Lejos del ruido urbano, de las agendas apretadas y de la hiperconectividad, Germán Martitegui encontró en el Delta del Tigre un refugio personal que resume su forma de entender el descanso.
Se trata de una casa ecológica, construida sobre una isla a la que solo se accede en lancha, pensada no como vivienda permanente ni como proyecto turístico, sino como un espacio de retiro donde bajar el ritmo y reconectar con lo esencial.
Desde el primer momento, la experiencia de llegar marca una diferencia. No hay caminos asfaltados ni accesos rápidos: cada visita requiere planificación, tiempos más lentos y una disposición distinta frente al entorno. Esa lógica atraviesa toda la casa, que fue diseñada para integrarse al paisaje sin alterarlo, acompañando el terreno natural del Delta.

Arquitectura integrada al entorno y materiales nobles
La vivienda está construida principalmente con madera y fibras naturales, materiales elegidos tanto por su bajo impacto ambiental como por su adaptación al clima húmedo y cambiante de la zona. No hay gestos arquitectónicos estridentes ni una búsqueda estética protagonista: la estructura se funde con el paisaje, respetando la vegetación y la topografía original.
Uno de los datos que más llama la atención es que la casa funciona sin electricidad ni agua corriente. Esta decisión, lejos de ser una excentricidad, define por completo la experiencia cotidiana. La luz natural organiza los horarios, las actividades y los tiempos de descanso, mientras que el diseño prioriza la ventilación cruzada y la circulación natural del aire. Las aberturas están ubicadas estratégicamente para aprovechar las corrientes del Delta y reducir al mínimo cualquier necesidad de sistemas artificiales.
El balcón, corazón de la casa

Uno de los espacios más valorados por Martitegui es el balcón, que funciona como extensión natural del interior. Desde allí se observa el río, la vegetación y el movimiento constante del Delta. No es solo un mirador, sino un lugar de permanencia: para leer, descansar o simplemente mirar el entorno.
En esa relación directa con el paisaje se sintetiza el espíritu de la casa: una arquitectura que no compite con la naturaleza, sino que la acompaña.
Un interior austero, funcional y honesto
Puertas adentro, la casa mantiene una coherencia absoluta con su planteo exterior. El interior es simple, despojado y funcional, sin objetos decorativos innecesarios. Predominan los colores neutros, las texturas naturales y los muebles de líneas sencillas, livianos y fáciles de mover.
Nada está puesto “para la foto”: cada elemento responde a un uso concreto. La sensación general es la de un espacio pensado para habitarse con calma, sin distracciones ni estímulos superfluos.

La cocina: lo esencial, incluso para un chef
Aun tratándose de la casa de uno de los chefs más reconocidos del país, la cocina se aleja por completo del imaginario profesional. No hay electrodomésticos, ni equipamiento sofisticado. Solo lo básico: utensilios esenciales, superficies simples y una lógica adaptada a la vida sin electricidad.
Este espacio refuerza la idea de que el objetivo del lugar no es producir ni experimentar, sino acompañar un modo de vida más simple, donde cocinar vuelve a ser un acto cotidiano y sin artificios.
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