Durante siglos, la historia oficial eligió qué contar y qué archivar en silencio, y la sexualidad femenina casi siempre quedó del lado incómodo del relato. Los manuales priorizaron guerras, herederos y tratados, pero evitaron mirar las vidas íntimas de las mujeres cuando no servían para explicar linajes o alianzas políticas.
A diferencia de los romances masculinos –muchas veces romantizados–, los vínculos entre mujeres fueron leídos como desviación, escándalo o simple “chisme”, una mirada atravesada por misoginia más que por falta de pruebas. Cada corona tuvo su protocolo, pero también sus filtraciones, y en muchas de esas grietas aparecen reinas, princesas y duquesas que, lejos de los matrimonios arreglados y el deber ser, encontraron deseo, inspiración, compañía y pasión en otras mujeres. Incluso en la casa Windsor...
A continuación, GENTE se sumerge en las historias poco recorridas de aquellas royals que, puertas adentro de los aposentos y no tanto, inventaron todo tipo de estrategias para vivir romances poco o nada relatados. Y se encargaron de dejar memorias, testigos y cartas de amor para que la justicia poética se encargue del resto.
Reina Ana de Inglaterra: cartas privadas, celos públicos y amenazas de filtración
La relación entre la reina Ana de Inglaterra y Sarah Jennings, futura duquesa de Marlborough, fue tan intensa que ambas decidieron llamarse con nombres falsos para escapar del peso del rango, un gesto documentado en su correspondencia privada conservada en archivos británicos. Ana firmaba como Mrs Morley y Sarah como Mrs Freeman, una dinámica que los historiadores interpretan como un intento de igualdad emocional en una corte obsesionada con la jerarquía.
Cuando Ana subió al trono en 1702, le concedió a Sarah cargos clave como Guardiana de la Bolsa Privada y Camarera Mayor, lo que le daba acceso físico y cotidiano a los aposentos reales, un privilegio rarísimo incluso para la nobleza.

El escándalo estalló cuando Sarah perdió el favor real y fue desplazada por Abigail Masham, un cambio político que derivó en una guerra íntima. Sarah hizo circular una rima obscena en la que acusaba a Abigail de “actos oscuros por la noche”, una frase registrada en panfletos satíricos de la época.
La amenaza más grave fue privada: Sarah escribió que podía publicar las cartas apasionadas que Ana le había enviado, cartas que varios contemporáneos describieron como emocionalmente intensas y difíciles de explicar bajo los parámetros de la amistad convencional.
El clima social estaba tan cargado que el escritor Jonathan Swift ironizó sobre el tema en The Tatler (una influyente revista británica) en 1710, usando referencias a Safo y al amor entre mujeres, lo que demuestra que el rumor había salido del palacio y ya era parte del consumo popular. Un texto contemporáneo llegó a definir la devoción de Ana como “una pasión tan grande por una mujer, extraña e inexplicable”, una frase que hoy sigue citándose cuando se indaga en sexualidad en la monarquía.
Nadejda Mountbatten: una marquesa, una sirvienta y un juicio que lo dijo todo
Nadejda Mountbatten, conocida como “Nada”, estaba casada con el príncipe George Mountbatten, tío del futuro duque de Edimburgo, lo que la colocaba en el corazón mismo del entramado Windsor. Su marido pasó a la historia por donar al Museo Británico una de las colecciones de pornografía privada más grandes de su tiempo, un dato registrado oficialmente en los archivos de la institución. Pero el foco estuvo en ella cuando, en 1934, su nombre apareció en un juicio de custodia que nada tenía de discreto.
Durante la batalla legal por la hija de la socialité estadounidense Gloria Morgan Vanderbilt, una sirvienta declaró bajo juramento haber visto a Lady Milford Haven abrazando y besando a Gloria “justo como un amante”, una frase que quedó asentada en las transcripciones judiciales. El testimonio fue clave porque no se trataba de rumor aristocrático, sino de una declaración legal en un tribunal.
A eso se sumaron versiones persistentes sobre una relación con su cuñada Edwina Mountbatten, una de las mujeres más influyentes del Imperio británico. Durante dos décadas, Nadejda y Edwina fueron compañeras de viaje inseparables, recorriendo el mundo juntas en una travesía que trascendía los límites de una amistad familiar convencional.

El contexto de esta relación estaba marcado por el inusual matrimonio de Edwina con Lord Mountbatten, quien llegó a admitir en privado que ambos pasaron su vida conyugal "metiéndose en la cama de otras personas". Entre rumores constantes de bisexualidad e infidelidades que rodeaban al matrimonio Mountbatten, las cuñadas formaron un bloque unido y hermético, compartiendo una vida de confidencias que la historia oficial intentó calificar simplemente como una amistad excéntrica durante casi un siglo.
Sin embargo, el velo de misterio se cayó del todo en 2022, cuando Lord Ivar Mountbatten, sobrino de Nadejda, confirmó que su antepasada era efectivamente lesbiana, validando las "sospechas" que pesaron sobre ella desde aquel juicio en 1934,
El escándalo no destruyó su posición social, pero sí consolidó su figura como una de las primeras mujeres de la realeza moderna asociadas públicamente a relaciones con otras mujeres. Así y todo, aunque tuviera que tener un romance silenciado por la corona y el linaje no le impidió vivir su vida tal como sentía.

Reina Caroline: dibujos eróticos, acusaciones formales y una absolución incómoda
Caroline de Brunswick tuvo uno de los matrimonios más desastrosos de la historia real británica al casarse con su primo Jorge, futuro Jorge IV, una unión documentada como fallida desde el primer año. Dicen que "se repugnaban" y que lo suyo era algo así como "odio a primera vista".
Tanto es así que Jorge contaría que, con suerte, habían mantenido intimidad apenas tres veces. Ella habría dicho que el príncipe "no era tan buen mozo como en su retrato". Caroline pasó buena parte de su noche nupcial bajo la chimenea, mientras el royal se desplomaba alcoholizado.
El príncipe estaba obsesionado con lograr el divorcio así que quiso demostrar adulterio y privarla de sus privilegios, por eso la conducta de Caroline fue investigada oficialmente en 1806 en lo que se conoció como la Investigación Delicada, una comisión creada para evaluar acusaciones de adulterio y conducta inmoral.

Lady Douglas, una aristócrata cercana, declaró que Caroline estaba obsesionada con ella y que la trataba con una intimidad “extravagante y problemática”, una frase registrada en los informes oficiales. Caroline negó las acusaciones, pero admitió haber tenido gestos afectuosos y haber intercambiado mensajes íntimos. Entre las pruebas mencionadas en el proceso figuraban dibujos lascivos enviados a Sir John Douglas, con títulos sexualmente explícitos que circularon en copias manuscritas.
La comisión concluyó que no había fundamento legal para las acusaciones, una absolución que no evitó que la reputación de Caroline quedara dañada para siempre, demostrando que, incluso sin condena, –en esa época, mucho más– el rumor podía ser letal. Pero lo peor estaría por llegar: cuando Jorge fue ungido rey no le permitió ser parte de la coronación. Entre las ovaciones del pueblo, quedó del otro lado de la Abadía de Westminster. Murió 19 días más tarde.
Mientras el certificado de defunción decía que la causa del deceso era una obstrucción, los rumores indicaban que se había tratado de un envenenamiento.
Isabella de Parma y María Cristina: amor escrito todos los días
Isabella de Parma (1741-1763), infanta de España y esposa por obligación del emperador José II, dejó uno de los archivos epistolares más explícitos del siglo XVIII. Sus cartas a su cuñada María Cristina, duquesa de Teschen, se conservan y han sido publicadas por historiadores, con frases como “te amo locamente” y “espero verte pronto y ser besada por ti”.
Isabella sufría profundas crisis emocionales y encontraba en María Cristina un refugio afectivo que no tenía en su matrimonio, algo que ella misma expresa en varias cartas. El tono es íntimo, constante y emocionalmente dependiente, muy lejos de la retórica cortesana habitual. La frecuencia diaria hizo que los archivos hablaran por sí solos. No sólo se lamentaba por estar "condenada a abandonarlo todo" y tener que casarse con una "persona desconocida, cuyo carácter y forma de pensar desconoce" en un "sacrificio por un supuesto bien público".

"Me dicen que el día comienza con Dios. Yo, sin embargo, empiezo el día pensando en el objeto de mi amor, pues pienso en ella incesantemente", escribió en sus diarios. Y al dirigirse a Cristina, Isabella empuñaba la pluma para hacerle saber cosas como éstas: "Te escribo de nuevo, cruel hermana, aunque acabo de dejarte. No soporto la espera para conocer mi destino y saber si me consideras digna de tu amor o si preferirías arrojarme al río... No puedo pensar en otra cosa que en que estoy profundamente enamorado. Si tan solo supiera por qué, pues eres tan despiadada que nadie debería amarte, pero no puedo evitarlo".
"Virtuosa o diabólicamente, te amo y te amaré hasta la tumba", le escribió a su enamorada, a quien llamó "mi consuelo", "mi querido ángel" y "mi tesoro más preciado".
María Antonieta: panfletos, propaganda y sexualidad como arma política
María Antonieta no dejó cartas tan explícitas, pero fue una de las mujeres más atacadas por la propaganda sexual de su tiempo. Los panfletos revolucionarios la acusaban de practicar el “vicio alemán”, una expresión contemporánea para referirse a relaciones entre mujeres. Grabados y panfletos la mostraban acosando a la princesa de Lamballe y a Yolande, duquesa de Polignac, imágenes diseñadas para destruir su imagen pública.
Los historiadores coinciden en que muchas de estas acusaciones fueron exageradas con fines políticos, pero también reconocen que el rumor se apoyaba en la cercanía emocional real que la reina tenía con algunas mujeres de su entorno.
La historia con Madame Polignac fue destacada. Desde que intercambiaron su primera mirada, la reina quedó cautivada por la belleza y el carácter divertido de Yolande, convirtiéndola rápidamente en su compañera inseparable.
Esta repentina devoción desplazó de su lugar a la anterior favorita, la princesa de Lamballe, quien, despechada por haber sido abandonada tan fácilmente, se dice que fue la encargada de comenzar a difundir los rumores sobre una relación lésbica entre ambas mujeres.

La relación entre ambas trascendió la simple amistad, manifestándose en una serie de privilegios y favores económicos sin precedentes que la monarca otorgó a la familia Polignac. Como una enamorada cegada, María Antonieta se ocupó personalmente de saldar las deudas de su amante y de todo su círculo cercano, desoyendo las feroces críticas de sus amigos en la corte y los comentarios que ya circulaban en las calles de París.
Este romance fue el último y tal vez el más intenso de la reina; aunque era evidente para su entorno, siempre trataron de mantenerlo oculto y nunca llegó a ser verbalizado oficialmente mientras estuvieron juntas. El estallido de la Revolución Francesa marcó el trágico final de este vínculo, obligando a Yolande a huir para salvar su vida mientras la monarca permanecía cautiva.
En una misiva final cargada de dolor, María Antonieta se despidió de ella con las palabras: “Adiós a la más querida, estas palabras son horribles, solo tengo fuerzas para besarte”.
El torbellino pasional de la reina que escandalizó Europa y se coronó Rey: Cristina de Suecia
Cristina de Suecia fue una monarca que desafió las categorías biológicas y sociales de su tiempo desde el momento de su nacimiento, cuando la ambigüedad de sus genitales hizo que los médicos tardaran horas en determinar si era varón o niña. Aunque finalmente fue identificada como mujer, su padre decidió que fuera criada y educada como un príncipe, instruyéndola en esgrima, equitación y lenguas clásicas en lugar de las labores tradicionales de una princesa.
Esta formación forjó una personalidad transgresora: caminaba, se sentaba y vestía con indumentaria masculina, y poseía una seguridad tal que, al asumir el trono, fue coronada oficialmente como "rey" y no como reina.
Su reinado se caracterizó por un apetito intelectual insaciable que transformó a Suecia de un páramo cultural a un epicentro de las artes y las ciencias, atrayendo a mentes brillantes como el filósofo René Descartes. Sin embargo, Cristina siempre fue una figura rodeada de escándalo por su firme negativa a contraer matrimonio y tener hijos, una decisión que alimentó los rumores sobre su orientación sexual.

La correspondencia de la época sugiere que mantuvo un romance con su dama de compañía, la noble Ebba Sparre, reforzando su imagen como una mujer que prefería romper las reglas antes que someterse a las expectativas dinásticas de la Europa del siglo XVII.
El cierre de su historia fue, coherentemente, el más disruptivo. En 1654 se cansó del trono, soltó el poder sin nostalgia, se convirtió al catolicismo y se fue a Roma sin pedir permiso. Llegó a la ciudad eterna montada en un caballo blanco, como quien decide reescribirse a sí misma, y desde ahí se movió con total libertad: protegió artistas, impulsó el primer teatro de ópera abierto al público y construyó un vínculo íntimo y sostenido con el cardenal Decio Azzolino.
Cuando murió, en 1689, recibió un gesto reservado a muy pocos: fue enterrada en las grutas del Vaticano, un lugar casi vedado para las mujeres, consolidando su leyenda como un ícono de libertad y ambigüedad.


