Buceando por cientos de miles de documentos filtrados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, el consumo cultural de Jeffrey Epstein (1953-2019) no sólo devela sus obsesiones. También el mapa mental de un depredador sexual que todo lo convertía en transacción.
Primero construyó su red de influencias, luego armó un club VIP en su Isla –algunos lo definen con tintes masónicos– y, casi como si fuera un negocio más –las chicas eran un activo permanente–, lo "escaló" a un oscuro esquema de explotación de menores destinadas para satisfacer su goce y el de sus aliados. Una red de favores que a él, como perfecto manipulador y psicópata, le cerraba por todos lados.

Interesado en los posibles "viajes en tiempo" y la idea de prolongar su vida gracias a la ciencia, sentó en su mesa y mantuvo enérgicos intercambios por mail con científicos como Marvin Minsky, autor de libros como La sociedad de la mente, y con Robert Trivers, prestigioso biólogo evolutivo, con quien discutió acerca de las personas trans y la posibilidad de intervenir hormonalmente a niños.
Además de escribirse con la "big tech" mundial (de Mark Zuckerberg y Elon Musk, a Peter Tiel, el empresario más influyente de Silicon Valley, quien persigue la inmortalidad) no quedaron afuera de su círculo cineastas discutidos (Woody Allen) ni filósofos (Noam Chomsky). Incluso tenía el aval del gurú espiritual Deepak Chopra. Lo que se dice, un nutrido despliegue entre supuestos prestigio y legitimidad.

Mientras en las redes se debate qué tan surreal es que quienes controlan el mundo hayan hecho rituales satánicos o practicado canibalismo –sí, también circulan acusaciones de antropofagia, pero no hay nada que lo confirme–, analizamos una de las bibliotecas del financista que revela desde rastros de su maquiavélica visión a los temas que no lo dejaban dormir.
Vale aclarar que las mencionadas no son las únicas teorías que rondan alrededor del depredador sexual que primero captaba menores con un plan digitado: desarrollar sus estudios y sus intereses ofreciéndose como su mecenas –según el caso de que se dedicaran al arte; muchas de ellas lo hacían–, para luego convertirlas en sus esclavas en su Isla privada en el Caribe. Un "entorno de ensueño", con lujos y excesos a partes iguales, que sus víctimas describieron como una "jaula de oro" de la que no podían escapar.

Las obsesiones de Epstein y los libros que construyen la narrativa del personaje
En las últimas horas comenzó a circular un documental en el que una sobreviviente de Epstein salió a hablar acerca de la fascinación del financista por "la cultura otomana y la cultura del harem". Se trata de Rita Oh, una aspirante a artista que conoció al magnate en 2000 y relató que Epstein insistía en tener un hijo con ella (le decía que era la" favorita de su harem") y que le "lavaba la cabeza con la idea de tener relaciones poligámicas".

Fue esta misma víctima –también entrevistada en canales como CNN– quien contó que Epstein se veía a sí mismo "como un sultán con un centenar de esclavas" y que "estaba obsesionado con la eugenesia y la crianza selectiva". Para más, Rita Oh explicó que otra sobreviviente con la que pasó muchas horas le describió "lo que él llamaba un laboratorio de clonación".
Mientras algunos usuarios aseguran que estas afirmaciones son parte de una "ficción conspirativa de fans" –así como las especulaciones que sugieren que Epstein continúa vivo y se mueve bajo una nueva identidad–, algo de todos esos temas se replica en las lecturas que guardaba en su biblioteca en el Upper East Side de Manhattan, en un antiquísimo mueble cercado por sillones de terciopelo atigrado que hacían juego con el leopardo disecado que custodiaba su oficina.

Zoomeando en la fotografía que forma parte de las imágenes liberadas entre millones de documentos aparece algo más que decoración: un interesante repertorio de intereses concentrado en poder, economía global, diplomacia, riesgo existencial, estrategia y fin del mundo.
En Our Final Hour, el cosmólogo Martin Rees argumenta que el siglo XXI presenta riesgos existenciales derivados de la biotecnología, la inteligencia artificial y el terrorismo nuclear, combinando estadística de probabilidad con escenarios científicos plausibles. Y plantea una pregunta crucial que hoy resuena más que nunca: ¿Sobrevivirá la humanidad al siglo XXI?.
A su lado, Ice Ages, de John y Katherine Imbrie, explora los ciclos glaciales a partir de datos paleoclimáticos y variaciones orbitales (ciclos de Milankovitch). Ambas obras comparten una premisa: los sistemas complejos –climáticos o tecnológicos– responden a variables acumulativas que pueden desatar consecuencias irreversibles.

Física, capitalismo y su buen amigo Bill Clinton, entre las fiestas y las obras de arte
También asoman títulos que refuerzan la obsesión por los sistemas complejos. A New Kind of Science, de Stephen Wolfram, plantea que reglas computacionales simples pueden generar estructuras de enorme complejidad; Gravitation, de Charles W. Misner, Kip Thorne y John Archibald Wheeler, es el tratado canónico sobre relatividad general; y The Elegant Universe, de Brian Greene, divulga la célebre teoría de cuerdas y la búsqueda de una ley unificada.
Física teórica y complejidad computacional como espejo de un interés persistente: descifrar las reglas invisibles –financieras, de explotación o cósmicas– que ordenan (y desordenan) el mundo.

El interés por el funcionamiento del capitalismo contemporáneo también se proyecta en How Did We Do That?, donde el periodista financiero Roger Lowenstein reconstruye la crisis de 2008 a partir de hipotecas subprime, derivados y la caída de Lehman Brothers. El libro es una autopsia del exceso financiero: apalancamiento extremo, fallas regulatorias y contagio global. La pregunta que sobrevuela –cómo un sistema sofisticado se autodestruye– dialoga con otra constante en los estantes de la biblioteca: comprender la arquitectura para anticipar sus grietas.
En clave satírica, pero igualmente económica, figura Eat the Rich, donde P. J. O’Rourke viaja por distintos países para comparar modelos de desarrollo y concluir que el capitalismo liberal, con todos sus defectos, genera mayor prosperidad que los experimentos estatistas. El recorrido mezcla datos de crecimiento, inflación y productividad con humor político. El resultado es una defensa pragmática del mercado como sistema.

No todo es economía: también aparece entre las lecturas High Crimes and Misdemeanors, de Ann Coulter, un libro publicado en 1998 en el clímax del escándalo entre Bill Clinton y Monica Lewinsky, que resulta ser un alegato jurídico y político a favor del impeachment o juicio político para destituir funcionarios... Sí, y se decía amigo de Clinton. Y también fue encontrada en su mansión la obra de arte que veremos a continuación y figura entre los archivos desclasificados.

Sus libros, su arte, su ambientación siniestra revelan (casi en capítulos, porque no paran de aparecer imágenes que desnudan algo más) fragmentos del personaje público que a veces nos es difícil creer porque raya lo inverosímil. Dejó rastros de todo en miles de mails, se escudó en nombres famosos y quedó expuesto totalmente tras su arresto en 2019. Sus consumos, su estilo de vida, su visión maquiavélica y sus mansiones blindadas encajan con la narrativa de control que quedó al descubierto con la red de tráfico de menores.
Epstein cultivaba la imagen de financiero sofisticado con interés en ciencia, filantropía y think tanks a la vez. Hacía "fiestas locas" y era amigo del poder. Nadie podría sospechar de alguien así. Él mismo ponía en duda de que alguien se fuera a creer "las historias de abusos".
La biblioteca respalda esa puesta en escena: capital intelectual como capital simbólico. Saber técnico como escudo social. Agenda desbordada que respaldaba al personaje con el que todos se querían reunir. El mensaje implícito es claro: entender el tablero y jamás ser el peón.
Nuevas imágenes: los set siniestros en las mansiones Epstein










Fotos: Departamento de Justicia de Estados Unidos.
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