En el corazón de Misiones, entre la espesura verde y el aliento dulce de la tierra colorada, hay sitios donde la historia se confunde con la leyenda y la realidad se viste de prodigio. Así es Leandro N. Alem, una ciudad mágica que cada diciembre es epicentro de la Fiesta Nacional de la Navidad del Litoral, una celebración que ha madurado durante treinta años y que, como todo lo bueno, ha conocido crisis, renacimientos y la obstinación de quienes creen que la esperanza y la fe también es parte de una construcción colectiva que se renueva en cada generación.
Una sucesión de luces rojas, verdes y blancas dibuja un recorrido de asombro hacia el predio donde se realiza el evento, que comenzó el sábado y por el que ya transitaron cerca de 48.000 personas en los tres primeros días, según estiman los organizadores.

Durante la inauguración, el intendente Matías Sebely –hombre de verbo claro y un ferviente emprendedor que estudió abogacía– proclamó que “Alem es Navidad todo el año, pero cuando diciembre llega, la ciudad se vuelve el corazón del país”, y su frase quedó flotando entre el murmullo de los presentes, como una promesa cumplida. A su lado, el gobernador Hugo Passalacqua, testigo y partícipe de la transformación, sonrió con el gesto sereno de quien comprende que la fiesta es mucho más que un festejo: es identidad, es historia y es porvenir. El corte de cinta, frente a la multitud, marcó el inicio de ocho jornadas de celebraciones, espectáculos y encuentros gastronómicos.
El alcalde, que sabe medir el peso de las palabras, lo dejó claro ante los suyos: “Hoy festejamos la llegada de Cristo, en tiempos de crisis y en tiempos de esperanza siempre debemos tener presente a Cristo. Además, celebramos los 30 años de esta fiesta de la navidad y el hecho de que la Cooperativa Tabacalera donó el predio de forma permanente para que lo podamos usar”.

No hay Navidad sin mezcla de tradiciones, esta localidad es un buen ejemplo. El predio es un mosaico: estatuas angelicales y guiños al imaginario papanoelesco, con renos, duendes, bastones de caramelo y unas carrosas labradas de manera artesanal. También hay un “Gaucho Noel” que baila chamamé bajo la luna, mientras familias enteras buscan el brillo cristiano o la maravilla nórdica y los artistas van convirtiendo la noche en espectáculo. Por ejemplo, durante la noche de la inauguración Sandro revivió en la voz de Culto Gitano y Coki Ramírez puso el broche a una jornada donde la emoción se palpó.
Este año, además, el acceso es totalmente libre y gratuito. Una decisión que Sebely defiende como símbolo de un “nuevo modelo de sustentabilidad”, pensado para facilitar el ingreso de todos y ampliar las oportunidades de consumo para las familias. “Con la entrada libre esperamos recibir a más de cien mil visitantes que podrán recorrer la gran feria navideña”, explica, convencido de que la fiesta no solo une, sino que también multiplica las posibilidades para comerciantes y emprendedores locales.

Quienes desean entender el origen de la Fiesta Nacional de la Navidad deben remontarse a 1995. En ese entonces, bajo la iniciativa de Carlos Alberto Jarque, Alem decidió abrir sus puertas a todas las comunidades religiosas, convirtiendo la Navidad en un motivo de encuentro y celebración diversa. Las primeras ediciones fueron sencillas: coros de música cristiana alternados con teatro y devoción popular. El evento creció junto a la ciudad, y en 2011 el festival resurgió con una Comisión Organizadora que supo convocar a escuelas, cooperativas, asociaciones y templos; el contador Marcelo Horacio Dacher presidió el renacimiento, sumando voluntades y talentos.
El salto definitivo se produjo el 6 de diciembre de 2013, cuando la Resolución Nº 508 del Ministerio de Turismo de la Nación —tras su aprobación en el Congreso— consagró a la fiesta con el rango de nacional. Desde entonces, Alem es referencia y refugio: miles de turistas cada año, decenas de artistas, talleres de manualidades y un predio que respira historia y futuro.


En el centro de la celebración, inevitable y entrañable, se alza la figura de Papá Noel. Pero aquí, en Alem, ese personaje es mucho más que una imagen extranjera. Su historia comienza en Patara, Turquía, con Nicolás de Bari, el obispo generoso que repartía obsequios y bendiciones a los necesitados. Su fama cruzó fronteras y siglos, hasta transformarse en Santa Claus, Viejito Pascuero, Padre Hielo o como se lo denomine en cada región. La imagen moderna —el hombre de barba blanca y traje rojo, trineo y renos incluidos— es una creación americana, pero el espíritu es universal: cada niño que sueña, cada familia que se reúne conecta con un mito ancestral de bondad y esperanza.

Papá Noel, cuya residencia oficial se disputa entre el Polo Norte y Laponia, Finlandia, es en Alem el portador de un mensaje simple y profundo: la Navidad es tiempo de dar, de compartir, de practicar la generosidad. En el predio todo es mágico, hay duendes que fabrican juguetes, la señora Noel acompaña y la fantasía se entrelaza con la historia, mientras las familias escriben cartas y depositan deseos bajo el árbol. Qué hubiese pensado Gabriel García Márquez al ver tantas formas e interpretaciones de una celebración en un solo lugar.

Alem, la ciudad encantada
La Fiesta Nacional de la Navidad en Leandro N. Alem es, en última instancia, la prueba de que la magia existe y puede organizarse. Bajo el manto de luces, entre la música y las carrozas, la ciudad demuestra que la identidad es una labor compartida y la memoria, una tarea constante.
El evento impulsa el turismo, dinamiza la economía local y, sobre todo, fortalece los lazos comunitarios. “La Navidad en Alem no se vive, se comparte”, repite Sebely, subrayando el valor de una tradición que supera lo individual y se convierte en legado colectivo.

Alem, ciudad mágica, sigue su rito hasta el 28 de diciembre. Entre el bullicio de los niños, el trabajo invisible de miles y la fe de una comunidad, la Navidad se renueva y se despide, dejando en el aire la certeza de que, en Misiones, hay un lugar donde los milagros se celebran a cielo abierto y el futuro se construye entre luces y villancicos. A medida que el cielo se cubre de estrellas y la música acompaña el cierre de cada jornada, uno entiende que aquí, en Alem, la Navidad es eterna porque vive en cada corazón dispuesto a creer.
