Durante años, Capitán Sarmiento quedó fuera del radar de los viajeros que buscan escapar de la ciudad durante el fin de semana. Sin embargo, de a poco y casi en silencio, esta localidad del norte bonaerense empezó a consolidarse como una alternativa atractiva para ir un poco más allá de San Antonio de Areco, el destino clásico de las escapadas rurales. A fuerza de buenas propuestas gastronómicas, proyectos personales y una comunidad que acompaña, el pueblo hoy ofrece una experiencia distinta, auténtica y sin estridencias.
Ubicada a unos 145 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, con acceso directo por la Ruta Nacional 8, Capitán Sarmiento late con la cadencia de los pueblos que crecieron al compás del tren. Nació alrededor de su estación ferroviaria, inaugurada en 1882, y adoptó su nombre en homenaje a Domingo Fidel Sarmiento, conocido como “Dominguito”, caído en la batalla de Curupaytí durante la Guerra del Paraguay. Ese origen ferroviario todavía organiza la memoria local: fotos antiguas, relatos familiares y objetos que siguen contando la misma historia con otras voces.

En el mapa turístico suele quedar eclipsada por destinos más ruidosos, pero Capitán Sarmiento carga con símbolos propios. Se la reconoce como la “cuna de la bandera bonaerense”, ya que el diseño del emblema provincial nació aquí, y desde hace un tiempo suma otra señal potente: una escena gastronómica en crecimiento. Antiguas panaderías recicladas en restaurantes, bodegones con aire de esquina, cocinas de fuegos y proyectos de kilómetro cero conforman un pequeño ecosistema que convoca tanto a vecinos como a curiosos, con una promesa simple: comer bien y sentirse parte.
El eje del viaje pasa, justamente, por la gastronomía. Entre los espacios más elegidos aparece La Cuadra, montado en una vieja panadería, con una carta amplia que va desde pizzas de fermentación lenta hasta platos de cocina italiana y carnes. La Mancha Cocina de Fuegos propone una experiencia más rústica y sensorial, donde el fuego marca el ritmo del servicio en un galpón reciclado. Para la tarde, los cafés ocupan un rol central: Amanda fue pionero en instalar el hábito de la merienda fuera del club social, mientras que Daimo suma una estética contemporánea con pastelería fina, laminados y opciones sin gluten, en diálogo con una tienda de alimentos saludables.

La experiencia se completa con proyectos de huerta y cocina de autor en chacras familiares que abren en fechas puntuales, con menús definidos por la estación y lo que da la tierra. Entre comidas, el pueblo invita a caminar sin apuro: la vieja estación, la plaza central y los frentes antiguos acompañan un ritmo calmo, ideal para recorrer en pareja o simplemente dejar pasar la tarde. Sin grandes multitudes ni fórmulas repetidas, Capitán Sarmiento se afirma como una escapada distinta, donde la identidad local y el buen comer son protagonistas.
Mirá También

