La historia de Noelia Castillo Ramos tuvo un punto de quiebre definitivo la noche del 4 de octubre de 2021. Ese día, en medio de una profunda crisis personal, la joven tomó una decisión extrema: se arrojó desde el balcón de un quinto piso. Sobrevivió, pero las consecuencias fueron irreversibles. Desde entonces, quedó con paraplejia completa.
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A casi cinco años de aquel episodio, su propio relato permitió reconstruir con crudeza qué ocurrió en los minutos previos. Hubo una llamada, una despedida y un vínculo que, incluso en ese momento límite, se mantuvo intacto: el de su madre.
“Tuve una llamada con mi madre y le dije que no podía más, que tal y no puedo más con mi vida, que estoy harta. Le explicaba cómo me sentía e hicimos videollamada. Estaba en la barandilla. Le estaba diciendo a mi madre que adiós”, recordó Noelia en una entrevista reciente

La última llamada antes del vacío
Ese contacto fue el último gesto antes de arrojarse. Según su testimonio, su madre fue la única persona de la que se despidió esa noche. Del otro lado de la pantalla, Yolanda asistió, impotente, a una escena que con el tiempo se volvería imposible de borrar.
Desde entonces, la relación entre ambas se transformó en un sostén clave. Incluso en medio de las diferencias respecto a la decisión final de Noelia, el vínculo se mantuvo firme.
“Mi madre me ha estado escuchando, me ha estado apoyando en todo este tiempo. Si ha reaccionado con pena, tristeza y tal, pero no obstante, siempre ha estado a mi lado”, aseguró la joven en el programa “Y ahora Sonsoles”, de Antena 3.
Un después marcado por el dolor
El intento de suicidio no solo dejó secuelas físicas permanentes. También consolidó una decisión que, según ambas, nunca cambió desde entonces: la voluntad de Noelia de no seguir viviendo.
Para su madre, en cambio, esos casi cinco años estuvieron atravesados por la esperanza de un giro inesperado. “He estado rezando y pensando, bueno, a ver si ella en el último momento dice ‘me arrepiento’”, expresó.
A pesar de su postura en contra de la eutanasia, Yolanda sostuvo su acompañamiento incondicional. “Yo no estoy conforme con la eutanasia, desde luego que no estoy conforme, pero siempre voy a estar a su lado hasta el último momento, hasta donde ella me permita”, dijo.
Ese acompañamiento se tradujo en gestos concretos y cotidianos. “Paso con ella dos, tres y cuatro horas por teléfono”, contó la mujer. Y Noelia completó: “Mi madre me viene a ver una vez a la semana y en transporte público viene a verme todas las semanas”.

El inicio de un camino sin retorno
Aquella noche de octubre no solo marcó un antes y un después en su cuerpo, sino también en su historia. Desde ese momento, Noelia comenzó a transitar un camino que la llevó, poco tiempo después, a solicitar la eutanasia, algo en contra de la voluntad de su padre, quien siempre se opuso a esa medida.
El salto, la supervivencia y las secuelas definieron un nuevo escenario en el que el dolor —físico y emocional— pasó a ser parte central de su vida cotidiana.
Hoy, su historia vuelve a generar impacto no solo por su desenlace, sino también por ese instante inicial, íntimo y devastador, en el que una joven, parada en una barandilla, eligió despedirse de su madre antes de caer al vacío.
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