Un número de WhatsApp, una cuenta de Instagram y una dirección que no vas a conocer hasta que confirmes tu lugar. Así funciona El Patio de Mabel, la parrilla secreta que opera en el fondo de una casa de 110 años en el corazón de La Paternal, ese barrio que todavía huele a Buenos Aires de otra época, muy cerca del límite con Chacarita, donde los vecinos se saludan por nombre y los fines de semana tienen ritmo propio.
En la fachada hay cero evidencias. Ningún cartel, ningún menú desplegado. Los chicos andan en bici por la vereda y los domingos algún vecino lava el auto mientras escucha de fondo la carrera de Turismo Carretera. Y sin embargo, adentro de esa casa familiar, decenas de personas se sientan cada fin de semana a comer uno de los mejores costillares de la ciudad.

La historia de El Patio de Mabel: un padre, una hija y un homenaje familiar
Un patio secreto en La Paternal, con pileta comunitaria y un asador personal que es el dueño posicionan a El Patio de Mabel como uno de los secretos gastro más originales.

Luciano Pacello dejó su trabajo en el Banco Hipotecario tras la muerte de su madre Mabel en 2018 y se lanzó a darle forma a un proyecto que venía ideando desde hacía tiempo. Tentó como compañera a su hija Malena, que en aquel entonces tenía solo 18 años y acababa de terminar el secundario.
"Me sentía atrapado en el banco. Como que no era mi lugar. Eso y el recuerdo de mi mamá que me decía que el lugar era ideal para un restaurante me empujó a la aventura. Por suerte, tengo a mi hija como una compañera genial para esta aventura", cuenta Luciano.

El emprendimiento lleva el nombre de su madre –Mabel– como homenaje explícito y también como programa: este es el lugar que ella imaginó, el que él construyó después de que ella ya no estaba para verlo. "La muerte de mi mamá me sorprendió, pero también me dio fuerzas para crear El Patio de Mabel", explica el ideólogo de la "parrilla oculta" más comentada.
La gastronomía no era una novedad en la familia. Su papá Cacho tuvo restaurantes en Mar del Plata y en los buffets de clubes de barrio, donde el objetivo era simple: hacer feliz a la gente con un plato de comida abundante. Su mamá Mabel, en tanto, le pasó los secretos para las empanadas y las berenjenas al escabeche que hoy sirve en el patio.

La casa familia que se convirtió en spot gastro
"Esta es, además, la casa de mi infancia", señala Luciano. "Jugaba con mis amigos en ese mismo comedor en el que ahora le sirvo el asado a los clientes. O jugaba en el patio del fondo junto a la pileta que ahora está rodeada de mesas", suma.
Es esa superposición de tiempos –el patio de la infancia encima del restaurante, los jazmines que cuidaba Mabel encima de las mesas de los clientes– lo que le da al lugar una textura que ningún diseño de interiores puede fabricar.

Malena, que hoy tiene 24 años, organizaba pijamadas con amigas en ese mismo patio. Esas mismas amigas hoy la acompañan como mozas.
El asado de tira como religión
"Tratamos de ofrecer una experiencia de asado diferente, no el clásico vuelta y vuelta de las parrillas de barrio", dice Luciano con la convicción de alguien que lo pensó durante años antes de ejecutarlo. El foco está en el costillar y el vacío de cocción lenta: unas cinco horas a las brasas de leña y carbón.

"Si estás apurado o te gusta comer en una hora, éste no es el lugar", advierte sin rodeos. "En el patio se hacen sobremesas largas con charlas y vermut", destaca. Y la gente no solo lo acepta: lo agradece. Porque hay algo en esa espera –en el aroma que va creciendo, en el humo que se mezcla con el jazmín chino del patio– que recalibra el tiempo y lo devuelve a una velocidad más humana.

El patio: atmósfera realista antes que decoración
La casa tiene 110 años. Las mesas están desparramadas por el fondo, debajo de un frondoso jazmín chino y rodeadas de los jazmines y azaleas que cuidaba Mabel. Es el patio que era el patio de ella: con las plantas que ella eligió, con la pileta en el fondo, con esa mezcla de lo vivido y lo querido que ningún interiorista puede replicar.

Hay mesas de amigos que charlan en voz alta con varias botellas de vino. Cerca, una pareja de más de 50 años que aprovecha que sus hijos ya son grandes y dejaron el nido. Entre las mesas corre algún niño con su abuela detrás. Los clientes cuentan que es como "comer un asado familiar en casa".
Cuando termina la jornada y las últimas brasas bajan, se escuchan los aplausos para el asador desde alguna de las mesas más numerosas. Luciano saluda y festeja mirando al cielo como Maradona. Después dice algo que resume todo: "Esa caricia al alma es muy importante para que cada finde me vuelva a poner el delantal y prender los fuegos".

El menú de pasos: de la berenjena al postre de la hermana
La propuesta funciona como un menú cerrado de pasos. No hay carta para elegir, sí una secuencia pensada, y el tiempo que esa secuencia necesita.

El menú arranca con las berenjenas al escabeche –receta de Mabel– y sigue con una tabla de chorizo y morcilla. Después llegan los dos protagonistas: el costillar criollo y el vacío de cocción lenta, con papas al plomo y zapallo cabutia como guarnición. El menú incluye una copa de vino o gaseosa.
El postre lo resuelve Laura, hermana de Luciano: peras al borgoña, que llegan a la mesa con esa consistencia que solo da una cocción hecha con tiempo y cariño.

La parrilla secreta con recetas familiares que ni la pandemia logró detener
El emprendimiento le da trabajo a cinco familias. Es el número que menciona con más orgullo que cualquier reseña: lo que empezó como asado para siete personas –en el que Luciano hizo tres veces más comida de la necesaria– se convirtió en algo sostenido, vivo y en expansión.

La pandemia los sacudió pero no los paró. El delivery fue la tabla de salvación en los meses más duros, pero también fueron meses de obra: Luciano se dedicó a acondicionar el patio, mejoraron la zona de la parrilla, agregaron un horno de barro para las empanadas y colocaron un cerco alrededor de la parrilla para mayor seguridad de los chicos.

Cuando pudieron volver a abrir, el espacio al aire libre –que antes era el corazón del proyecto– se convirtió en su mayor ventaja competitiva. "Todo el invierno pudimos trabajar. Éramos la opción porque solo se podía comer afuera. La gente venía abrigada con camperas y nosotros les dábamos frazadas", resume Luciano. El patio abre sus puertas viernes, sábados y domingos, toman reservas por WhatsApp y te esperan como si fueras familia.

