Amalia Granata encendió la polémica esta semana a partir de una entrevista con Rulo Schijman para Infobae en la que habló de la crianza de su hija Uma Fabbiani y sin filtros contó que decidió que su hija comenzara tratamientos de depilación láser a los 15 años. “A Uma desde los 15 la hago hacer láser (…) La llevé de los pelos”, afirmó, al tiempo que defendió su noción de “feminidad”: “No me parece que andar con pelos abajo del brazo o descuidada te haga más empoderada”. Las frases quedaron registradas en la entrevista y rápidamente se hizo viral.

A partir de ese disparador, Granata profundizó en su idea de “feminidad prolija”. Para ella, la estética cotidiana —uñas cuidadas, cabello ordenado, una presencia “arreglada”— no es un mero gesto superficial, sino una convicción que eligió transmitirle a su hija desde la adolescencia. En su reconstrucción, aquella conversación madre e hija tuvo una directiva tajante: “Vos no vas a tener un pelo”. Con esa frase, ubicó el inicio de los turnos de depilación definitiva a los 15 años, como parte de una rutina que, asegura, acompaña y supervisa.
La entrevista también recuperó capítulos de su biografía pública que, para Granata, conviven sin contradicciones con su rol político. Volvió sobre su recordada tapa de Playboy y la manera en que capitalizó esa exposición para dar un primer paso patrimonial en favor de su hija. “¿Qué tiene que ver mi discurso y mis luchas con haber salido desnuda en una revista? (…) Estaba espléndida, querido. Uma tenía 9 meses”, dijo, para luego remarcar que hoy no repetiría aquella producción: “Tenía 27 años. En ese momento tenía la edad, la rebeldía, el lomo. Hoy tengo 45, no sé si estoy para Playboy”. En su relato, aquella decisión se leyó siempre como pragmatismo: aprovechar una oportunidad laboral concreta y transformarla en estabilidad para su familia.
En el terreno íntimo, Granata se movió con la misma franqueza. Volvió a narrar cómo procesó una infidelidad de su pareja cuando cursaba un embarazo: eligió el camino de la conversación y el perdón, y dijo que prefirió no convertir el episodio en una guerra doméstica sin salida. “Una calentura le puede pasar a cualquiera”, sintetizó, antes de explicar que, desde entonces, no volvió a usar ese pasado como instrumento de reproche: “Nunca le revisé el celular”, repitió, para subrayar que su modo de vincularse se apoya en la adultez y en la confianza.
La figura de Uma atraviesa toda la charla. Como hija de Granata y de Cristian “Ogro” Fabbiani, creció al ritmo de la visibilidad pública de sus padres y hoy, a sus 17 años, aparece en el centro de decisiones y gestos que su mamá reivindica como prioritarios. Granata recordó, por ejemplo, una postal de familia en la que, durante un hito académico de Uma —“se recibe”, contó—, eligió posar junto a su ex: “Somos familia”, dijo, y explicó que priorizó la foto porque la felicidad de su hija estaba por encima de cualquier diferencia adulta. Aclaró, de todos modos, que no mantiene trato cotidiano con Fabbiani: “Si tengo que hablar algún tema, lo hablo más con la mujer de él que con él”.
Ese retrato de maternidad —combinar límites nítidos con una idea de bienestar centrada en la hija— es el prisma desde el cual Granata justifica su postura estética. El estándar que ella llama “feminidad prolija” se vuelve, así, una enseñanza práctica transmitida de madre a hija, y se asienta en hábitos concretos que, asegura, eligió modelar desde temprano. Lo hace, insiste, sin considerar que la naturalización del vello corporal sea un camino de empoderamiento. En su visión, lo femenino se sostiene en una serie de elecciones visibles, y Uma es parte de esa trayectoria que se piensa a la vez íntima y pública.




