Dentro de Gran Hermano, el micromundo de convivencia, estrategias y confesiones espontáneas suele convertirse en un espejo —a veces incómodo— de conversaciones que existen afuera. No es la primera vez que un ida y vuelta entre los varones del reality dispara polémica: días atrás, ya se habían comentado comentarios sobre los cuerpos de las mujeres que generaron rechazo en la audiencia. En las últimas horas, el foco se corrió a Danelik Star, la participante trans de la casa, a partir de una charla de cuarto donde varios competidores pusieron en palabras su forma de entender la atracción, la identidad y el deseo.
“¿Vos qué pensás, Emanuel?”, fue la sutil pregunta que funcionó a modo de disparador, abriendo un intercambio que, de inmediato, siguió en un tono de cautela: “Es que es un tema difícil, un tema re difícil de opinar”. Aun en ese marco, los jugadores avanzaron con definiciones. “Pasa que yo la veo a ella como una mujer —‘Yo también’, acota otro— en el sentido que ella es realmente… por lo que es ella, emana eso”, dice uno de los varones, reconociendo a Danelik en su identidad de género.
La conversación toma un giro más explícito cuando otro participante introduce una comparación: “Ahora hay cada vez más hombres trans, que eran mujeres de nacimiento y se hicieron hombres. Lomos terribles, cuerpos que vos no te das cuenta que fue una mujer y que ahora es un hombre. Y yo te puedo decir ‘che, qué facha que tiene el chabón’, pero nunca podría hacer nada porque le falta algo que yo necesito, por más que esté espectacular. Y creo que al revés es lo mismo: te puede parecer espectacular pero hay una parte que necesitás que tenga y no tiene”.

Alrededor, se encadenan asentimientos: “Claro, forma parte de lo erótico, no te podés obligar a que te guste eso”; “Claro, por ahí te gusta el envase pero no el interior”; “Vos podés verla como una mujer, te puede parecer la más linda del mundo, pero falta algo básico que es lo que te produce más placer”.
El tramo de la charla no pasó inadvertido. Por un lado, hay un reconocimiento explícito de Danelik como mujer. Por el otro, se introduce una idea que generó ruido: la noción de que la atracción estaría inevitablemente determinada por “una parte” —la genitalidad— al punto de eclipsar el resto. Esa lógica, compartida a modo de “sincericidio” de cuarto, abrió dos discusiones en paralelo. Una, sobre el derecho de cada persona a su deseo y a sus preferencias. La otra, sobre el modo en que se expresa ese deseo, y si al hacerlo se termina reduciendo a alguien a su cuerpo —o a un órgano— por encima de su identidad, su historia y su humanidad.
En ese punto, el lenguaje elegido por los participantes fue el blanco principal de las críticas: “le falta algo que yo necesito”, “el envase y el interior”, “falta algo básico”. Para muchos, esas frases funcionan como marcadores de un sesgo que confunde identidad de género con genitalidad y que mide la validez del deseo —o la feminidad— con una vara biológica. Para otros, en cambio, la charla fue leída como una expresión honesta sobre límites personales a la hora de vincularse, sin ánimo de invalidar a Danelik.
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