberto Carabajal son los padrinos de toda esa generación del 90 porque fueron los primeros en incorporar el saxo y la batería, rompiendo estructuras en su momento como lo hace Milo hoy. También incorporaron la flauta traversa. Bueno, ahora estuvieron acompañando a Milo: me parece extraordinario.
-¿En quiénes te inspirás para la conducción?
-No tengo una figura femenina específica para mirar, lo cual es a favor porque evito comparaciones. Admiro a Mirtha Legrand y Susana Giménez. Ver a Mirtha preparándose con casi 100 años de edad me hace pensar que es por ahí. También aprendí mucho de Juan Alberto Badía. Conducir en los festejos deel Bicentenario fue otra experiencia icónica, igual que los 100 años de Nelly Omar o el G20. Pero para todo el mundo acá, yo soy "la Maia".
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-Encontraba títulos de 2008 cuando te presentaban destacando tu belleza. ¿Qué te sucede hoy cuando ves esa forma de representación, donde una mujer ya no es "la bella conductora" sino simplemente "la conductora"?
-Tiene que ver con otros tiempos. Yo nunca me sentí usada ni desvalorizada por ser mujer, pero siempre se destacaba "la belleza de la conductora". En 2010 ó 2011, cuando vino La Mona Jiménez, decidí ponerme un vestido corto y botas porque era su noche. Al otro día hacían encuestas en las radios para ver si estaba bien que mostrara las piernas o el tajo del vestido. Hoy eso sería imposible, pero en ese momento no existían las redes sociales y todo era mucho más liviano. Igualmente, hay pocas mujeres dentro del género: tenemos a Mercedes Sosa o Soledad, pero en la conducción no existía este lugar. Si tengo que sentar un precedente en el aporte para el espacio de las mujeres, para mí es muy importante.
-¿Y lo esperabas?
-No, lo mío fue muy inconsciente. Cuando la comisión me propuso venir al festival, todo el mundo me decía que estaba loca, pero yo dije que sí. Tenía 26 años y creo que era parte de la inconsciencia con la que se construyen las carreras. Con la edad y el recorrido que tengo ahora, lo pensaría mucho más. El primer día me presenté con un vestido blanco icónico y el diario La Voz del Interior tituló que a las dos de la mañana apareció una mujer vestida de blanco hablando de los tobas, wichis y matacos. Yo soy chaqueña y entré hablando de mis referencias. Allí comenzó la historia de los vestidos y de compartir momentos con próceres como Mercedes Sosa o Teresa Parodi, lo que me hizo aprender un montón.


-¿Es que eso es lo que más te termina enriqueciendo?
-Exactamente, te vas haciendo parte de la historia. Este escenario de Cosquín necesita respeto porque la gente sabe mucho y te toma examen. No podés salir a decir cualquier cosa. Hubo momentos en la plaza que determinaron mi personalidad y me hicieron crecer.
-¿Como cuál?
-En 2008 estaba en Estudio País con Juan Alberto Badía, un maestro que me marcó el camino en la conducción. Ese año abría Jairo con un espectáculo junto a Daniel Salzano. Cuando terminaron, no había tiempo para un bis y yo tenía que salir a presentar a los siguientes artistas, que en ese momento eran ganadores del Pre-Cosquín.

-¿Esa es la noche en la que silbaron durante 15 minutos?
-Sí. Yo salí a calmarlos casi llorando por la emoción, porque la plaza te moviliza. Tenía que presentar a un grupo de Malambo de San Juan que recién empezaba. Empecé a decirles que sigan aplaudiendo y empecé a caminar por el escenario. Eso fue una irrupción que descontracturó todo, porque antes los conductores estaban estáticos a un costado, como relegados. Fue mi noche consagratoria porque logré calmarlos. Les dije que los aplaudieran a ellos, que seguramente llegarían a París y recorrerían el mundo a través de la danza como Jairo lo hizo con la música. En esta última edición me pasó algo similar presentando al mismísimo Jairo.
-Pero ahora con otra espalda.
-Sí, con otra espalda y presentando a los artistas más importantes. El jefe de escenario me pidió que estirara tres minutos. Fui a la pasarela a hablar y, cuando estaba volviendo para cerrar, sentí una mano en la espalda que me dijo: "Se pinchó la consola, hay que seguir".

-¿Y qué hiciste?
-Retomé mi discurso, que fue eterno: 10 minutos en televisión y 15 en total. A diferencia de aquella noche de silbidos, la gente estaba como en misa escuchándome. Eso tiene que ver con la templanza y con atrapar con el contenido de lo que decís. Hay que prepararse sin ser un plomo, dándole dinamismo porque hoy todo es inmediato. Me transformé en la "despedidora oficial" de las plazas más difíciles y esa adrenalina me encantaba. Tenía algo inconsciente, como los movimientos de manos de los curas para calmar a la gente.
-Ahora te tocó estar en una noche icónica al cumplirse las tres décadas de Soledad en Cosquín. ¿Qué significa eso para vos?
-Es muy importante porque Soledad marcó un antes y un después en el género. Rompió la estructura del folklore tradicional, quizás inconscientemente porque cuando debutó apenas tenía quince años. Generó algo en la juventud. Es una artista icónica y fundamental. Con Sole tenemos una relación personal, compartimos casamientos y cumpleaños. Como artista, recuerdo que se escuchaba su música en los boliches. Me parece que hay una nueva generación que inspira ese fervor en los chicos, y es lo más importante porque, como te dije antes, debe haber renovación. Como ella dice, "tenemos 45 años y estamos bárbaras, pero tiene que venir otra gente".

-¿Qué querés para tu carrera? Todavía queda mucho por recorrer.
-En un momento elegí quedarme en este lugar y no irme a lo más liviano de la tele, porque entendí que debía cuidar el espacio generado. Me interesa trabajar la comunicación desde la música y nuestras raíces, pero pensando en el futuro. Como conductora, mi sueño de festival sería Viña del Mar. Después de haber hecho todos los festivales de Argentina, Viña es la meca de la canción, así como Cosquín lo es del folklore. Me gustaría estar ahí.

-¿Te sentís una referente?
-Totalmente, porque inconscientemente generé cosas para las mujeres. En cada rincón del país hay una conductora que se prepara y se pone lo más lindo para conducir. Haber generado ese espacio es un orgullo enorme.
El arte y la música, en la sangre

Maia Sasovsky nació el 6 de julio de 1980 en la ciudad de Las Breñas, Chaco, en el seno de una familia profundamente vinculada al arte y la cultura: es nieta de inmigrantes ucranianos, búlgaros y españoles, de quienes heredó el amor por la música y las expresiones populares que hoy defiende desde todos los escenarios que conduce.

Una gran impronta familiar y cultural relacionada al arte la acompañó en sus primeros pasos fuera del Chaco, cuando con 17 años se fue a estudiar periodismo a Corrientes y luego a Buenos Aires, abriendo camino en los medios y transformándose con los años en una de las figuras femeninas más destacadas en la conducción de festivales folklóricos de la Argentina.
“Este ambiente lo viví de cerca con mi abuela materna, que era búlgara y concertista de piano. Ella me escribió un diario desde que nací hasta los cuatro años. Me llamó Maia por Maia Plisétskaya. Ella vino en 1921 con una apertura mental poco común para un pueblo como Las Breñas (Chaco). En su diario escribió: ‘Sueño que algún día tu voz resuene en toda Latinoamérica como la de Gabriela Mistral’. Leer eso de grande fue muy revelador. Mi papá también pintaba y escribía”, rememora a Revista GENTE.


-¿Qué pensás que diría tu abuela de vos hoy?
-Estaría orgullosa (se le llenan los ojos de lágrimas). Lamento que no me haya visto porque soy un poco la construcción de ella. Teníamos una relación fantástica. Ella era una mujer de otro tiempo, disruptiva como Lola Mora. Cuando murió Eva Perón, se negó a ponerse el crespón negro en el colegio que fundó, y la echaron. Ahí está la herencia de ser coherente con lo que uno quiere y no disfrazarse de nada.
Fotos: Chris Beliera
Retoque digital: Darío Alvarellos
Estilista: Joaquín Moreno
Vistió: Claudia Arce
Sombreros: Hilaria
Coordinación general y prensa: Gabriela Guerrero Marthineitz
Agradecimiento espacial a La Europea de Cosquín, Córdoba y a Carolina Garzón, por los accesorios de su firma, Luna Garzón
