Quienes viajan a diario en el tren San Martín no imaginan que, a metros de las vías, hay un lugar único en el mundo. Se trata de Chuí, un verdadero oasis urbano que sorprende a los comensales que deciden adentrarse en su sendero de tablones de madera desde fines de 2020.

Lo mágico de esta selva porteña es que nació en una cuadra sin gas y sin agua -sí, en este milenio aún existen rincones así en la Ciudad de Buenos Aires-, transformando lo que era un galpón gris colmado de autos en desuso en un ecosistema vibrante que borra por completo la frontera entre el adentro y el afuera.
Cruzás la pesada puerta y el caos de Villa Crespo desaparece. En su lugar, te recibe el crujir del fuego, las luces cálidas enredadas entre plantas frondosas y un ambiente que invita, casi por instinto, a bajar mil cambios.

En nuestra recorrida por este refugio nos recibieron Hernán Buccino, uno de los cuatro socios fundadores, y Victoria Di Gennaro, la chef ejecutiva que, con un talento natural para manejar las brasas, es la gran responsable de la magia que sale hacia las mesas.
Es indudable que en una ciudad en la que la carne es casi una religión, apostar por un restaurante cien por ciento vegetariano (y con fuerte presencia vegana) fue una movida audaz. Sin embargo, en Chuí aclaran que no hay bajada de línea ni discursos moralistas. La decisión fue puramente creativa: lo que buscaban era "desestructurar la cocina clásica, exprimir al máximo las posibilidades de cada vegetal y dejar que el horno a leña haga lo suyo".
Para logrralo, idearon platos durante meses, experimentaron con ingredientes poco convencionales y terminaron provocando una explosión de sabores que solo comprenden quienes se sientan a sus mesas de madera a degustar sus platitos.

Elegido por estrellas y expertos
Su forma tan particular de trabajar la materia prima los llevó a ser recomendados por la prestigiosa Guía Michelin en 2024 y 2025 como uno de los grandes referentes del plant based del país, ganándose además un lugar en la reconocida lista global 50 Best Discovery.
Pero más allá de las placas en la pared, Chuí tiene ese "no sé qué" que atrae a las celebridades. Su cocina a la vista, bulliciosa y perfumada de humo, se convirtió en parada obligada para figuras internacionales.
Con apetito y ganas de conocer una propuesta distinta a la habitual, llegaron por ejemplo personajes internacionales como el Emir de Qatar, el músico estadounidense Devendra Banhart, y dos mega gigantes de la música como Chris Martin, el líder de Coldplay, y Lenny Kravitz, quien llegó con su equipo para vivir la experiencia.

Qué se come en Chuí
Si vas a almorzar o a cenar, la premisa resulta clara: lo mejor es pedir varios platos, ponerlos en el medio y animarse a probar de todo. Mientras esperás, lo ideal es no perderse de mirar los alrededores: hay hornos de barro, un sector exclusivo de pizzería, una cámara dedicada a sus pickles, una barra y hasta una fructificadora de hongos gourmet.

Si ya espiaste todo y querés disfrutar de una buena comida, te anticipamos que la carta cambia al ritmo de las estaciones (y que no es la misma la del día que la de la noche). Sabiendo esto, van algunas de las propuestas actuales que tenés que pedir sí o sí:
- Para ir picando: Es casi un pecado irse sin probar el choclo frito con manteca de ajo asado, tajín y mayonesa de jalapeños ($8.900), o el queso llanero con vinagre de frutas, ají de Cachi y orégano ($8.500). Saborear ambos platitos te remonta a las vacaciones y a la playa pero con una vuelta de rosca gourmet. Después, si buscás un golpe de frescura, el gazpachito de sandía y tomate con ajo blanco y croutones ($6.500) resulta ideal.

- Los platos fuertes de la mesa: La creatividad explota con la suculenta Papa Anna, coronada con stracciatella y ajo negro ($25.700), o el delicado omelette de berenjena ahumada con alioli quemado, ajíes fritos y grelot frito ($18.900). Además, para paladares intensos, está el hongo Melena de león al ajillo, que llega con una ensalada coreana de pepinos y nabos ($28.700).

- Las pizzas: Elaboradas con harinas agroecológicas y 48 horas de fermentación, sus pizzas de masa madre compiten en las grandes ligas. Además de la Margherita clásica ($24.000), brillan opciones más osadas como la de boniato, que lleva escabeche de gírgolas, pesto de albahaca y cajú ($24.000).

- Dedicados a los dulceros: Para cerrar, sólo hay tres postres, el Butterscotch ($8.500), la pastelera de mango con honeycomb y rocas de chocolate blanco ($9.800) y la mousse de chocolate con nibs de cacao, que contrasta con un merengue ácido y frutos rojos ($12.000).

Agradecemos a Majo Loss y a Anabella Mutto
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