El jueves 26 de marzo, a las 18:00, en el Hospital‑Residencia Sant Camil de Sant Pere de Ribes, Barcelona, se cumplió el deseo de Noelia Castillo: recibir la prestación de ayuda para morir tras 601 días de espera, con los protocolos que marca la ley española y el acompañamiento de un equipo sanitario designado. La noticia fue confirmada luego de que los tribunales españoles y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) rechazaran los últimos intentos de frenar el procedimiento.
Los últimos momentos de la joven de 25 años quedaron registradas a cámara y también en crónicas que siguieron minuto a minuto el final de su recorrido: “Por fin puedo descansar”, fue una de las frases que mayor impacto generó. Noelia lo dijo con serenidad al explicar que tras dos años de litigios su decisión no había cambiado, que el dolor físico y el desgaste mental eran ya imposibles de sostener. En el mismo bloque de definiciones insistió en “quiero irme ya en paz y dejar de sufrir”, la frase con la que ordenó públicamente el sentido de su despedida.
El contexto judicial fue clave para entender el momento en el que pronunció esas palabras. Con el rechazo del Tribunal Europeo de Derechos Humanos a paralizar el procedimiento —y la vía interna ya agotada— quedó despejado el camino para que la prestación se realizara a las 18:00 en el Sant Camil (Sant Pere de Ribes, Barcelona). Ese mismo jueves por la tarde, medios de referencia confirmaron el fallecimiento tras la aplicación del protocolo sanitario.
En su última entrevista televisiva, grabada en la casa de su abuela y emitida en la víspera, Noelia puso en palabras el agotamiento que la acompañaba desde 2022 —año del intento de suicidio que le provocó una paraplejia y dolores crónicos— y trazó el contorno de una despedida sin familiares en la habitación, en su “zona de confort”, con sedación y una estética mínima. Allí también delimitó sus límites íntimos: no quería que su madre estuviera presente en el momento final.
Que la autonomía de Noelia quedara en el centro del expediente no fue casual: la Comisión de Garantía y Evaluación y los tribunales españoles habían ratificado su capacidad y el encuadre legal de su caso (padecimiento grave, crónico e imposibilitante) antes de que Europa desestimara suspender el proceso. En esa secuencia, su “por fin puedo descansar” fue leído como la verbalización de un cierre: administrativo, judicial y personal.
Mientras adentro se cumplía su voluntad con los protocolos de la Ley Orgánica 3/2021, afuera se reproducían los ecos de su historia: vigilias y rezos, una rueda de prensa de sus opositores y un debate que trascendió fronteras. Pero, de todas las frases dichas en torno a ella, las que sobrevivieron al ruido fueron las suyas: descansar y paz. Lo había repetido con la llaneza de quien no busca convencer, apenas decir. Y, cuando llegó la hora, eso —su decisión— fue lo que la Justicia escuchó.
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