La siguiente producción se gestó, puso en marcha, desarrolló y publicó cuando la pandemia de coronavirus empezaba a querer hacerse a un lado en la vida de los argentinos (para el caso, aquella entrevista cara a cara entre ella y el periodista se consumó con barbijos puestos), y fue publicada precisamente cuatro años atrás, convirtiéndose no sólo en su primera nota y tapa de GENTE, sino, además en un formidable grito de identidad que pocos olvidaron y nunca se escuchó -o leyó- completo en revistagente.com… Bueno, hasta ahora.

¿La mejor excusa para republicarla? Podríamos justificarla en los incontables sold outs que protagonizó luego, en la explosión artística y personal que experimentó hasta convertirse mucho más que en un referente del rap. También, en el reciente estreno del videoclip Jujuy estrellado (que rinde homenaje a su tierra natal y a la magia de su carnaval) e incluso en la interminable lista de conciertos que viene comandando y cuya frenética inercia continúa este este fin de semana aterriza en el Movistar Arena de la ciudad de Buenos Aires con el Latinaje en vivo, para seguir durante los próximos meses en Estados (incluido el Madison Square Garden de Nueva York), México, Bolivia, su provincia, Costa Rica, Guatemala y España)… Sin embargo, no hay razón más potente que, tan sólo, escuchar a Cazzu -de ella hablamos, obvio- contar su increíble historia en primera persona, como pocas veces lo hizo de manera pública.
Así que si nos permiten, así replicamos aquel reportaje, incluso desde los tiempos verbales en que fue escrito…
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-En serio tiene una frase de batalla, de ésas que emergen cuando la agreden, cuando sufre, cuando el bullying entra en escena?
–Seguro –mira de reojo, mientras juega con su coloreado chupetín Pico Dulce–. Con mi grupo de trabajo acudimos a una que tanto nos desafía como a veces nos hace reír. Después de decirnos esa frase, para nosotros ya nada es igual.
–¿Cuál es? –¡Ey, un poco de misterio...! La nota recién arranca (sonríe misteriosa).
LA QUE YO ERA

Nació como Julieta Emilia Cazzuchelli el 16 de diciembre de 1993 en Fraile Pintado, una ciudad de 12 mil habitantes ubicada a 15,8 kilómetros del municipio de Libertador General San Martín, departamento de Ledesma, al sudeste de la provincia argentina de Jujuy y a 1.341 kilómetros del Obelisco. “Tengo ascendencia de calabreses, pero no me representa tanto lo italiano, porque yo me crié en un contexto bien jujeño. En casa siempre fuimos acérrimos de la cultura andina. Vos entrabas y había colgaditos un erke, un sicuri, una quena, un charango, un montón de máscaras indígenas. También aparecían un cardón y mesa y sillas de aguayo. ¡La funda de mi tablet es de un aguayo!... Me la hizo mi mamá. Crecí con la idea de que ésas eran mis raíces. Recuerdo que de chiquita me gustaba el Coquena, el guardián de la Puna, un ser mitológico quechua y calchaquí, y yo me ponía un sombrero de colla con un poncho que me había comprado mi mamá y no me sacaba ni para dormir, y gritaba: ‘¡Soy el Coquena! ¡Soy el Coquena!’. Para mi familia resultaba simpático, porque era más blanquita que mi hermana, pero yo sólo hacía lo que sentía: siempre me sentí colla, yo soy colla. Colla significa ‘persona nacida entre cerros’ ¡y quien te habla nació entre cerros!”.

–¿Y qué consecuencias le deparó con el tiempo la mirada ajena?
–Como con todas las problemáticas raciales, hay gente que, por mi color de piel y sin considerar que me crié en medio de llamas y vicuñas y conozco entera a mi Jujuy y sus raíces, cuestiona que defienda al colla, al boliviano y a nuestra cultura del Altiplano. Son consecuencias de una evolución necesaria para cierto tipo de revoluciones. ¿Leíste el poema No te rías de un colla, de Fortunato Ramos? Te lo recomiendo.
–¿Cómo fue el último regreso a su tierra, ya famosa, si vale el término?
–Sólo di una vuelta, un paseo. Pasa que en la anterior visita decidí acercarme a mi colegio y al otro día fue un caos con mi familia. Se estaba volviendo loca. Claro, mi casa es fácil de encontrar. Así que ahora lo hice más privado (habla en voz baja)... Un poco tuve que esconderme. Fraile es una ciudad que se siente a pueblo, una familia grande en la que todos nos conocemos. Si bien fue creciendo desde que partí, cuando vuelvo la panadería de siempre sigue ahí, la casa de mi mejor amiga sigue estando frente a la plaza, el lavadero de los pibes sigue siendo el mismo. No se parecen en nada al Oeste bonaerense, a la Capital. Otro ecosistema, diferente. Llegás de ahí a Ledesma pasando cañaverales, no viviendas. La caña de azúcar es el paisaje.
–¿Qué Julieta creció en esa ciudad que se siente a pueblo?
–La hija de Pedro (Nota de la Redacción: en la actualidad de 67), camionero y músico folklórico de familia, y de Mariana (57), artista y especialista en números, desde los distintos negocios que encabezó: una confitería, pollerías, un cotillón... También soy la hermana de Florencia (34, DJ), el verdadero talento musical de la familia, nuestra “fonola”, la de los interminables repertorios; mi maestra, la que me enfrentó a mis inseguridades y me trazó el camino. Como mis padres se separaron y papá se fue, ella me estimuló y me enseñó a que tocara un poquito la guitarra. Soy una consecuencia de los tres. De ellos heredé el amor por la estética y la pasión por los ritmos.

–Usted le añadió la letra a toda esa veta artística, ¿cierto?
–Tal cual. A los siete, ocho, ya tenía un diario en el que escribía mis ocurrencias, con rimas: los llamaba poemas. Por ejemplo, El poema del zapato: “El zapato, toc, toc, tararana, tac tac (golpea de manera armoniosa la mesa). Se viene y hace, pla pla”. Rimaba y sonaba lindo. De repente me pasaba algo en la escuela y lo canalizaba por ahí. Mi fanatismo por la composición apareció de chiquita.
–Cuéntenos sobre su crianza...
–Mamá siempre fue de clase trabajadora, muy trabajadora. Nunca pasamos situación de necesidad, las urgencias de aquellos a los que no les alcanza lo que ganan. Siempre hemos recibido educación privada. Ella se desdobló para que, por ejemplo, no padeciéramos paros. Estricta, siempre nos inspiró a buscar la manera de conseguir un dinero extra. A los ocho vendí panchos en la plaza con Lili, mi mejor amiga. A los 11 aprendí a armar piezas de bijouterie de los artistas hippies de Tilcara y Humahuaca y las ofrecía, con una mantita, en el negocio de mamá. Era mi forma de tener lo mío desde el arte, para comprar alguna gilada. Aprendí a tratar de conseguirme las cosas que quería. Como cuando a los 12 me corté mi larga cabellera para procurarme una pista de Hotweels, porque adoraba la estética de esos cochecitos sofisticados y me gustaba dibujarlos. Pagaban mil pesos el kilo. Casi me matan, y sólo me alcanzó para otra pista más berreta... Se trataba de lograr una independencia ganada por nosotros mismos. También había un discurso muy sólido e imperativo de que nuestra obligación era estudiar para recibirnos de algo, contar con un título y que nadie nunca tuviera que mantenernos. “Cueste lo que cueste, ustedes deben valerse por sí mismas”, nos repetía mamá. Así nos crió.

–Regresemos a la música. ¿Qué sucedía con ella?
–Crecí cultivando en el oído el sonido del folklore y aprendiendo, desde los seis años, sus danzas. ¡Bailo todo tipo de danzas folklóricas! Mi relación con la música comienza en la época de KtrasK, la banda surgida de Cantaniño. Esa música empezaba a conmoverme. Era lo único que había podido lograr ver, porque Chiquititas y demás “estaban muy crecidos para nosotras”, según nuestros padres. Yo cantaba y repetía las coreografías de KtrasK, y pronto comencé a sentir auditivamente una pasión que me provocaba fuego adentro. Así fueron apareciendo Linkin Park, Hanna Montana, y a mis 12, 13, Avril Lavigne: la primera mujer que me representó desde la A hasta la Z a partir de su música, su actitud rebelde algo varonil, medio tombo y al mismo tiempo gracias a que era una mujer súper bonita.
LA QUE QUERÍAN QUE YO FUERA

“El nombre Cazzu me acompaña desde que Oscar, un preceptor de la secundaria, me nombró así. Antes era Ju, a secas. Incluso hoy deben quedar en algunos pupitres viejos mis 'Cazzu' tallados, con dos cuernitos y una colita del demonio, que luego convertí en mi logo. ¡Hasta en mi campera de la promo decía ‘Cazzu’!”, retrocede el tiempo quien un poco después, a sus 14 años, fue convocada para realizar un reemplazo en una banda. “Un chabón del barrio se enteró de que yo cantaba en mi colegio, y me vino a hablar. Con mi familia y mis parientes cantábamos en la mesa, pero acá la vara era otra –comenta ella–. El grupo se llamaba Sensación, una fusión de cumbia norteña con guitarra eléctrica a las chapas. Fue la primera vez que grabé, ¡y en condiciones que ni-si-quie-ra-te-po-dés- lle-gar-a-ima-gi-nar! Ahí decidí hacer música para siempre, con lo exagerado y extremo de esa edad: puro corazón y puro sentimiento y que nadie lo discuta. Empecé a respirar por la música, que hoy es mi oxígeno. Pasa que...” –invita a la consulta.
–Cuéntenos.
–No había nadie que lo pudiera tomar con seriedad. Para colmo ya me gustaba la cumbia, el reggaetón, el rap metal, el punk, cosa que en casa no se consumía.
–Lo cierto es que empieza a cantar públicamente... ¿y la gente, puertas afuera, a opinar?
–Exacto. Y arranca temprano el tema del menosprecio. Porque además era una chica de look diferente. A mi padrastro, Roberto, le encantaba que yo adorara lo estridente. Me traía zapatillas flúo, o de repente íbamos a una feria de la ropa usada, ya que en Bolivia venden mucha que llega desde los Estados Unidos, y le pedía que me comprara remeras llamativas y pantalones plateados, porque me hacían feliz. No les di bolilla a esas críticas, hasta que crecí un poco y una situación hizo que comenzara a cambiar mi imagen hacia afuera: llegó la secundaria y me enamoré.

–Su corazón cayó en la mayor de las trampas.
–Tal cual. Me empezó a gustar un chabón más grande, lindo, de los populares, pero sus amigxs, y amigos, especialmente, empezaron a mostrarse crueles con mi personalidad. Era la primera vez que me enamoraba y, como cumplía los requisitos de “rara”, para ellos era un chiste que gustara de su amigo. ¿Lo peor? Para él también lo era. Así que, frente a la imposición de sus miradas y sus comentarios, como te dije, decidí cambiar.
–¡¿Domaron a Cazzu?!
–(Resopla) Sí, resolví suavizar mi estilo, parecerme a mis amigas del colegio. Me calmé, me la banqué, me mantuve bastante “normalita”. Decidí apagar mis colores, apagarme yo, usar botitas, como las demás chicas. Sin embargo, siempre afloraba algo que me quebraba: aparecían unas zapatillas con una estrella y, como era más fuerte lo que me pasaba por dentro que por fuera, me las terminaba poniendo.
–¿Terminó saliendo con el prejuicioso galán?
–No. Fue un amor platónico. No había nada que se pudiera hacer, porque el pibe era como otro pedo y yo, muy extraña para él. Así, en un momento me fui al carajo. Cumplí 17 el último año y a los 18 salí, me teñí de platinado, como la cantante La Kitty, de Las Culisueltas, y volví a un estilo entre medio cumbiero y punky, con tachas. También decidí tatuarme por primera vez, en honor de mi hermana, una frase de la agrupación de reggae Nonpalidece: “Siempre vas a ser la flor más dulce de mi jardín”.
–¿Emergió alguna otra situación especial que la llevó a semejante cambio brusco?
–Mucho. Yo siempre fui como muy filosófica, muy pensadora de todo, y en el último año de la secundaria me sucedieron como cosas bien fuertes. El momento más duro fue el último trecho. Sentí la traición. Amigas que empezaron a tener, con los muchachos, actitudes que yo nunca tendría y violaban conceptos puros relacionados con la lealtad, y me dolieron. Para el caso, descubrí lo que algunas, a mis espaldas, bardeaban sobre mí, mi ropa, cómo actuaba. Toda una gran confusión que hizo temblar cada certeza que tenía. “No puede ser”, pensaba. Pero era. Para colmo yo, que siempre fui flaquita y chiquita, me expandí y me torné voluptuosa, con curvas armoniosas, y empecé a llamar la atención de los chicos más grandes.

y conozco entera a mi Jujuy y sus raíces, cuestiona que defienda al boliviano y a nuestra cultura del Altiplano. Son consecuencias de una evolución necesaria para cierto tipo de revoluciones".
–¿Entonces?
–Se generó una situación horrible. Todo el mundo me hacía sentir incómoda. Si me había puesto un jean apretado, parecía que pretendía cien por ciento que los hombres reaccionaran ante mi cuerpo, cuando en realidad yo era tan virgen y tan alejada de la sexualidad real que no lo podía procesar. La incomodidad pronto se convirtió en tristeza, sumada a la confusión lógica de los tiempos de adolescente. Me sentí agraviada, con miradas que me increpaban como acusándome de intentar seducir al mundo, y de una forma obscena, brusca, sólo porque mi cuerpo se transformó. Y como soy de las personas que convierten la tristeza en enojo, ¡me enojé!
–¿Temblaron las paredes?
–Mi reacción ante el enojo es resiliencia. No reacciono contra los demás, sino a favor mío. “Si esto te molesta –me propongo–, lo voy a exagerar”. Si genera comentarios mi jean apretado, me pongo un short más apretado. Si hincha mi remera corta, agarro una tijera y la achico más. Todo se convirtió en una reacción, en un desafío. Fue a esa edad, en ese momento, que me senté ahí y no me moví más.
–¿Hubo viaje de egresados?
–Seguro, a Bariloche. Y qué te digo... Ahí surgió ese imaginario fantasioso del bonaerense que no conoce el “interior”. Quiero resaltar lo de “interior” porque los que viven en Buenos Aires nos llaman “del interior”. ¿Será entonces que a los de Buenos Aires nosotros deberíamos llamarlos “del exterior”? Creí que éramos un país federal, no unitario (juega a que piensa). Ahí comienza este imaginario fantasioso del bonaerense, que supone que los del Norte vivimos en la punta de un cerro. La cuestión se traslada al acento: mega acostumbrados al que se usa en los noticieros, las telenovelas, en la televisión en general, ¡se divertían hablándonos con nuestro tono!

–¿Allí sintió el racismo?
–Exacto. Nosotros habíamos partido junto a una escuela de Tucumán. Una vez en destino comprobamos que el resto de los grupos eran justamente bonaerenses, de Mar del Plata, de Bahía Blanca. Ahí empecé a sentir el racismo desde otro punto. Porque el racismo lo vivís desde que nacés. Todos fuimos racistas sin saberlo. Como cuando le mandabas a tu amigo “Te quiero, negro culiau”, aunque fuera con puro cariño. Pero acá era distinto. De entrada ves mucha piel blanca, mucho ojo claro, mucha gente más alta. La que se creía linda en nuestro grupo ahora estaba en la B. Notabas las diferencias. Después, en los comentarios burlones por el acento, en la cuestión física, en especial con los que tenían rasgos jujeños, indígenas, más de su origen.
–¿Cómo reaccionó usted?
–Desde mi lugar de adolescente, al principio, como si me chupara un huevo. O, si se hacían los piolas, te reís del otro por blanco y concheto. El tema es que esa mirada extraña, de uno y otro lado, siempre produce violencia. Porque la incomodidad de una persona y un grupo que te observan como feo, por ser raro, por ser marrón, sí o sí genera problemas. Reconozco que yo insultaba con todas las letras del abecedario a quien le dijera algo a uno de mis amigos. Me paraba adelante y gruñía. Y los chabones se asustaban. Porque no sólo sienten que sos feo, sino salvaje. Era raro. Ponete en la cabeza de una persona de 17 años que intenta conversar con alguien que considera que su acento es tan divertido como para pedirle que repita algunas palabras. La opción eran dos caminos: imitar el acento “de tele” del bonaerense, como algunos chicos, para no cagarla, pasarla mal ni sentirse discriminados, o ser contestatario. Ahí entraba yo a putear contra ese racismo.
LA QUE YO SOY

–Sí, mi llegada fue terrible –admite Julieta, ahora saboreando lentamente un Lilo Go!, de Milka–. Yo siempre me consideré una kamikaze. Tanto cuando partí a los 18 hacia Tucumán para cursar en la Escuela de Cine, como cuando llegué en 2016 a Buenos Aires para estudiar Diseño Multimedia en la Da Vinci. No es que me gustara meterme en problemas o ir tras el peligro, pero todo me preocupaba muy poco –aclara–. De venir los líos, sólo los afrontaba. Si tenía que tomarme sola un bondi de San Justo a Benavídez, lo hacía, aunque no supiera cómo y fueran las nueve, doce de la noche, tres o cinco de la madrugada. O sea, lo que yo le aconsejaría a cualquiera que no haga, lo hacía –ilustra.
–¿Por qué se mudó a San Justo?
–Los dueños del camión de mi papá tenían su taller ahí y en sus incursiones a Buenos Aires podíamos vernos seguido. Desde casa se preocupaban por mi seguridad, pero yo no me veía como se suponen que ven acá a los jujeños. “¡Vos sos de Jujuy?!”, me lanzaban varios sorprendidos. “¿Qué querés, que llegue montada en una llama o cabalgando en un sulky?”, reaccionaba. Claro, yo andaba con el pelo naranja, llena de tatuajes, me vestía con dibujos de calaveras, con zapatillas de colores que sacaba de los lugares más baratos que podía. Pero tenía un flow que ni en San Justo era normal, y me miraban como la loca del barrio. Ocurre que felizmente yo estaba muy concentrada en mi gran objetivo: hacer música.
–¿Cuándo empezó a autoabastecerse?
–Dormí sin sábanas, comí en el piso hasta que fabriqué una mesa con cajones de la verdulería... En medio de mis estudios (era muy aplicada), Nene Malo, una banda de cumbia a la que le iba bastante bien, me ofreció ser su filmmaker, fotógrafa y armarle los flyer. Ahí empecé a ganar plata. Incluso los acompañé a una gira por casi toda Europa. Era la única mujer del equipo. No estaban tan sólidos desde lo emocional y terminó siendo algo complicado. Igual, me sumó experiencia. Cuando volví, y sin poder ya regresar a la facultad por las faltas, surgió un trabajo en Flores, dentro de una empresa de la colectividad boliviana camba. Me sentía en casa. Aprendí mucho sobre negocios, oratoria y neuromarketing. Fueron mis primeras instrucciones de cómo iba a construir mi carrera. Con los primeros sueldos invertí en mi disco Maldade$ (a la fecha además suma Error 93 –2019– y Bonus Trap y Una niña inútil –2020–). ¿Sabés cuánto costaba grabar una canción y cuánto un video?

–¿Cuánto?
–Tres y diez mil pesos. Una estupidez de plata, ¡todo mi sueldo! Gracias a que papá, conmovido con mi determinación, decidió seguir manteniendo mi departamentito, invertí en mi música, y también en un lavarropas que necesitaba (carcajada). Y ahí, entre lo poco que había aprendido de cine y lo mucho en la Da Vinci, empecé a ser mi propio respaldo.
–¿Qué características mostraba este nuevo inicio?
–Cuando vine acá borré mi pasado. Juzgué mi personalidad musical. Escondí a Juli K, la líder de mi banda tucumana de cumbia villera, que había sido bien aceptada. Sentía que no tenía coherencia mantenerla si iba a hacer reggaetón. El trap (subgénero del rap) estaba muy bebé. Ahí empezaba. Hasta que en 2017 compartí una canción, Fuego, con Klan, una de las figuras más importantes de El Quinto Escalón (el encuentro de batallas de freestyle rap), explotó mi Instagram y sucedió algo con la gente: introduje a su público a la música hecha con el nivel que el reggaetón ya poseía. En ese momento decidí ser Cazzu, forjar lo mío y avalarme. A veces, pasando noches de largo para conseguir hacer música sin incumplir con mi empleo de las ocho de la mañana... Siempre lidiando con prejuicios, como no poder mantener una amistad o una cosa clara con un productor o un artista. La expresión machista en su máxima potencia. Onda: “¿No hacés lo que nosotros queremos? OK, quedás afuera”. Se me cerraron varias puertas. Sufrí y perdí oportunidades tal vez irrecuperables por evitar acceder a algo que no sentía. Estaba sola. Una cagada. Entonces me aferré a lo que tenía para ofrecer.

–¿A qué se refiere?
–Pronto generé buenos temas y apariciones, escribí mi canción Killa, a partir de la cual las mujeres empezaron a sentir un género feminista de otro tipo: “¡Mirá la loca ésta que hace trap”. Y surgió la inevitable intención mía de que eso sobresaliera. Hasta que en noviembre de 2017 apareció en escena Leo (Belizán, su manager). “No nos conocemos, pero los dos venimos de la cumbia y los dos sabemos luchar. Tenemos que pistear juntos”, nos desafiamos. Se creó una comunión integrada por él y otras personas de confianza que ahora permanecen en mi pequeño pero ferviente entorno, de conocidos, amigos, familia, que fogoneó aquella frase por la que me preguntaste de entrada.

–¿La va a revelar ahora?
–“Hacete fuerte”. Una frase que hasta tomamos de chiste frente a los reveses. La usamos una banda, para reírnos de nosotros y también para levantarnos: “Y bueno, amigo (perdiste; no queda otra), hacete fuerte”. “Y bueno, amigo (debés afrontarlo), hacete fuerte”. “Y bueno, amigo (no estoy de acuerdo con vos), hacete fuerte”. Siempre es aplicable. Es nuestra frase madre. Aunque al mismo tiempo hay otra que usamos menos, pero sirve para los momentos bravos: “Tomate un Actron 800 si estás dolido”.

–Para usted, que cuenta en millones a sus seguidores, ¿las redes son uno de ellos, en ocasiones?
–Ni lo dudes. Yo las necesito para mi trabajo, pero no me mando ciegamente a todas para ver los comentarios. Twitter es como la cloaca de las redes sociales, el lugar más violento e impune. Entro rápido desde el celular, hago lo que tengo que hacer y lo cierro, desactivo las notificaciones, no me busco. Tampoco trato de ver mis etiquetas ni mi hashtag. Aún no logro encontrar el equilibrio para que no me duelan los comentarios de los haters.
–¿Ellos qué le dicen, por ejemplo?
–Muchas cosas, y siempre graves (suspira)... El odio de las redes... “Sos un asco”. Te comparan con otros artistas, te discriminan. “Uh, otra vez la Cazzu arruinando las canciones: la puta madre”. Gratuito y agresivo. “Me sangran los oídos cuando mi primo escucha a Cazzu y tal...”. O acuden a lo físico. Hay quienes me comparan con el dibujito de Disney del emperador Kuzco, y ahí me cago de risa. Porque se trata de un personaje de la cultura incaica, tan pegada a la mía. Es confuso. Quizá la gente piensa que mi cuerpo está bien, pero mi cara no coincide. O “ésta se hace la feminista”. Y eso sí duele más. Porque no me hago. Pero si ése es el precio...

–¿El precio?
–Si quieren que sea el pavimento para que todas las mujeres del género urbano podamos manejar, sin baches ni agujeros, más tranquilamente el camino de nuestro feminismo, acá estoy: seré el pavimento hecho con mi propia máquina. Sobre él pueden caminar y andar en bici o en Ferrari.
–¿Qué hay de la crítica del varón?
–Me molesta desde el lado que la expresan, porque precisamente les "molesta" que estés entre medio de sus ídolos, de Khea y Duki, no sé. Muchos varones no quieren a una mina adentro. Cuando ves a alguien tan sacado por cuestiones así, te sentís cara a cara con la misoginia en su máxima expresión. Y las mujeres quizá la replican porque, bueno, todavía estamos en un proceso deconstructivo... Pero a diferencia de cuando empecé, ahora muchas entendemos que está bien defendernos y cuáles son los comentarios que ya no deben tolerarse de parte de ellos.

–El bullying (concepto anglosajón que significa abuso, acoso o intimidación) a veces accede a capas imaginadas. Como cuando se difundió por las redes que usted tenía Covid-19 y la “obligaron” a salir y aclarar, ¿verdad?
–Me enojé bastante. Porque aquel momento (junio de 2020) era el de los primeros meses del coronavirus y yo tenía una abuela con hipertensión y a mi madre lejos. Aquel día me dormí a las 6 AM y me desperté con un montón de mensajes. Estábamos todos muy asustados y cargados de incertidumbres respecto a la enfermedad. Entonces flasheé: “¿Pero este tipo quiere matar a mi familia?”. Un pibe que hace streaming decidió: “Troleemos que Cazzu tiene Covid, ¡qué divertido!” (lo imita), como si se tratara de una fake divertida. ¿Y la madre dónde estaba? Menos mal que no lo tuve adelante, si no, lo hubiese agarrado a las piñas, y ésa sí hubiese sido una noticia real. Un inconsciente. Y los peligros de que cualquiera use sin responsabilidad una herramienta pública como las redes. Es ahí cuando el Internet se convierte otra vez en mi taquicardia, me quita la respiración y me hace doler el pecho. Somos palabras. Y responsables de nuestras palabras. Cuidado: las palabras, sean pronunciadas o escritas, pueden ser un arma. ¿Qué clase de palabras queremos ser, las que hieren y voltean o las que levantan a un caído?

–¿Le gusta que la llamen “la jefa”?
–Es un montón, pero yo no me autoproclamé. Me parece increíble que la gente lo lance en la calle. Como se trata de una muestra de respeto, no lo reclamo. Tampoco lo hice cuando me decían “la reina”.
–Parece que el bullying no discrimina a una ni a otra...
–Siempre va a existir quien haga bullying con nuestras vidas. Debemos aprender a lidiar con él. Es un trabajo en equipo. Cuando un amigo menciona o escribe algo relacionado, que suena mal, hay que comprometerse y encararlo: “Pero, ¿te parece? ¿Estás seguro de poner eso?”. Lo mismo respecto al feminismo: bullying también es lo que surge del patriarcado. El bullying nos desafía como sociedad, pero primero como personas. Contra eso se lucha codo a codo, planteándonos con quiénes queremos compartir nuestros pensamientos, y tomando conciencia, incluso de manera moralmente introspectiva, de que la palabra que emito con sonido y la que escribo en una red social tienen el mismo peso y requieren la misma responsabilidad. Empaticemos con el otro. Claro que mientras tanto...

–¿Mientras tanto qué?
–Hacete fuerte –le da el último mordisco a su chocolate.
Fotos: Gabriel Machado
Producción general: Mariano Caprarola
Asistentes de producción: Sofía Esther Ortiz y Luciana del Zotto
Arte, diseño de tapa print y retoque digital: Gustavo Ramírez
Portada web: Roshi Solano
Fotos de backstage: Carlos González
Estilismo: Jorge Leon y Luchi Solari
Makeup: Paz Sykes
Pelo: Mae Ludueña, para Vardo Management
Agradecemos a Leo Belizán, Pr0testa, Aldi Vega, Bandoleiro, Naima, Pompavana, Limido Joyas, Koturno, Levis, Pantalones Asesinos y Evelyna Campos
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