Desde afuera, el Palacio Noel no anuncia demasiado: una fachada neocolonial contenida, el tránsito de Retiro de fondo, la vereda de siempre. Pero cuando cruzás la puerta sobre la calle Suipacha, a pocos pasos de Avenida del Libertador, el ruido de la ciudad desaparece. Y entra en juego un jardín andaluz con olivos, naranjos amargos, ombúes y palos borrachos, fuentes revestidas con cerámicas de Talavera de la Reina y un aljibe de mediados del siglo XIX que resistió todo.

Tres siglos de historia concentrados en un espacio que hoy tiene menú del día y café de especialidad. Hablamos de Los Jardines de las Barquin.

Ese jardín tiene historia propia. En 1692, el terreno perteneció al gobernador Agustín de Robles, que lo eligió como su retiro personal. Luego fue sede de la Compañía Inglesa del Mar del Sur, adonde llegaban esclavos africanos tras el cruce del Atlántico.
Y más acá en el tiempo –aunque ese tiempo también es lejano–, vivió aquí la condesa María Ignacia de Velasco Tagle Bracho: soltera, sin hijos, rodeada de sus sobrinas, las Barquín, conocidas en la sociedad porteña de la época virreinal como "las muchachas más bellas de Buenos Aires". En ese jardín sucedían las tertulias, el tiempo se movía a otro ritmo y, por supuesto, desfilaban los pretendientes.

El arquitecto argentino que estudió en París y construyó el neocolonial más elegante de la ciudad
El edificio que envuelve ese jardín fue diseñado por Martín Noel, un arquitecto porteño que estudió en París, se graduó en 1914 y volvió con una convicción que pocos tenían entonces: que Argentina debía tener una arquitectura propia, derivada de sus raíces hispanoamericanas y no copiada del eclecticismo europeo que dominaba el Río de la Plata.

El resultado fue el Palacio Noel: dos pabellones independientes conectados por patios y terrazas, impronta neocolonial con influencia de la escuela francesa, mármoles traídos de España, cerámicas de Talavera de la Reina en las fuentes y en los zócalos, un claustro que parece sacado de Sevilla y un aljibe que fue funcional hasta entrado el siglo XX.

Desde 1982 el edificio es sede del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco. Su colección –platería colonial, mobiliario virreinal, imaginería religiosa, mapas y manuscritos de los siglos XVII al XIX– es una de las más importantes del país sobre el período colonial hispanoamericano.
Lo cierto es que pocas personas saben que allí funciona un jardín que tiene mesas, carta y servicio de cocina...

Por qué Germán Sitz eligió los cereales y qué tiene que ver el granero del mundo con el menú del día
"Es un oasis en la ciudad, un jardín florecido de la época colonial, una cápsula donde se detuvo el tiempo", dijo Germán Sitz la primera vez que habló públicamente del proyecto. Sitz es el cocinero detrás de Niño Gordo –la cantina asiática de Palermo que redefinió lo que podía ser una cocina informal en Buenos Aires– y de La Carnicería, el asador que convirtió Thames en destino gastronómico antes de que nadie usara esa expresión. Para este proyecto encaró sociedad con su cocinero y socio Pedro Peña y con Alejandro Feraud, el pastelero que fundó Alo's Bistro.

La elección del concepto no fue caprichosa. "Los cereales han sido el motor económico histórico de Argentina, con los que el país siempre pagó sus cuentas", explicó Sitz sobre el eje de la carta. En un jardín que perteneció al gobernador colonial, que fue testigo del tráfico de esclavos y que después alojó a las mujeres más admiradas del Buenos Aires virreinal, la decisión de cocinar con trigo, cebada, maíz y lino tiene algo de manifiesto: recuperar lo que siempre estuvo ahí, algo que la restauración porteña ignoró durante décadas.

La carta propone risotto de cebada, papardelle, opciones con peceto y linguini y platos del día con osobuco y polenta. Los ingredientes incluyen flores comestibles de verbena, salvia guaranítica y trepadora que se cultivan en el propio jardín o provienen de productores con los que Sitz trabaja hace años.

La bollería de Alo's –una de las referencias de la panadería artesanal porteña– completa la propuesta para desayunos y meriendas. El café de especialidad es el hilo que une ambos servicios.

El jardín en detalle: por qué vale la pena llegar temprano
El espacio exterior tiene dos niveles. El nivel inferior, más íntimo, está flanqueado por columnas de madera pintada y tiene sus fuentes con cerámicas de Talavera. El superior, más abierto, da al jardín con los árboles centenarios. En primavera y otoño, las flores que crecen en los canteros entre las mesas hacen del lugar algo que no encaja del todo con ninguna categoría conocida. No es un café de barrio, no es un restaurante de chef, no es un jardín botánico: es las tres cosas al mismo tiempo.

Para quienes van por primera vez, la recomendación es llegar en el servicio de mediodía y tomarse el tiempo para recorrer el museo antes o después de comer. La colección de platería colonial del primer piso vale una hora entera.

Puertas adentro, vale añadir, la escalera principal del Palacio Noel –mármol de Carrara, balaustrada de hierro forjado, azulejos de época– es uno de los interiores más notables de la arquitectura residencial porteña del siglo XX, aunque casi nadie lo sabe.

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