Bombas, misiles, estruendos, granadas… Existen pocas cosas que generen una sensación tan fría y dura como la guerra. Sin embargo, la oscuridad de esos recuerdos choca de frente con la luminosidad que percibimos al ingresar al hogar de José "Cacha" Arca (75), el heroico argentino que logró engañar a la muerte en el Atlántico Sur cuando tenía 32 años.
Dentro de su departamento de Villa Urquiza -ubicado en un piso 15 y con vista abierta a la ciudad-, todo vibra con calidez y no por cuestiones de decoración, sino del corazón. Es que en este encuentro, cargado de emociones y nostalgia, el Capitán de Navío retirado de la Armada Argentina y su nieto, Mateo de La Fuente (16), no están solos -sospechamos que nunca lo están-. A su lado, expectantes, amables y absolutamente sonrientes, están María Rosa Zavalla, la compañera de vida de José desde hace 51 años, y María Agustina Arca -la mamá de Mateo-, que tenía apenas tres años cuando su papá se fue a la guerra. Sucede que esta nota de GENTE va más allá del 2 de abril, para meterse de lleno en la historia de una familia que disfruta el presente mirando el pasado con orgullo.

La antesala del relato está rodeada de tesoros
Con su tonada entrerriana y su porte elegante, José nos invita a pasar a su escritorio, el ambiente en el que tendrá lugar la entrevista. Se trata de una habitación de paredes blancas repletas de cuadros, fotografías, medallas, diplomas, escudos, condecoraciones y recuerdos que ilustran distintos momentos de su carrera militar. "Ésta es la foto del portaaviones que operé durante años, por acá hay un homenaje que me dieron la semana pasada en Chubut, y ahí la condecoración que me entregó el Congreso de la Nación Argentina al 'Honor al valor en combate'...", irá ilustrándonos a medida que vamos ingesando en el ambiente.

Además, "Cacha" (como lo identifican sus camaradas) nos contará entre risas que su apodo en realidad viene del personaje de La bruja Cachavacha: "Es que todos los pilotos tenemos un indicativo de dos sílabas cortitas para identificarnos en vuelo. Y cuando empecé a volar en combate, yo a todo el mundo le decía "¿Qué hacés Cachabacha?", por la bruja. Así que mientras el comandante dijo "elijan la bisílaba que va a tener cada uno", me miró y deslizó: "Arca, usted no elija. Se lo vamos a poner nosotros: Usted es Cacha".
Y así, entre anécdotas y consejos familiares, José y Mateo llegarán a sentarse frente a frente dispuestos a cambiar por completo el tono de la conversación para adentrarse -con la seriedad y el respeto que el tema amerita- en el recuerdo de la Guerra de Malvinas y en las profundidades del alma del hombre que no dudó en dar la vida por la Patria.

Una charla inolvidable
Mateo: Abuelo, te quería preguntar... si pudieses regresar el tiempo atrás, ¿volverías a ofrecerte como voluntario?
José: Sí. Si volviera el tiempo atrás, haría exactamente lo mismo. Es más, creo que todavía estoy en condiciones de seguir defendiendo a mi Patria. En aquel momento yo no fui convocado por la Armada porque estaba en Francia realizando un curso para aprender a volar un avión moderno. Pero decidí abandonar el curso y presentarme como voluntario para combatir porque consideré que mi Patria me necesitaba y que me había preparado precisamente para ese momento.
Mateo: ¿Y no pensaste en la familia?, ¿no pensaste en mi mamá?
José: En ese momento con tu abuela teníamos tres hijos: María Agustina, tu mamá, de casi tres años; y tus tíos Maximiliano, de cuatro, y María Florencia, de seis. Lógicamente que a uno se le cruza por la mente la familia, pero ellos sabían que yo había elegido una profesión de alto riesgo y, si mi Patria me necesitaba, iba a estar presente.

Mateo: Si tuvieses que definir esta guerra en una palabra, ¿cuál sería?
José: Todas las guerras son indeseables. Es el último resorte que tiene el poder político para decidir o dirimir un conflicto. Por lo tanto, es indeseable, y por eso, como opción, está ubicada en la última posición. Porque en la guerra se ven los dos extremos: el heroísmo y las bajezas. Entonces, insisto, no es deseable.
Mateo: Hay mucha gente que a vos te dice que sos un héroe, y vos me decís que no lo sos...
José: Es que los veteranos de Malvinas no nos sentimos héroes. Cumplimos con nuestro deber. Héroes son los que quedaron y dejaron sus vidas en el Atlántico Sur, que están hoy bajo las aguas del Atlántico o en la turba de Malvinas. Esos son los héroes. Esos son los que deben iluminarte a vos y a toda la gente joven para que las Islas sean devueltas al propietario original, que somos nosotros, y que nuestros muertos estén enterrados bajo la bandera argentina.

José: Mateo, ¿tus amigos saben que yo fui a la guerra? ¿Qué sentís vos al pensar que tu abuelo estuvo en un conflicto así?
Mateo: Mis amigos lo saben porque vos viniste a mi colegio a dar tu testimonio sobre la guerra y, te aseguro, todos ellos te aprecian mucho. En lo personal, siento que contar con un abuelo que fue a la Guerra de Malvinas es lo mejor que puedo tener (inspira en su abuelo una mirada de orgullo que vale mil batallas).
José: Te lo agradezco y estoy dispuesto a que me preguntes lo que quieras saber sobre las acciones de Malvinas.

Mateo: Yo quiero saber qué sentiste vos cuando le disparaste a la fragata HMS Ardent. ¿Tuviste miedo?
José: El ser humano, por naturaleza, tiene temor, tiene miedo o tiene pánico. No conozco a ninguna persona que diga lo contrario. El tema es superar ese momento y hacer lo que tenés que hacer. Lógicamente que, al ir a ofrendar lo más sublime que tiene el ser humano, que es la vida, uno tiene pensamientos que te llevan a aclarar un poco tu mente. Pero hay que superar eso para ir a cumplir con el objetivo. Y la misión del 21 de mayo de 1982 -que es en la que me tocó a mí participar en el hundimiento de la fragata-, te diría que la hice naturalmente porque, claro, nosotros en tiempo de paz nos adiestramos como si todo fuera real. O sea que para mí era una misión más de las que había practicado durante diez años, que era el tiempo de experiencia que yo tenía en mi profesión. Fue una misión más, pero hubo una cosa importante: las balas picaban y pasaban muy cerca. O sea que la vida estaba en juego permanentemente. Yo nunca me imaginé que un segundo durara tanto tiempo (hace un silencio intensificando el peso de sus palabras). Con eso te puedo medir el sufrimiento que uno tiene.
Mateo: Cuando los Sea Harrier te disparaban, ¿lo sentías?
José: Por supuesto. Cada impacto que recibía yo lo sentía en el avión mientras volaba al ras del agua, a casi 950 kilómetros por hora, y combatía a la vez con los aviones ingleses. Desgraciadamente, en paralelo, el avión de mi compañero, el teniente Márquez, recibió impactos en partes sensibles, su avión explotó y él falleció.

Mateo: ¿En qué momento te diste cuenta de que la fragata se estaba hundiendo, que la habían hundido?
José: Nos enteramos de que la habíamos hundido por los informes ingleses. De la forma en que nosotros atacamos a la fragata -uno primero, después el segundo detrás, y el tercer piloto también-, sabíamos que le habíamos pegado dos bombas y que eso produjo un incendio generalizado. Después, por los informes ingleses, supimos que era la fragata HMS Ardent. Obviamente, siempre que hablo de Malvinas, hablo por lo que dicen los ingleses, porque si lo digo desde mi punto de vista puedo carecer de objetividad y equivocarme. Pero no me equivoco si digo lo que dicen ellos.

Mateo: Ese 21 de mayo de 1982 vos no pudiste aterrizar en tierra. ¿Qué pasó?
José: Lo que sucedió es que mi avión sufrió mucho daño porque un avión inglés Sea Harrier combatió conmigo y perforó tanto pero tanto mi avión que quedó inutilizado. Él tiraba a discreción porque yo no tenía munición... Así que me tuve que eyectar en Puerto Argentino.
Mateo: ¿Tuviste miedo de eyectarte?
José: Miedo no. Yo estaba compenetrado en lo que estaba haciendo. No tenía miedo. Es un procedimiento que utilizamos los aviadores en última instancia, cuando no queda otra opción. O sea que, próximo a morir, tenés un seguro de vida que es la eyección. Igual yo en todo momento quise aterrizar el avión, pero la torre de control no me lo permitió porque durante el combate me arrancaron el tren izquierdo. Y este avión que volaba yo, el A-4Q, un avión de alta performance, no permite aterrizar de esa manera. Entonces no tuve alternativa: debí eyectarme. El detalle que sí sabía es que el asiento del avión que yo volaba estaba vencido, porque los cartuchos se encontraban vencidos, así que era muy probable que ese asiento no funcionara. ¡Pero funcionó! En el momento elegí caer sobre el agua porque era una zona pedregosa y había mucho viento, y podía tener daños mayores si caía en tierra.

–Mateo: ¿Cómo fue el rescate?
José: Muy traumático. Caí al agua, que tenía cinco grados de temperatura. Dadas las condiciones del mar y el viento, contaba con un tiempo máximo de supervivencia de 35 minutos, gracias al traje especial que llevaba puesto. Y digo 35 minutos porque hay una tabla médica que te indica exactamente el tiempo que podés vivir: el corazón, que necesita mantener los 37 grados, llega un momento en que, por el frío extremo, explota.
Mateo: ¿Te costó subirte al helicóptero?
José: Muchísimo, porque no estaba preparado para un rescate en el mar. Yo peleé mucho para subir; y pasaron 30, más de 35 minutos... Tenía congelamiento de manos, de pies y de cabeza, y el piloto del helicóptero, Jorge Rodolfo Svendsen -que falleció el año pasado y a quien tuve la oportunidad de agradecerle por enésima vez en su lecho de muerte-, hizo una maniobra que solo hacen los elegidos: metió el esquí del helicóptero dentro del agua, prácticamente entre las olas. Y como yo ya no podía manejar las manos por el congelamiento, me prendí como si fuera un "caballito invertido", enganchándome con el antebrazo y la pierna. Y de esa forma me sacaron, colgado del helicóptero, hasta llegar a tierra. Igual, nadando yo no hubiese podido llegar porque la costa estaba minada. Fue una situación extrema. Además, tuve fractura de mano -no sabía en ese momento que me la había fracturado- y achatamiento de vértebras cervicales y dorsales, algo que sufro hasta el día de hoy. En fin, un deterioro físico que, para lo que es una guerra, no es nada.

Mateo: ¿Tuviste miedo de no volver?
José: Durante el proceso previo y la misión, no, porque estábamos todos enfrascados en lo mismo. Y durante el combate tampoco, porque no se piensa en que uno tiene familia e hijos. Si yo hubiese distraído mi mente dos segundos pensando en tu abuela y en mis hijos, probablemente no estaría conversando con vos. Debías estar con todos los sentidos puestos en lo que estaba haciendo. No tenés tiempo de sentir ni derecho de pensar en eso. Después, cuando termina y todo se asienta, sí recapitulás y empezás a pensar qué hubiera pasado. Por eso a mí las cosas después de la guerra me cambiaron.
Mateo: ¿Qué cosas te cambiaron después de la guerra?
José: Mi vida se transformó. Hasta antes del conflicto armado yo tenía una escala de valores, que en todo ser humano generalmente es material: querer conseguir algo, un objeto, un auto, una casa, un campo. Pero después de la guerra esa pirámide de valores se me invirtió. Todos los que estuvimos a punto de perder la vida -y muchas veces- empezamos a apreciar las cosas simples y sencillas: disfrutar de los amigos, del día, de lo que uno tiene alrededor gratis... A valorar una cantidad de cosas que pasan de largo delante de uno y no les da importancia, y sin embargo la tienen, y mucha.

José: A mí también me gustaría preguntarte cosas.
Mateo: ¡Dale...!
José: Vos, ¿te animarías a ir a la guerra como hizo tu abuelo?
Mateo: No, no me animaría. Supongo que ahora vos tenés más experiencia porque tu profesión era esa y era riesgosa, pero a mí si hoy en día me llaman para ir a la guerra, no tendría idea de qué hacer.
José: Bueno, yo te explico mi punto de vista: tampoco nací para ir a una guerra. Ni lo pensé. Pero yo me formé en una institución que a mí me gustaba, que era la Armada, y vos te vas acostumbrando a adaptarte a las situaciones que te exige la Patria. Porque la institución, como la Armada y los otros institutos militares, te forman para defender la Patria. A diferencia de vos, yo juré defenderla hasta perder la vida. Vos prometiste hasta ahora a la bandera. Y esa es una diferencia importante. Pero todo esto se adquiere paulatinamente, a medida que uno se va formando en la institución.

José: Mateo, ¿vos sabes por qué las Malvinas son argentinas?
Mateo: Sí, para mí porque es territorio nuestro que los ingleses vinieron a tomar, y porque siempre van a estar en nuestra tierra.
José: Eso es cierto, pero hoy tenemos más información y ahondamos más en la parte legal. Te voy a dar algunos datos... Las Malvinas tenían un gobernador en el año 1803 que se llamaba Luis María Vernet y era argentino. Sí, en 1803 ya gobernaba un argentino la isla cuando la Patria ni había nacido. Nuestra Patria nació en 1810 con el primer gobierno patrio y se independizó en 1816, ¡cuando nosotros ya teníamos un gobernador en las Malvinas! En 1833, treinta años después de que nosotros ya ejerciéramos la soberanía en las islas, llegó la corbeta inglesa HMS Clio, arrió el pabellón argentino e izó el pabellón inglés. Independientemente de que las Malvinas están en nuestra plataforma continental y de que nos corresponden por derecho, desde ese momento en que las usurparon nosotros reclamamos diplomáticamente. Reclamamos durante 149 años, y devino la guerra. Bueno, hoy y desde ese 1982, llevamos 44 años de reclamos diplomáticos. Y por supuesto vamos a seguir reclamando diplomáticamente.

Mateo: Afrontando y logrando todo lo que afrontaste y lograste en la guerra, que ya es un montón, ¿considerás que podrías haber hecho algo más?
José: Yo di todo. Muchos dieron todo, incluso la vida. Tengo la conciencia tranquila de haber llevado a cabo todo lo que estudié y practiqué. Aproveché al máximo todo lo que la Armada Argentina puso a disposición para que yo aprendiera. Honestamente, nosotros estábamos muy bien preparados en esa época... Y hasta lo dicen los ingleses.
José: Mateo, ¿por qué te surgió la inquietud de conocer la causa Malvinas siendo tan joven? ¿Qué te impulsó a querer saber más?
Mateo: Más que nada porque en mi colegio, todos los años por el aniversario de Malvinas, hay charlas sobre el tema, y porque la verdad es que a mí me interesa mucho. Y, además, porque vos fuiste a las Malvinas y tengo la suerte de tenerte acá conmigo.
José: Una cosa que te quiero decir es que esto, por más que parezca exitoso, siempre se tiene que abordar tomando el trabajo en conjunto, nunca el individualismo. Yo no hubiese podido hacer absolutamente nada si debajo mío no hubiese existido una cadena perfecta en la que cada eslabón cumplió con su deber. Entonces, como consejo para vos y para tus compañeros de colegio: el individualismo sirve de poco. Ayuda, sirve, pero el éxito verdadero se debe al trabajo en conjunto. Siempre tenés que pensar en eso.

Mateo: Una última pregunta... ¿Cuál es el objeto relacionado con las Malvinas que más atesorás?
José: Tengo muchos. Algunos son recuerdos y otros, muy representativos. Ahí arriba (señala un estante que tienen al frente), en un pedestal, está el altímetro de mi avión. Lo rescató un compañero mío del lugar donde cayó, lo puso en ese pedestal y me lo dedicó con una inscripción en bronce. Cada vez que lo miro, pienso que ese instrumento estaba conmigo en la cabina; era el que me marcaba la altura a la que volaba. Entrar a este rincón, que es tan particular para mí, y mirarlo, me trae aquel recuerdo y la sensación de que estuvo al lado mío. Amén de que yo, durante todo el conflicto, tuve dos copilotos de excelencia. Vos te preguntarás "¿cómo es posible?" si yo volaba solo. Es que al lado mío siempre estuvieron... ¿sabés quiénes, Mateo?
Mateo: ¡¿Quiénes?!
José: Dios y mi abuela.

Fotos: Rocío Bustos
Video y edición: Candela Petech
Arte de tapa y retoque digital: Roshi Solano
Agradecemos muy especialmente a Nicolás Kasanzew y a Marcelo Araujo


