Cuando el mundo entero tenía los ojos puestos en ella, Diana Spencer encontró la manera de volverse, si no invisible, al menos previsible. Y lo hizo con una prenda que cualquiera podría tener en el fondo de su placard: un simple buzo de algodón y poliéster.
Una pieza que años atrás se subastó por más de cincuenta mil dólares y define una de las estéticas más copiadas de la historia reciente de la moda. Además, la historia tiene carnadura emocional extra porque es la prenda que llevó en el último verano de su vida, en 1997.
Pero la historia de ese ítem firmado por Ralph Lauren que le regaló un magnate millonario es, antes que nada, la historia de una mujer que peleó contra el acoso de la prensa con las únicas herramientas que le quedaban: su inteligencia y su vestuario. Y que, sin proponérselo, inventó el athleisure antes de que existiera esa palabra.

El contexto: una princesa acosada en su propio gimnasio
Para entender la dimensión de lo que Diana hizo, hay que situarse en los primeros años noventa. Su separación oficial del príncipe Carlos se anunció en diciembre de 1992. A partir de entonces, cada aparición suya era un evento mediático. Los paparazzi instalaban escaleras de mano fuera de sus destinos habituales –la peluquería, los restaurantes, el colegio de sus hijos– para conseguir ángulos imposibles. El gimnasio no era la excepción.

En noviembre de 1993, el propietario del club LA Fitness en el oeste de Londres, el neozelandés Bryce Taylor, instaló una cámara oculta en el techo del espacio donde Diana hacía ejercicio. Las imágenes de la princesa –32 años, en malla y shorts, usando una máquina de ejercicio– fueron vendidas al Sunday Mirror y al Daily Mirror, que las publicaron en portada. La reacción fue inmediata: Diana demandó. El escándalo generó un debate nacional sobre la privacidad y la regulación de la prensa, y el propio Primer Ministro John Major señaló que el episodio ponía en duda la efectividad de la autorregulación mediática.

En febrero de 1995, el caso se resolvió de manera extrajudicial: Taylor y los periódicos emitieron disculpas oficiales, los negativos fueron destruidos, y el dinero obtenido de las fotos fue donado a las obras de caridad elegidas por la propia princesa. Fue exactamente ese episodio el que aceleró la decisión de Diana de tomar el control. Si no podía evitar que la fotografiaran, al menos podía controlar el valor de esas fotos.
La estrategia: hacer que cada foto valga lo mismo que nada
El razonamiento era tan elegante en su simpleza que sorprende que no haya existido antes. Diana comprendió el mecanismo económico detrás del paparazzi: las agencias de noticias pagaban fortunas por imágenes exclusivas, es decir, nuevas. Una foto de Diana con un look diferente cada día era un tesoro. Una foto de Diana luciendo exactamente la misma ropa que en la sesión anterior era papel sin valor.
A partir de fines de 1995, Diana comenzó a asistir al Chelsea Harbour Club –un gimnasio exclusivo al que acudía por su cercanía con el Palacio de Kensington– usando siempre la misma prenda: un buzo azul marino con el logo de Virgin Atlantic con la leyenda "Fly Atlantic" que le había regalado su amigo, el magnate Richard Branson. Tres veces por semana, las mismas prendas. Vestía y replicaba este total lookademás de esa prenda, lucía shorts de ciclismo, zapatillas y gafas de sol.

"Cada sesión, todos los medios estaban afuera acampados con sus escaleras, cámaras y lentes. Para ella era simplemente increíble: '¿Por qué les intereso tanto cuando hay cosas más importantes en el mundo?' Recuerdo que una de sus estrategias era ponerse la misma sudadera de Virgin en cada sesión", dijo Jenni Rivett, entrenadora personal de la princesa Diana durante siete años
La lógica era infalible. Si la princesa usaba el mismo conjunto cada vez que pisaba el gimnasio, las fotos de ese día eran idénticas a las del día anterior y a las de la semana pasada. Las agencias dejaban de pagar por imágenes que ya tenían. Los fotógrafos podían seguir apostados afuera, pero el negocio se volvía progresivamente menos rentable.
A eso, Diana sumó otra táctica que se volvió viral en TikTok décadas después de su muerte: caminaba de espaldas desde su auto hasta la entrada del gimnasio, impidiendo que los fotógrafos capturaran su rostro. Sin cara, la foto valía aún menos. Era una microperformance que cualquiera podría haber visto como un gesto ridículo y en Diana funcionaba como una declaración.

La prenda: un buzo con historia propia
La "sudadera" de Virgin Atlantic no era cualquier prenda de merchandising. Su logo fue creado originalmente a partir de los bocetos del pintor peruano Alberto Vargas, célebre por sus ilustraciones de pin-up girls en las décadas del treinta y cuarenta. Branson regaló la pieza a Diana en la primera mitad de los noventa, durante el período en que la amistad entre ambos era un secreto a voces en los círculos de la alta sociedad londinense.
En 1997, meses antes de su muerte y en el mismo período en que vendió en Christie's de Nueva York un lote de sus vestidos de gala, Diana llamó a su entrenadora Jenni Rivett para decirle que le había dejado varias prendas de entrenamiento. Entre ellas, el buzo azul. Junto a la prenda, una tarjeta con letra manuscrita: "Querida Jenni: mucho amor, Diana, x".
Rivett guardó la prenda durante más de veinte años. En 2019 decidió subastarla en RR Auction, la casa de subastas de Boston. El precio de salida estimado era de cinco mil dólares. La prenda se vendió por 53.532,50 dólares –diez veces más de lo calculado– a un comprador anónimo de California. El dinero fue donado íntegramente para sostener a una familia en Malawi. Richard Branson reaccionó en Twitter: "Mis felicitaciones al afortunado ganador. Espero que la prenda te traiga tanta alegría como la amistad de Diana me trajo a mí."

En 2026, Virgin Atlantic relanzó una versión oficial de la icónica prenda. El precio de venta: 59 libras. La lista de espera, según reportó Hello Magazine en febrero, desbordó por horas y horas.
La dimensión más amplia: una guardarropas de resistencia
Esa no fue la única pieza con doble función en el vestuario de Diana. También es recordada su sudadera de Harvard –oversized, cuello redondo, gris clásico– con la que esquivaba fotógrafos por las calles de Londres. La imagen fue tan potente que cuando Netflix recreó la escena en The Crown, los diseñadores de vestuario Amy y Sidonie Roberts pidieron a la universidad un calco exacto de la prenda original para que la actriz Elizabeth Debicki la pudiera usar en pantalla. La pieza luego fue subastada por Bonhams.
También es recordado el sweater de la marca Gyles & George con la leyenda "I'm a luxury few can afford" que Diana usó en los ochenta, una declaración de ironía que con los años fue relanzada en colaboración con Rowing Blazers y se agotó en horas. Y el famoso sweater de "la oveja negra" de Warm and Wonderful, que lució en un partido de polo en 1981, también relanzado con idéntico resultado.

El legado: cuando la princesa inventó el "Princess Diana Weather"
Hoy, casi treinta años después de su muerte, la combinación que Diana popularizó –sudadera oversized, shorts de ciclismo, zapatillas blancas, medias arrugadas– tiene nombre propio en las redes sociales: "Princess Diana weather". Cada vez que la temperatura baja lo suficiente para manga larga pero no tanto para pantalón largo, los posts explotan. Hailey Bieber recreó una selección de looks de Diana para un editorial de Vogue Francia en 2019.

Cuando Virgil Abloh presentó la colección de Off-White primavera 2018 en la Semana de la Moda de París, distribuyó entre los editores un mood board construido exclusivamente con estilismos de Diana. El resultado fue una colección de shorts de ciclismo, tops peplum y medias arrugadas que el mundo de la moda recibió como una revelación.

Pero lo que ninguno de sus herederos estéticos puede replicar es la dimensión política del original. Diana no usaba esas prendas para ser cómoda ni para marcar tendencia. Las usaba para sobrevivir. Para recuperar aunque sea un fragmento de control sobre su propia imagen en un mundo que la convertía en mercancía cada vez que salía a la calle.


