La Biblioteca Ricardo Güiraldes, ubicada a dos cuadras de la Plaza Vicente López en el límite exacto entre Recoleta y Retiro, es un edificio estilo Tudor con gran escalera principal de roble, baranda tallada, cielorrasos decorados y vitrales en el primer piso donde todavía se conservan los escudos familiares de quienes vivieron aquí antes de que el Estado lo expropiara en 1980. Desde 1982 es sede de la Biblioteca Central. Y desde hace no tanto, en su patio oculto funciona uno de los cafés más comentados de los últimos meses en Buenos Aires: Clorindo.
El patio que hoy alberga el café fue durante décadas un jardín de lectura y un anfiteatro donde se hacían eventos culturales. Después quedó en desuso, como tantos espacios institucionales que no tienen presupuesto para mantenimiento pero tampoco encuentran el proyecto adecuado para revivirse.
Hasta que llegaron los arquitectos Felipe Carrizo y Tomás Randrup con una propuesta que combinaba café de especialidad, brunch y un homenaje explícito a uno de los arquitectos más importantes de la historia argentina.

Clorindo Testa: el hombre que construyó la Biblioteca Nacional y el edificio más brutalista de Buenos Aires
Clorindo Testa nació en Italia en 1923 y llegó a Argentina de niño. Estudió arquitectura en la UBA, se graduó en 1948 y pasó las décadas siguientes construyendo una obra que no se parece a ninguna otra en el país. El Banco de Londres y América del Sur –hoy HSBC, en Reconquista al 100– es quizás su trabajo más citado: un edificio que desde afuera parece inexpugnable y desde adentro revela una cavidad central que rompe con todo lo que el edificio bancario era hasta entonces.

La Biblioteca Nacional, en el barrio de Palermo, es la otra gran obra: un volumen suspendido sobre pilotes, con una silueta que desde el Parque Las Heras se recorta contra el cielo de un modo que todavía genera discusión.
Testa también fue pintor y escultor. Su obra plástica –abstracta, gestual, de gran formato– está en colecciones públicas y privadas de Argentina y el exterior. Murió en 2013 con 90 años y el reconocimiento de toda la arquitectura latinoamericana. "Mucha gente ve el nombre de Clorindo y se emociona", dijo a La Nación Luis Amesti, el socio a cargo de la propuesta gastronómica. "Me dicen: 'Yo lo conocí'. Es una reacción que no esperábamos con tanta frecuencia”, detalló.

Una curiosidad que los propios creadores del espacio reconocen sin rodeos: el arquitecto que diseñó el edificio de la Biblioteca Güiraldes no fue Clorindo Testa sino Álvaro Arrese, junto a Jorge Pieretti y Sergio Richonnier.
El homenaje es al espíritu brutalista y al legado de Testa como figura central de la arquitectura argentina, no al plano específico del edificio. Según explicaron los fundadores, decidieron partir del legado modernista del artista para construir la identidad de la marca.
La bóveda pintada a mano y el furor por su pastelería
La intervención del espacio fue a cargo de Carrizo y Randrup con un criterio que dialoga con la estética de Testa: hormigón, formas puras, materiales que no disimulan lo que son.
El artista Pasco Pascale se encargó de la bóveda interior, que pintó desde un andamio de dos pisos. El trabajo fue monumental. No sólo relató que fue el trabajo más físico que hizo en su vida, sino que las dificultades para pintar un techo curvo que "se retuerce como un tirabuzón" requirió ir rotando diferentes posiciones con el cuerpo.
Según contaron, a pesar de haber calculado la pastelería del primer fin de semana con cierto margen para la apertura que celebraron en 2023, agotaron todo. El segundo fin de semana duplicaron la cantidad y volvieron a agotar toda la patisserie. El tercero triplicó. Todo sin haber publicado nada en las redes del local, que en ese momento no tenía perfil activo. Así es que se cocinan los verdaderos fenómenos del boca a boca.

"Hay algo en el nombre", reflexionó Amesti en la citada charla con LN. "Y hay algo en el edificio. La gente entra y siente que está en un lugar que tiene historia, que fue hecho para durar, que no es un local que va a cerrar en seis meses”, planteó.

Cómo funciona el espacio, qué pedir y por qué vale recorrer la biblioteca antes de pedirse ese café
La propuesta divide su oferta entre café de especialidad –con opciones de origen único y métodos de preparación que van del espresso al pour over– y un brunch que incluye tostadas de masa madre, opciones dulces de pastelería artesanal y algunas propuestas saladas que rotan según el día. La carta no es extensa pero está bien pensada: cada ítem justifica su presencia.

A lo largo de la pared exterior del patio hay enchufes instalados de modo discreto, a distancia regular. Es una decisión de diseño que dice algo sobre quiénes van por la mañana: el patio se llena de personas que vienen a trabajar, leer o estudiar en un espacio que no es su casa ni una oficina. La luz natural que entra desde el patio Tudor, la bóveda pintada encima y el silencio relativo del fondo de la biblioteca generan una concentración que los cafés de barrio rara vez logran.

Para quienes van por primera vez, la recomendación es subir a recorrer la biblioteca antes o después del café. La escalera de roble y la baranda tallada valen cinco minutos. Los vitrales del primer piso con los escudos de la familia original –cuyas iniciales también se conservan en la chimenea– son un detalle de época que la mayoría pasa por alto.

