Las Marianas es un pueblito que queda en el centro del partido de Navarro, a 150 kilómetros de la Ciudad, y que para llegar hay que desviarse de la ruta y recorrer quince kilómetros de camino de tierra que en días de lluvia pueden volverse impiadosos.
No tiene señalización turística llamativa, no tiene hotel boutique. Tiene, en cambio, algo que la mayoría de los destinos que sí aparecen en los mapas no pueden ofrecer: la sensación de haber llegado a un lugar que todavía no fue diseñado para ser visitado. Y sin embargo, los visitantes llegan. Cada fin de semana, cada vez más.
El origen: el tren que llegó y el tren que se fue
Los orígenes se remontan a 1908 con el auge del ferrocarril y el desarrollo de la actividad agropecuaria. Como tantos pueblos bonaerenses, Las Marianas nació alrededor de una estación. El ferrocarril trajo trabajadores, comerciantes, familias. Trajo una fábrica de quesos, un hotel, almacenes de ramos generales, una escuela.
Pero después toda esa vida se fue esfumando. Tras el cierre del paso del tren en 1993, Las Marianas comenzó a perder población. Lo que quedó fue lo que siempre queda cuando una comunidad decide no rendirse: las casas de los que se quedaron, los jardines que siguieron floreciendo, el almacén que siguió persistiendo, la estación vacía que quedó como huella de su "era dorada". Con el tiempo recién pasó lo inesperado: se escribiría una nueva historia.

La estación que se convirtió en museo y en huerta
La estación ferroviaria de Las Marianas es uno de esos lugares que detienen el tiempo de una manera física, casi táctil. Cuando Andrés Camacci –vecino marianense, exdelegado local– volvió al pueblo una tarde y se cruzó con dos viajeros que andaban recorriendo pueblos de la provincia, la conversación lo cambió todo. "Es una picardía el estado de abandono del restaurante y la estación", le dijeron. Y Camacci tomó nota.
Con la ayuda de los chicos del barrio, limpió y pintó la estación. La recuperó como espacio comunitario. Hoy la estación tiene un pequeño museo con objetos del lugar y una gran huerta que se puede recorrer con venta al público. Lo que antes era abandono es ahora uno de los primeros puntos de parada de quien llega al pueblo.

Pero la estación guarda algo más que un museo y una huerta. Tiene una habitación que los lugareños llaman el "aeropuerto": era donde atendía el médico del pueblo, el lugar donde nacían y morían los habitantes de Las Marianas (de ahí eso "de la tierra al cielo"). Una sala que concentra, en muy pocos metros cuadrados, toda la vida de una comunidad durante décadas.
Doña Irma y los tallarines que hay que reservar con anticipación
El otro gran rescate que Camacci llevó adelante fue el Salón Comedor Doña Irma, el mismo espacio que durante el siglo pasado fue el Hotel Colón y que sus abuelos transformaron en alojamiento y comedor.
La propuesta es tan simple que desconcierta: entrás a Instagram, buscás @saloncomedor_irma, mandás un mensaje y reservás tu lugar. La dirección llega cuando confirmás. Abre los sábados y domingos al mediodía.

Detrás de las hornallas está Irma Angrigiani, con 85 años de sabiduría culinaria. Todo es fresco, preparado el mismo día. Su especialidad: tallarines y ravioles irresistibles.
De la cooperativa de quesos que salvó al pueblo al clip que filmó León Gieco
Entre la partida del tren y la llegada de los turistas, Las Marianas tuvo su propio capítulo de resiliencia productiva. A mediados del siglo XXI, un grupo de jóvenes armó una cooperativa, recuperó la fábrica de quesos, generó fuentes de trabajo y una importante producción láctea. El pueblo que el ferrocarril había dejado atrás encontró en la cooperativa una razón para quedarse y una identidad productiva que todavía sostiene a varias familias.
Un capítulo que el pueblo recuerda con orgullo es el rodaje del videoclip de Bandidos Rurales, de León Gieco. Pero la localidad fue más que un simple escenario audiovisual –especialmente para grabar en un boliche–: el pueblo acogió al artista de manera especial. León no solo filmó, sino que se quedó viviendo en la zona durante un tiempo e incluso ofreció un recital benéfico para la sala de primeros auxilios local.
La Fiesta de la Torta Negra: el dulce que tiene apellido propio
Las Marianas tiene una identidad gastronómica que va más allá de los tallarines de Doña Irma. La Fiesta de la Torta Negra se celebra el 26 de noviembre. La tradición tiene su origen en el siglo XX, con la llegada de panaderos de origen turco que popularizaron este producto. Con el tiempo, los habitantes recibieron el apodo de "los torteros".

La torta negra bonaerense es una factura tradicional argentina, también llamada "cara sucia", caracterizada por caracterizada por su masa esponjosa cubierta de abundante azúcar negra caramelizada y su sabor agridulce.
Encontrarla en Las Marianas –en su versión original– es uno de esos hallazgos que justifican el desvío y los quince kilómetros de tierra.
Los caminos de Mamá Antula y la espiritualidad como propuesta turística
Las Marianas tiene un atractivo que no aparece en ningún otro destino de la región. En el camping municipal se pueden recorrer, de manera autoguiada, los caminos de la fe de Mamá Antula.
Mamá Antula –cuyo nombre original era Antonia de Paz y Figueroa– fue una laica consagrada nacida en 1730 que se convirtió en la primera santa argentina. Su reciente beatificación convirtió a Navarro en un imán para peregrinos y devotos.

Los caminos autoguiados combinan historia, espiritualidad y paisaje rural en una propuesta que no tiene equivalente en la región.
Cómo llegar y qué tener en cuenta
Desde CABA: Ruta Nacional 205 hasta Lobos y doblar en la Ruta 41, o Ruta Nacional 5 hasta Mercedes. Desde Navarro, camino de tierra de 15 km.
El Salón Comedor Doña Irma (@saloncomedor_irma) abre sábados y domingos al mediodía, solo con reserva previa. La estación y su huerta se pueden visitar sin turno.
Por fuera de cualquier destino planificado, Las Marianas ofrece esa conjunción encantadora de factores que hacen al descubrimiento de una joya oculta. Allí se puede disfrutar del calmo silencio de los mediodías –con sus siestas eternas–, visitar las casonas antiguas con sus jardines floridos y deleitarse con esas pastas caseras que nos guiaban las narices los domingos al mediodía.

