Por qué Noelia Castillo pidió que su madre no estuviera presente al momento de la eutanasia – GENTE Online
 

Por qué Noelia Castillo pidió que su madre no estuviera presente al momento de la eutanasia

La joven catalana de 25 años explicó en TV que eligió despedirse a solas y reveló el pedido de su mamá de acompañarla “como cuando la vio nacer”.
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La frase aparece sin rodeos y sintetiza una decisión íntima que no admite negociaciones: “Mi madre me dijo que ella, igual que me ha visto nacer, me quiere ver cerrar los ojitos… y la respuesta es no”. Noelia Castillo, 25 años, lo dijo en su única entrevista pública antes de recibir la eutanasia, grabada para el programa Y ahora Sonsoles (Antena 3). Con serenidad, explicó que desea afrontar ese minuto final sin la presencia de su mamá, aun entendiendo el dolor que provoca en su entorno. “Quiero irme en paz y dejar de sufrir”, agregó.

La escena tiene otra capa: en ese mismo reportaje, Noelia contó que, tras casi dos años de idas y vueltas judiciales, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos rechazó el último intento de su padre por frenar el procedimiento, dejando el camino despejado para que la prestación se concrete. Esa resolución llegó después de que los tribunales españoles confirmaran que cumplía los requisitos legales y que su voluntad era libre, consciente e informada.

Detrás de su decisión de morir sin su madre al lado hay, por un lado, un trazo emocional nítido —la necesidad de que ese cierre ocurra con la mínima interferencia posible— y, por otro, el marco sanitario en el que se desarrolla la eutanasia en España. La ley vigente (Orgánica 3/2021) contempla un proceso clínico y administrativo con controles secuenciales: evaluación de la solicitud, verificación de la capacidad de decidir y revisión por una Comisión de Garantía y Evaluación. La práctica se realiza en un ámbito asistencial —hospital, domicilio o residencia sociosanitaria— y a cargo de un equipo sanitario designado. En ese guion, el rol protagónico no lo tiene la familia, sino la persona solicitante y el cuerpo profesional que garantiza que todo ocurra bajo los estándares legales y clínicos.

Noelia eligió el lugar: su residencia sociosanitaria. En su entrevista contó que quería que la sedaran y que la inyección se aplicara en la habitación donde se siente “más protegida”, su “zona de confort”. El énfasis está puesto en conservar esa mínima intimidad que le dio contención en los últimos meses, una idea que dialoga con la lógica de la ley: el procedimiento se planifica de modo que el paciente esté cómodo, debidamente informado y acompañado por el equipo médico responsable.

El contrapunto, sensible, fue la voz de su madre. En los días previos, la mujer señaló en entrevistas y videos su desacuerdo con la eutanasia y, a la vez, su decisión de acompañar a su hija “hasta el final”. También desmintió versiones sobre el cuadro clínico de Noelia y se mostró herida por la exposición pública. Es en ese terreno, entre el amor y el desacuerdo, donde se entiende el impacto de la negativa de Noelia: elegir despedirse a solas no implica negar el vínculo, sino reservar ese momento último a un deseo personal que fue validado legal y médicamente.

No quiero ser ejemplo de nadie; es mi vida”, dijo también Noelia, marcando un límite a la idealización o al uso político de su historia. Contó que ningún familiar estaba de acuerdo con su decisión y que, aun así, su convicción se mantuvo intacta desde el primer día. La Justicia, tanto en España como en Estrasburgo, le reconoció esa autonomía y priorizó su voluntad frente a la objeción familiar. Ese es uno de los puntos neurálgicos del debate: en el marco español, el consentimiento del paciente —verificado y reiterado— y el cumplimiento de criterios clínicos claros son determinantes; la oposición de terceros, por dolorosa que sea, no tiene poder de veto sobre el derecho personal a la prestación.

En paralelo, Noelia dejó otra definición que ayuda a entender por qué la presencia de su madre no encajaba en su despedida: “Quiero morirme mona. Siempre he pensado que quiero morirme guapa”. Lo dijo con la naturalidad de quien piensa en un vestido, un maquillaje sencillo y una habitación conocida. La escena, casi doméstica, funciona como antídoto contra la espectacularización: ese instante no le pertenece a la televisión ni a la polémica, sino a su propio deseo, al cuidado del equipo sanitario y a la calma que, por fin, siente cercana.



 
 

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