Que un perro ladre cuando se queda solo es un problema frecuente que puede generar estrés, conflictos con vecinos y mucha angustia en los dueños. Aunque suele asociarse rápidamente con “capricho”, en realidad los ladridos persistentes suelen estar vinculados al aburrimiento, la ansiedad, el miedo o la falta de rutinas claras. La buena noticia es que, con algunas estrategias simples y constancia, es posible reducirlos notablemente.
El primer paso es entender por qué ladra. Algunos perros lo hacen por ansiedad por separación, otros por hiperactividad y otros por estímulos externos (ruidos del pasillo, autos, otros perros). Identificar el origen ayuda a elegir la estrategia correcta. Un perro que ladra por energía acumulada no necesita lo mismo que uno que ladra por miedo.
Uno de los pilares fundamentales es el ejercicio previo a la salida. Un perro que sale poco, juega poco o no descarga energía antes de quedarse solo tiene muchas más probabilidades de ladrar. Una caminata activa, juegos de tirar la pelota o una breve sesión de entrenamiento antes de salir logran que llegue más cansado y predispuesto al descanso. No hace falta que sea largo: 15 o 20 minutos bien aprovechados pueden marcar la diferencia.
El cansancio mental es tan importante como el físico. Los perros se agotan mucho más rápido cuando usan el olfato o deben resolver pequeños desafíos. Dejarle juguetes tipo “kong” rellenos con comida, pelotas dispensadoras de premios o alfombras olfativas hace que se entretenga durante largos minutos y desvíe su atención de la ausencia del dueño.
Otro punto clave es evitar los rituales de despedida exagerados. Hablarle con tono triste, abrazarlo de más o despedirse durante varios minutos refuerza la idea de que algo malo está por pasar. Lo ideal es una salida natural, neutra, sin gestos dramáticos. Del mismo modo, al regresar conviene esperar unos minutos antes de saludarlo, para no reforzar la ansiedad.
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La música suave o el ruido blanco también funcionan como aliados. Dejar una radio baja o una playlist tranquila ayuda a tapar ruidos externos que pueden detonar ladridos, como pasos en la escalera o puertas que se cierran. Para muchos perros, el silencio total aumenta la sensación de alerta.
Si el ladrido persiste, es útil trabajar el entrenamiento de ausencias cortas. Salir por cinco minutos, volver, luego diez, después quince, permite que el perro aprenda que las salidas no son definitivas y que siempre hay regreso. Este proceso debe ser gradual y constante.
En casos donde el ladrido se combina con temblores, destrucción, salivación excesiva o intentos de escape, es posible que haya ansiedad por separación. Allí conviene consultar con un veterinario o un adiestrador especializado en conducta, que puede indicar desde entrenamiento específico hasta feromonas naturales o, en algunos casos, apoyo farmacológico.
Evitar que un perro ladre cuando se queda solo no es cuestión de castigo, sino de prevención, rutina y estímulos adecuados. Con ejercicio, juegos, ambiente seguro y constancia, la mayoría de los perros aprende a transitar la soledad con calma. Y cuando el perro se siente tranquilo, toda la casa —y el edificio— lo agradece.
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