A 57 años de la primera operación de corazón en Argentina, la hija del doctor Miguel Bellizzi revive aquella proeza: "Él abrió camino en la medicina de manera revolucionaria" – GENTE Online
 

A 57 años de la primera operación de corazón en Argentina, la hija del doctor Miguel Bellizzi revive aquella proeza: "Él abrió camino en la medicina de manera revolucionaria"

El 31 de mayo de 1968, un joven doctor nacido en Villa del Parque conectaba el órgano de Emilio Tomasetti, de 46 años y recién fallecido, con el cuerpo de Enrique Serrano, de 54. Un momento fundacional cuyo derrotero Revista GENTE hoy memora con su orgullosa hija Álida.
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"Siento una profunda gratitud de que Revista GENTE recuerde a mi papá", dice con la emoción a flor de piel y de pupilas Álida (50) desde su pequeño departamento en el casco urbano de la ciudad de La Plata, al que acaba de mudarse con las pertenencias de cualquier humano normal, pero a la vez con cinco cuadros que le recuerdan a cada paso las manos que los pintaron. Y no sólo porque son la de su progenitor, fallecido hace treinta y tres años, si no porque con aquellas mismas manos, el 31 de mayo de 1968, Miguel Bellizzi consumaba una proeza: efectuar el primer transplante de corazón en Argentina.

Y de eso parece querer hablar Álida cuando menciona la palabra "gratitud", porque -continúa ella- "papá ha sido sin dudas un ser con una luz arrasadora y con la misión irrefrenable de romper estructuras que necesitaban transformarse para dar paso a la evolución humana. Él abrió camino en la medicina de manera revolucionaria para nuestro país, contando con pocos recursos y haciendo camino al andar. Y eso requiere formación, esfuerzo, inteligencia, fuerza, pasión, valentía y amor por el prójimo. Todos valores dignos de ser replicados en nuestra vida, sea cual sea el lugar que uno ocupe", redondea quien comparte su profesión de psicóloga con su condición de integrante del Equipo Técnico de Asesores a Jueces de la Suprema Corte de Justicia en el Palacio de Tribunales de la Provincia de Buenos Aires, y quien a la vez, con su testimonio, nos da pie para contar en tono de crónica periodística la asombrosa experiencia que encabezó su inolvidable padre.

Bellizzi en plena intervención, junto a su equipo.

En un intento desesperado por salvar la vida de Enrique Serrano, la cirugía se inició a las 04:25 AM y duró hasta las 06:58. Previamente, a las 21:45, ante la cama 23 de la sala 15 del Hospital Ramos Mejía, la señora Isabel Julia Perotto había autorizado el traspaso del corazón de su esposo, Emilio Tomasetti, declarado clínicamente fallecido. Veinte minutos después, el primer hombre cuyo corazón había sido donado en Argentina, marchaba en la ambulancia classic chapa B 102750 desde Capital Federal hacia la Clínica Modelo de Lanús, en Avenida Pavón 4835. Adentro, el equipo del doctor Miguel Bellizzi, con él a la cabeza, aguardaba ansioso el comienzo de la intervención. Incluso de madrugada, la policía debió cortar el tránsito.

El frente de la Clínica Modelo de Lanús. En un círculo, el sector del quirófano.

El médico nacido un 30 de octubre de 1926 en Villa del Parque acababa de emular lo hecho casi seis meses antes -el 3 de diciembre de 1967- por el sudafricano Christiaan Barnard, en la Ciudad del Cabo, cuando efectivizó el primer trasplante de corazón del planeta (a Louis Washkansky, que perecería diecisiete días después). Desde entonces sólo se habían llevado a cabo 18 intervenciones similares: la de Bellizzi fue la primera de nuestro país, la segunda en Latinoamérica y la decimoctavo del mundo.

Los aplausos tras la operación.
Entre los médicos que secundaron a Bellizzi estaban Héctor Ruggiero, Eduardo Mouzo, Santiago Claros y Hércules Ángel Rúa, a la vez director de la clínica.

La intimidad de la cobertura de GENTE, inédita para aquellos tiempos, recuerda en sus páginas: “Bellizzi arrojó la cabeza hacia atrás y se detuvo con un gesto de asombro. Casi gritó cuando se abalanzó hacia una señora de pelo blanco, tapado oscuro y anteojos que lo miraba con una sonrisa grandota de satisfacción. Era Albina Irizziti, madre del cirujano. El médico pareció aislarse de todos. Sólo dijo: ‘Mamá…, mamá…, vos acá’ y lloró sin vergüenza, con humildad, como un niño”.

Las condiciones generales del paciente son satisfactorias. Tiene una presión arterial de 13 de máxima y las pulsaciones golpean fuerte a quince por minuto. Por ahora la respiración será asistida mecánicamente. El ritmo del corazón es el propio del corazón implantado, con un electro normal. El paciente está inconsciente (Bellizzi, con una barba de 36 horas, informando a la prensa)

La madre del doctor, felicitándolo al final de la intervención.

Al margen de la emoción inicial, el paciente (Serrano) dejó de existir el martes 4 de junio a las 2:45 de la madrugada por una embolia cerebral, pero su organismo no rechazó el órgano trasplantado. Por eso aquel procedimiento fue considerado un éxito que abrió caminos en nuestro país.

Miguel, el hijo del doctor Bellizzi, actualmente.

"Dotado de una gran habilidad quirúrgica y sobre todo de un coraje profesional sin fisuras, él asumió un riesgo sin precedentes en el país. Lo hizo en dos oportunidades y, paradójicamente, significó el final de los trasplantes cardíacos en nuestra patria a lo largo de doce años. Pero, ¿por qué sucedió?", se pregunta hoy Miguel Bellizzi hijo (70), reviviendo el aniversario número 57 de la intervención.

"La respuesta es simple -responde-: mientras mi padre era sometido a una persecución judicial de más de diez años, que como era de esperar terminó en la nada, en el resto del mundo los trasplantes eran cada vez más frecuentes y los resultados mejoraban día a día. Recién en 1980 el doctor René Favaloro retomó la iniciativa con éxito. Ya nadie podía cuestionar tal necesidad. La otra gran pregunta que surge es cuántas vidas de argentinos se perdieron por la necedad y poca visión de algunos, y estoy siendo mesurado con los adjetivos", manifiesta.

Miguel Bellizzi padre e hijo.

"Lo cierto fue que el 31 de mayo de 1968 -continúa el caballero de pelo entrecano- un evento revolucionó a la sociedad: se había efectuado el primer trasplante cardíaco de nuestra historia. Me enteré durante un recreo en el patio escolar del Liceo Militar General San Martín. Un profesor se acercó a mí y me felicitó. En ese momento pude percibir la importancia de lo que acababa de escuchar. 49 años después tuve el honor, ya siendo cirujano cardiovascular y con más de cuatro décadas de profesión, de participar como disertante en un simposio por el medio siglo desde el primer trasplante cardíaco en el mundo. Mi tema se titulaba 'Primer trasplante cardíaco en Argentina. Dr. Miguel Bellizzi: la lucha de un pionero'. Un momento de altísimo voltaje emocional en el que pude hacer una semblanza de un ser humano que fue mucho más que mi padre", dice. Y añade:

El día del trasplante vino un señor a mi casa y me ofreció cien millones de pesos por darle exclusividad en tres cosas: que le permitiera tener a un periodista durante la cirugía, que pudiera filmar una película y que le dejara tomar todas las fotografías que él quisiera. ¿Qué hice? Lo saqué rajando. Voy a decir más todavía: mi operación no fue la primera que se realizó gratis en la Clínica Modelo de Lanús (Miguel Bellizzi)

Bellizzi en la tapa de GENTE que contó aquella historia un tanto olvidada en el tiempo.

Para cerrar, Miguel, que es cirujano cardiovascular como su padre, concluye: "Hoy el trasplante cardíaco es una práctica habitual en niños y adultos, con infinidad de historias de vidas salvadas. Desde esta perspectiva la figura de Miguel Enrique Bellizzi, fallecido tempranamente a los 65 años por una neumonitis que contrajo trabajando en su querido Hospital Ramos Mejía, sólo puede ser considerada como la de un verdadero héroe de la medicina nacional". 

Bellizzi junto a su mujer Alicia y el sudafricano Christiaan Barnard, quien había realizado el primer trasplante de corazón de la Historia.

Separado de Elena Hilda Absi, Miguel Bellizzi era hijo de Domingo, un empleado de ferrocarriles, y Albina, ama de casa; padre de Miguel y Daniel, y esposo de Alicia, a quien conoció cuando ella era maestra en el Hospital de Clínicas y con quien además fue padre de Álida. Graduado en la Universidad Nacional de Buenos Aires, viajó a Estados Unidos, donde se perfeccionó con célebres cardiólogos como Michael DeBakey, Denton Cooley, Stanley Crawford y Norman Shumway, siendo diplomado en diversos establecimientos de prestigio.

Un dibujo, a tiza y pizarrón, de aquel procedimiento inédito para nuestro país.

“Todavía no sé lo que es la fama. Tampoco me considero un héroe… Le juro que yo no esperé que todo esto armara tanto revuelo”, le señalaría a GENTE la semana siguiente al primer trasplante y meses antes de un segundo (el receptor murió a las veinticuatro horas, por una diátesis hemorrágica).

Figura nacional ya, en la foto junto a Alicia, su segunda mujer, y el legendario boxeador Ringo Bonavena.

Casi tres años después, añadiría en nuestras páginas: “De aquel tiempo me quedaron muchos excelentes amigos. Por lo demás, estoy tranquilo conmigo mismo. Yo nunca me puse límites en la acción. Uno, al fin y al cabo, es cirujano, y un cirujano no puede estar en contra de las soluciones violentas”, redondeaba el porteño en la edición 297 de GENTE del 1º de abril de 1971, sin imaginar (¿o sí?) que -como mencionara su hijo homónimo líneas arriba- pasaría una docena de años hasta que se consumara otro trasplante de corazón en Argentina: sería el 24 de mayo de 1980, en el Sanatorio Güemes, cuando René Favaloro y su equipo concretaron un reemplazo que le permitió una sobrevida de nueves meses a un paciente.

Junto al tanguero Edmundo Rivero.

Miguel Bellizzi, el hombre al que hasta el tanguero Edmundo Rivero y el boxeador Ringo Bonavena se acercaron a felicitar, fallecía a los 65 años, el 20 de noviembre de 1991, aún desempeñándose como jefe del Servicio de Cirugía Cardiovascular del Hospital Municipal Ramos Mejía. Solo, en un departamento que alquilaba, dueño de un auto y con poco dinero ahorrado pero con varias pinturas de su autoría, fruto de su amor por el arte y una habilidad manual que se había trasladado del bisturí al pincel.

Su hija Álida Bellizzi, hoy. Reside en un departamento de la ciudad de La Plata. Cinco obras de su padre pueden verse colgadas en las paredes. Es psicóloga y a la vez forma parte del Equipo Técnico de Asesores a Jueces de la Suprema Corte de Justicia, trabajo que ejerce en el Palacio de Tribunales de la Provincia de Buenos Aires.

"¡Qué difícil sintetizar tanto sentimiento y que se transforme en algo grande para todos y no solamente en la mirada amorosa de una hija! -retomamos la charla con Álida, la menor de los tres hijos de Bellizzi-... Bueno, lo intento -resopla, y lanza...-. Cuando nací, en 1975, ya habían pasado siete años del 'gran acontecimiento'. Por entonces papá se había topado con muchos obstáculos, no sólo a la hora de hacer trasplantes, que de por sí significaron enormes desafíos, sino también para seguir camino tras tal hazaña", señala.

Padre e hija.

Y avanza: "En lo personal, poco a poco comencé a sentir que algo grande me rondaba. Lo sentía en la calle: siempre lo saludaba mucha gente, y me la pasaba escuchando comentarios cargados de admiración hacia su persona. Incluso me viene a la mente una mañana de 1979, yo con tres o cuatro años, jugando con el chupetín/silbato Bola loca, cuando mis abuelos Milagros y Alfonso me sentaron arriba de la mesa para ver a papá en la tele. ¡Todo un acontecimiento! Recuerdo patente mi sorpresa soplando la pelotita y descubriéndolo en la pantalla chica".

Una de las obras de Miguel Bellizzi.
Otra de las pinturas del doctor que conserva su hija.

"También -memora- lo recuerdo cada mañana, desde las 5 AM, comprando el diario en el kiosco de una esquina del barrio de Once, cerquita del Hospital Ramos Mejía, donde cada persona que cruzaba lo saludaba con amor, admiración y respeto. O, apasionado como era, mientras recibía el café caliente de su secretaria Carmiña, escribiendo y dibujando en el pizarrón de su oficina, y explicando y aleccionando a su equipo, que lo acompañaba con admiración y avidez. Ni qué decirles lo que me generaba en el colegio, primero, y en la facultad, después, que los maestros y profesores me preguntaran al pasar la lista del presente si yo tenía algo que ver con el Dr. Bellizzi. 'Es mi papá', respondía a puro orgullo."

Meses después del trasplante, en su casa de Palermo.

"Entretanto, los fines de semana íbamos de ronda juntos por las clínicas y los hospitales para ver a sus pacientes recién operados -añade Álida- Con el tiempo descubrí su don, admiré su talento, disfruté su entrega y comprendí su grandeza, la de alguien que siempre priorizó el bienestar de todos, saltando con valentía las formas tan ridículas y estancas. Una valentía que ahora me guía. Porque papá sanaba corazones y yo también lo hago de otra manera desde mi lugar de psicóloga, igual que lo procuraba mi mamá, de quien heredé la profesión", redondea.

Lo recuerdo apasionado como era, mientras recibía el café caliente de su secretaria Carmiña, escribiendo y dibujando en el pizarrón de su oficina, y explicando y aleccionando a su equipo, que lo acompañaba con admiración y avidez. Ni qué decirles lo que me generaba en el colegio, primero, y en la facultad, después, que los maestros y profesores me preguntaran al pasar la lista del presente si yo tenía algo que ver con el Dr. Bellizzi. 'Es mi papá', respondía a puro orgullo" (su hija Álida)

Y Álida empieza a cerrar su homenaje:

"Aunque admito que a veces lo juzgué por su ausencia en mi niñez, su compañía en este plano -que duró hasta mis 16 años- me hizo admirar profundamente su pasión por la salud y por formarse y prepararse con una mirada enfocada en reparar, sanar y salvar vidas. Recordar a papá es importante para mi identidad y también para la de todos los argentinos", añade emocionada la hija de Miguel.

-¿Ése es el legado que le dejó su padre?

-Es el legado y mi herencia de mi vida. En mi profesión de psicóloga y como auxiliar de justicia también me toca avanzar y ayudar en la conformación de nuevas estructuras que acompañen la enorme y profunda transformación que a nivel mundial nos envuelve en estos tiempos. Como papá, intento asegurarme que estas nuevas estructuras lleven en su esencia corazón por sobre todas las cosas.

-¿Corazón, dice? ¿Justo corazón?

-Corazón, digo. Justo corazón.

Fotos: Grupo Atlántida y gentileza de Álida y Miguel Bellizzi
Diseño de portada: Silvana Solano



 
 

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