Valentín Yankelevich aprendió desde chico que la vida puede cambiar en un instante. Pero también entendió que los sueños, cuando se sostienen con trabajo y paciencia, encuentran su momento. Hoy ese momento llega en forma de debut en el TC2000, la categoría que siempre miró con admiración y en la que imaginó, más de una vez, verse algún día.

Tiene 23 años, un apellido que forma parte de la cultura popular argentina y una pasión que decidió construir lejos de los sets y los reflectores. El automovilismo no fue herencia: fue elección. Una elección que fue creciendo en silencio, alimentada por el esfuerzo y también por un recuerdo permanente que lo acompaña en cada paso. Porque en cada logro, en cada desafío nuevo, hay una presencia que -según él mismo dice- nunca dejó de estar.
Esa presencia tiene nombre propio: Romina Yan, su madre. Y aunque el tiempo haya pasado, su figura sigue ocupando un lugar especial en el corazón del público y, sobre todo, en la vida de su hijo. Valentín no habla desde la nostalgia dolorosa, sino desde la certeza. “Yo creo que mi mamá estaría muy orgullosa de mí. No tengo ninguna duda que está muy orgullosa de mí... La siento muy presente todos los días y sé que está muy feliz por mí”, le dice a GENTE con una calma que conmueve.
Correr a más de 250 km/h no es un capricho adolescente ni una aventura pasajera. Es una decisión que fue creciendo en silencio, alentada por su abuelo, el productor Gustavo Yankelevich, que entendió que el automovilismo podía convertirse en refugio y motor.
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Después de la pandemia, Valentín se animó al karting. En 2024 probó por primera vez un auto de TC2000 y sintió que ese habitáculo era, de algún modo, su lugar en el mundo. En 2025 completó su primera temporada en el Turismo Carretera 2000. Y ahora, en 2026, la historia da un giro que tiene algo de épico y algo de íntimo: será piloto oficial de Toyota en la categoría más avanzada del país.
“Estoy muy feliz y muy orgulloso de debutar en el TC 2000. Es un sueño cumplido y hacerlo nada más ni nada menos que de la mano de Toyota es un enorme honor para mí”, dice con una serenidad que contrasta con la velocidad que lo espera en pista.
El TC2000 no es una categoría más. Desde 1979, se convirtió en un laboratorio de talento y tecnología. Por sus filas pasaron nombres que forman parte de la historia grande del automovilismo argentino, como Juan María Traverso, Ernesto Bessone, Miguel Ángel Guerra, José María López, Agustín Canapino y Matías Rossi, actual campeón.

Desde lo técnico, es la categoría más avanzada de la región: SUV equipados con motores de 500 caballos, neumáticos especiales y una aerodinámica con efecto suelo que los convierte en los autos más rápidos del país. Es un escenario exigente, competitivo, sin margen para improvisaciones. Y ahí quiere estar Valentín.
“Va a ser un gran año. Voy a tomármelo con calma, pero estoy seguro que los resultados van a venir. Ojalá poder pelear lo más alto del campeonato este año”, afirma Valen, que se pondrá detrás del volante de un Toyota Corolla Cross GR-S, el modelo que fue referencia el año pasado. Sus palabras no suenan a promesa grandilocuente, sino a objetivo medido. Sabe que el apellido puede abrir puertas, pero también que cada décima se gana en pista.
Por eso insiste: “Es una gran oportunidad para demostrar de lo que estoy hecho y de demostrarle a la gente que merezco estar donde estoy”. En un ambiente donde los resultados hablan más fuerte que cualquier historia personal, el mérito es la única moneda válida.

Compartirá estructura con Matías Rossi, seis veces campeón en la especialidad. Lejos de intimidarlo, lo interpreta como una oportunidad de crecimiento. Aprender al lado de uno de los referentes de la categoría es, también, parte del desafío.
Pero más allá de la competencia y de los números, lo que atraviesa su relato es otra cosa. No hay dramatismo ni golpes bajos. Hay gratitud. “Es un sueño cumplido gracias al trabajo y al esfuerzo realizado”, resume. Y en esa frase está condensado el proceso: horas de entrenamiento, adaptación a autos cada vez más potentes, aprendizaje técnico y mental.
Para aquellos que lo vieron crecer indirectamente a través del recuerdo de su madre, esta nueva etapa en su vida tiene un componente simbólico. Porque Valentín tomó un camino distinto al artístico. No hay guiones ni escenografías, sino boxes, ingenieros y estrategias de carrera. Sin embargo, en su manera de hablar hay una sensibilidad que conecta con esa historia familiar.

No corre para reemplazar un legado ni para escapar de él. Corre para construir el propio. Y en ese recorrido, el recuerdo de su mamá no es una carga: es impulso. “Ella me acompaña cada vez que estoy arriba del auto y ella va a estar conmigo”, afirma. Y esa frase, lejos de buscar conmover, explica mucho más de lo que parece.
En un deporte donde todo se mide en milésimas, hay cosas que no entran en el cronómetro. Valentín Yankelevich empieza a escribir su historia en el TC2000 con la convicción de que el esfuerzo lo trajo hasta aquí.
Cuando se baje el visor y el mundo exterior desaparezca, quedará el ruido del motor y una certeza íntima: no corre para escapar del pasado, corre acompañado por él. Y en cada largada, cuando el semáforo se apague, habrá algo más fuerte que los 500 caballos empujándolo hacia la meta...
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