No sabe no ser actor.
Cuadro de situación: 13:28 en uno de los salones de plata baja del moderno y elegante Hotel Recoleta Grand Buenos Aires, sobre Avenida General Las Heras al 1700. Un oasis en medio del cemento porteño. Encuentro con Revista GENTE por el estreno de Playa de lobos, el thriller hispano-argentino que el entrevistado protagoniza junto a Dani Rovira. Preguntas y respuestas para adentrarse en la película y luego, poco a poco, en su profesión y su vida. Botella de agua mineral y un plato de frutas para matizar el mediodía. Y de repente, un impensado disparador: le apuntamos que en nuestra modesta opinión el filme de Javier Veiga apela a un mensaje que se convierte en una mecha que, una vez encendida, hace eclosionar la historia escrita por el mismo director: asumir la responsabilidad que a cada uno le toque desarrollar en la tarea que le toque desarrollar. “¿Le pasó a usted a lo largo de su carrera, verdad? Nunca tuvo manager, nadie maneja su agenda, siempre le escapó a las redes sociales”, osamos en un momento justificar la teoría. Es entonces cuando Guillermo Héctor Francella -porque de él hablamos-, de manera automática, tras una breve introducción se deja llevar:

"Absolutamente, yo no tengo a nadie -pone primera marcha-. Sí, fuentes de consulta, como mis hijos, mi ámbito familiar, pero me gusta que mi profesión dependa de mí. Varias veces he sido productor, tuve la oportunidad de relacionarme con muchos representantes y managers, y llegué a la conclusión de que prefiero negociar yo por mí. Nunca me intimidó hablar con un empresario. Ni de mocoso ni ahora. O con los capos de los canales. En especial porque mis padres me educaron para que fuera muy educado y respetuoso. Aunque estuviera todo cagado, no se los hacía notar. Admito que había una dosis de calle que me empujaba a animarme. Quizá me sentaba frente a uno de los popes y pronto me toreaba:
“'Ah, nene, ¿vos me venís a hablar de plata?' (acelera, interpretando la situación). 'Sí, sí'. '¿Y cuánto querés cobrar?'. 'Mi idea era 8 pesos'. '¡Ehhh, ¿cómo 8?!' (cambia la voz y el semblante). 'Bueno, es lo que pensé. ¿Le parece exagerado? ¿Cuánto quería ofrecerme?'. '6 pesos' (continúa desplegando tonos y palabras). 'Ahhhh', yo miraba a los costados y hacía como que me en silencio, consciente de que el tipo sí o sí me querían en el proyecto. '¡Cómo taaaan poquito! La verdad es que me sorprende. Todos los conocidos a los que pregunté me dijeron que merecía 8', lo toreaba. 'No puedo darte tanto, pibe, no puedo', repetía él, y empezaba a dudar. 'Ok, entiendo, no hay problema: lo voy a pensar y lo llamo', le mandaba yo de caradura. '¡¿Cómo que lo vas a pensar?!', se ponía nervioso. Conclusión final de la charla: no me daba 8, pero tampoco salía de esa oficina arreglando 6 (lanza una carcajada)".
Sí, Francella no sabe no ser actor. Le brota, le sale por los poros, lo lleva en su ADN, sea delante de cámara, delante del público o delante de un grabador. Es más fuerte que él.
“YO NO TENGO PROBLEMAS EN ‘PAPEAR’, EN IMPROVISAR BUSCANDO ALGO QUE SEA SUPERADOR AL PRODUCTO FINAL, PERO CUANDO ALGO ESTÁ BIEN ESCRITO DESDE EL VAMOS ME ENTREGO AL GUION Y SÓLO ME DEDICO A ACTUAR”

“El cine es un vehículo para contar algo extraordinario”, volvemos al inicio del reportaje, al primer minuto de cinta. “Lo que está bien escrito y bien contado en cine logra una contundencia feroz. A mí me gusta la masividad que brinda la tele, esa cosa maravillosa de las plataformas y la inmediatez y el desafío sin red que propone el teatro; sin embargo el cine tiene esa llamativa contundencia, algo cultural con enorme llegada”, avanza casi con cara de enamorado.
-El otro día alguien nos comentó que usted lo llamó y cuando esa persona se disculpó por no poder hablar, porque estaba a una sala para ver una película, usted mismo le remató a su estilo: “Si estás por entrar al cine, te quiero más que antes. Después charlamos”…
-(Risas) Claro, le respondí así por el tema de la concurrencia a las salas. Tengo quienes me dicen “¡Qué lindo es ir al cine; comprás pochoclo, apagás el celular, etcétera!”. “Sí, hermoso, el tema es que vos jamás vas al cine!". Me duele que tambalee ese modus operandi de la rutina para ir a ver una película: estacionar, entrar, comprarte algo rico, vivir la proyección, salir, ir a comer una pizza, comentar qué te pareció, la parte que te sorprendió, que se pierda esa cosa maravillosa, esa magia incomparable.
-¿Y qué lo motivó a subirse a Playa de lobos, a sumar una propuesta como tal a sus 41 filmes anteriores?
-Hablamos de un thriller psicológico muy bien escrito que representaba un gran desafío, ya que se trata de dos intérpretes hablando durante 100 minutos en un solo decorado, la playa. Lo cierto fue que apenas se inició el rodaje encontré en Javier (Veiga) a un director que llevaba adelante su producción con enorme solidez y seguridad. Una excelente experiencia. Cuando vi la película terminada me encontré con que le había dado el dinamismo casi de una propuesta teatral.
-Su rol de Klaus resulta bastante perturbador. Una especie de aquel Barilatti que cuatro décadas y pico atrás usted encarnó, ¿lo recuerda?
-¡Barilatti! -se le iluminan sus ojos celestes-, aquel de Historia de un trepador, la telenovela de 29 capítulos, de Hugo Moser, que salió por Canal 13 en 1984. En una escena -me acuerdo ahora- le apuntaba al personaje que encarnaba Mario Pasik, quien le reprochaba: “¡Vos mataste a mi hermano!”. Y Barilatti le respondía: “Qué bronca me va a tener tu vieja, porque ahora te voy a matar a vos también”. Cuando quería era el más simpático, y cuando quería, el más hijo de puta… Y sí, Klaus tiene un perfil medio así, aunque más psicológico. El recorrido varía.

-Hace un instante, mientras le ponderábamos a Veiga su acostumbrada habilidad para improvisar, él nos comentaba: “El gran talento de Guillermo consiste en que es capaz de decir una frase, sin cambiar una coma, como si se le acabase de ocurrir o la acabara de inventar en tiempo real. Se trata de un talento descomunal, muy difícil de encontrar en un actor”. Flor de halago, ¿no?
-Es que un buen guion, en lugar de favorecer, conspira contra la repentización. Hasta Casados con hijos era todo texto. Capaz que yo entraba, veía el perro sentado y refunfuñaba “Cómo te rascás los huevos vos, eh…”, pero el resto resultaba perfecto. Todos decían “¡Lo que papean!”, cuando no papeábamos. Estaba bien escrito, era mejor el libro que lo que podíamos agregar. Uno debe apuntar hacia lo que le sirva al producto final. Yo he improvisado hasta cambiando la letra de alguna canción, pero con la métrica que se necesitaba y porque era superador. Acá me encontré ante un guionazo, algo perfecto. Hasta baja línea. Acá escuchás cosas potentes, metáforas interesantes.

-Subsiste una crítica a la sociedad y a quienes la conformamos.
-Sí, toca un tema de toda la vida: siempre el culpable, el responsable, es el de arriba. Siempre hay otro. Esa costumbre de lavarse las manos, de no hacerse cargo de las cosas. Nos pasa en nuestra profesión. Capaz que observo: “Che, no están las flores para poner arriba del escritorio que pedimos”. “A mí no me las trajeron. Déjeme ver”, salta alguien, y ya le echó la culpa al otro. Yo prefiero al pibe que viene y me manda: “Franchelita, nos cagaron con las flores, no las trajeron, pero choreé una acá en la esquina y se la traje”. A ése yo le pago el triple de sueldo, lo amo, pido que nunca dejen de contratarlo, lo quiero en mis huestes, en mi riñón. El nudo de Playa de lobos nace ahí -intenta redondear Guillermo, adentrándose en aquella explicación que terminará en la improvisación del inicio de la nota que ya recorrimos en detalle y nos inspiró a sostener aquello de que Francella no sabe no ser actor.
“NUNCA ESTOY SOLO… ME LLEVO MUY BIEN CONMIGO MISMO”

“Me siento bárbaro físicamente”, hincha sus pulmones de aire apenas le recordamos que pocos días atrás, el 14 de febrero, cumplió los 71 años. En especial -le aclaramos- se lo mencionamos luego de descubrirlo en una de las escenas de Playa de lobos más que ligero de ropas. “No puedo espoilear nada-nada de esas tomas”, expone su gran cintura para contestar apenas intentamos saber si es él en cuerpo y alma quien la rodó. Veloz de reflejos, cambia el tema: “Celebré el cumpleaños en mi casa, explotado de amigos, comiendo un rico asadito”.
-¿Y cómo lo trata la soledad?
-Nunca estoy solo.
-¿¡Nunca!?
-Tengo a mis hijos (Johanna -32- y Nicolás -35-), a mi hermano mayor (Ricardo), varios amigos.
-Entonces, ¿cómo se lleva con usted mismo cuando no se encuentran ellos?
-Muy bien. Me he separado, sí (en 2025, de María Inés Breña, con quien compartió media vida), pero me llevo muy bien conmigo.

-¿Y qué actividades lo apasionan y desarrolla en la intimidad, lejos de los estudios y los sets?
-Lo aeróbico me gusta mucho: camino entre siete y nueve kilómetros por día o día por medio. Juego al golf -algo que me encanta- una vez por semana. Ando muy activo en ese sentido. Me cuido bastante y, nada, si el personaje amerita que yo esté en pelotas -como recién preguntaste-, me verán en pelotas (ríe a su estilo desenfadado, sin volver a aceptar o negar si quien aparece desprovisto de ropa en el filme de Javier Veiga es él mismo).
-Puertas adentro, ¿cómo es Francella?
-Me armé una oficina en el balcón de mi departamento con una decoración que incluye tapas de revistas en las que salí (hay varias de GENTE, por supuesto, incluyendo la primera, de agosto de 1992), mis premios, una compu. Paso mucho tiempo en ese lugar. Me divierto viendo cosas, me distraigo con algunos juegos. Soy bastante simple. Chusmeo reels, aunque no tenga redes propias. Ahí leo, estudio las letras. Ahora, para el caso, los textos de la obra Desde el jardín.

-Un anhelo que le llevó casi medio siglo consumar…
-Sí, siempre estuvo ahí, en mi cabeza, en el recuerdo, entre mis anhelos. Siempre, siempre, siempre. Bueno, finalmente salió. En unos días saldremos a escena. Apenas descubrí en 1979 aquella película de Hal Ashby que obtuviera el Oscar, dos Globo de Oro y un Premio BAFTA, con un inolvidable Peter Sellers como protagonista, Desde el jardín fue uno de mis grandes sueños artísticos. No sólo eso: cuarenta y seis años después, la versión porteña se convertirá en la primera adaptación teatral del planeta de dicho filme. Y con un casting increíble, dirigido por Marcos Carnevale y compuesto por Andrea Frigerio, Martín Seefeld, Víctor Laplace, Horacio Erman, Mayra Homar, Diego Jaraz, Daniel Miglioranza y Carla Pandolfi. El espectáculo, te aseguro, va a impactar al público.
-Para quienes no vieron aquella adaptación inédita de la novela Being There, escrita por el polaco-norteamericano Jerzy Kosinski, que se publicara en 1971, ¿cómo la resumiría?, ¿qué cuenta Desde el jardín?
-La historia de Chance Gardiner (mi rol), un hombre de inteligencia limitada, criado toda su vida dentro de la mansión de un rico benefactor, que no sabe leer ni escribir y cuyo único conocimiento proviene del cuidado del jardín y de lo que ve en la televisión. Cuando dicho benefactor fallece y Chance es expulsado de la casa, viéndose obligado a integrarse a la sociedad, el azar hace que conozca a Eva (Frigerio), una mujer de la alta sociedad que decide acogerlo en su casa junto a Ben, el marido (Laplace), un empresario influyente y enfermo en fase terminal, para el que Chance pronto será su mejor medicina.

-¿Por qué?
-Porque Chance carece de malicia, ambición o deseo de poder. No obstante, y sin proponérselo, se convierte en un sabio accidental. Su literalidad, simplicidad y forma de expresarse con metáforas sobre plantas y estaciones climáticas son interpretadas por las personas que lo rodean -incluido el presidente de Estados Unidos (Seefeld)- como un discurso filosófico o político de gran relevancia intelectual a tener muy en cuenta. Tanto que llega a ser considerado un consejero influyente e incluso un candidato a la Casa Blanca, todo por las malas interpretaciones de su lenguaje inocente.
-Cualquier semejanza con la actualidad…
-(Risas) Tal cual. Hablamos de una comedia negra, de un drama social sobre los particulares tiempos que corren en el mundo actual y muestran cómo la apariencia y el contexto pueden crear prestigio sin que exista realmente conocimiento o mérito. Y sí, se trata ciertamente de una sátira de cómo la sociedad y los medios valoran la forma sobre el contenido, mostrando que el poder puede recaer en alguien que literalmente “no sabe nada” pero está en el lugar correcto y dice las palabras correctas. “¿Será que el mundo se encuentra ciego y Chance Gardiner es el único que lo ve con pureza? ¿Estamos en presencia de un idiota o de un sabio?”. La pieza abre ambos interrogantes.
-¿También los cierra?
-Yo lo único que puedo asegurarte es que la gente partirá del teatro preguntándose eso y mucho más.
-A propósito de abrir interrogantes y preguntar -nos dio el pie y no podemos desaprovecharlo-: ¿se viene El encargado 4 para el sábado 19 de julio por la plataforma Disney+, verdad?
-Tal cual.
-¿Y va a haber una quinta temporada o...?
-¡Querés saber todo, eh! (suspira). Eeeeeeh, posiblemente.
“SOY UN BUEN ESCUCHA, MUY COMPAÑERO, BUEN AMIGO Y, SÍ, DEMASIADO VISCERAL”

“Perdón, pero hoy es un día de locos, ¿se nota, no?”, lanza de pronto, disculpándose de nuevo desde su versatilidad gestual, mientras anuncia que afuera lo aguarda un auto para llevarlo a almorzar con el realizador español Alex de la Iglesia y luego acercarlo a Avenida Corrientes 1343, al Teatro Metropolitan, donde lo esperan cuatro horas de ensayo, de cara precisamente al debut de Desde el jardín que se consumará el sábado 28 de marzo. “Vengo bastante ajetreado de tiempos”, añade sin perder su cordialidad.
-¿Es el mejor momento de su carrera?
-Aunque llevo muchos años trabajando así, feliz, estoy viviendo un momento pleno. Me gusta mucho lo que me está pasando, sí.
-¿Le siguen llegando muchas propuestas?
-Por fortuna varias, y me detengo a verlas detenidamente, como en su momento con la de Playa de lobos. Por sí o por no, nunca dejo de hacer las devoluciones correspondientes y agradecerlas.
-¿Hay alguna otra en su radar más allá de las que mencionó?
-Una película que filmaría en junio. Cuando se cierre te cuento.

-¿Siempre delante de cámara o…?
-Delante, delante, pero ojo que me imagino dirigiendo. Dirigí teatro, pero no cine; y tengo muchas ganas.
-Hace unos días a la première de Playa de lobos asistió Juan José Campanella, y cuando se los ve juntos es imposible no preguntar por un potencial nuevo encuentro profesional entre ustedes.
-Y sí, después de El secreto de sus ojos y El hombre de tu vida siempre me cae la pregunta. Pero fue porque somos amigos. Lo quiero mucho. En realidad yo he quedado muy amigo de todos los directores con los que trabajé: con Marquitos Carnevale -empieza a nombrar-, con Jacobo Winograd, con Ariel Burman, con Ana Katz, con Alejandro Maci, con Armando Bo, con Gastón Duprat, con Mariano Cohn, con Pablo Trapero, con el catalán Eduardo Cortés, con los mexicanos (Carlos y Alfonso) Cuarón y Javier Veiga. ¿Me estoy olvidando de alguno (mete mano a su celular y lo recorre)…? Obvio, con los Juan: Jusid, Stagnaro y Taratuto. Y claro, con Martino Zaidelis, a quien quiero mucho. Me quedó un vínculo cercano y lindo con todos, y con todos podría reincidir.
-¿Quién le faltó hasta la fecha? ¿Con qué director argentino no filmó y le gustaría?
-Damián Szifron -acelera la respuesta.

-Antes de partir, ¿se anima a definir sus grandes virtudes y su defecto fuera del trabajo?
-A ver, a ver, sí, sí, sí. Soy un buen escucha, muy compañero, buen amigo. ¿El defecto? Demasiado visceral.
-Alguna vez escuchó a otro intérprete de enorme calibre como Julio Chávez definir: “Sin la actuación yo estaría muerto”. ¿Qué es la actuación para usted?
-No sé si tanto, pero sí debo decir que es el motor que me mantiene vivo, encendido, vital, lúcido, con la picardía de jovencito. Algo que cada vez me retroalimenta más la energía, algo que ante un nuevo desafío me sigue haciendo doler la panza -remata mirando de reojo la puerta de salida.
-Sí, hora de partir. No hace falta que lo diga. Se le nota.
-¿En serio?
-¿Será que en verdad usted no sabe no ser actor?
-Jajajá. Será nomás (risas).
Fotos: Gentileza de Martín Bonetto,
cortesía de Estudio Alejandra López y Archivo Atlántida
Diseño de tapa y arte de imágenes: Roshi Solaro
Agradecemos a Raquel Flotta, Carolina D'Andrea y Pilar Cuello (RF Prensa & Comunicaciones)
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