Recién salida de Gran Hermano (Telefe), Carla "Carlota" Bigliani llega al estudio de GENTE con una personalidad arrolladora, que -según dice- no le dio el tiempo para mostrarla en la casa más famosa del país. Saluda a todos, se ríe fuerte, se mueve con soltura y, casi como una extensión de sí misma, muestra algunas de las creaciones de su marca de bijou, de la que habla con orgullo.
Su estética no pasa desapercibida. Entre tatuajes que recorren su cuerpo, hay dos que destacan por sobre todos: en sus manos lleva grabados los nombres de sus hijas Morena y Sasha como una marca indeleble de un camino que no fue sencillo, el de convertirse en madre. Un recorrido atravesado por la angustia, la resiliencia y, finalmente, el amor.
A días de su eliminación y mientras hace campaña para volver en un repechaje, Carlota abre su corazón en una íntima charla y repasa uno de los capítulos más íntimos de su vida: el duro proceso de fertilidad al que se sometió durante años, las presiones sociales, los momentos de quiebre emocional y la decisión que cambiaría todo. Habla sin filtro, como es, con la misma honestidad que mostró dentro de la casa.

“Soy muy intensa para todo”, dice en un momento. Y esa intensidad fue, justamente, la que la sostuvo en los momentos más difíciles y la empujó a no rendirse hasta convertirse en mamá.
“Me dijeron que estaba entrando en la menopausia y salí en shock”
“A los 30 años me entero que tenía problemas hormonales y que era posible que estuviera entrando en una menopausia precoz", recuerda sobre el punto de partida de todo lo que vendría después. Y sigue: "El médico me lo dijo de una forma desafortunada. Yo había ido a consulta porque me sentía mal, tenía calores, me sentía mal todo el tiempo. Entonces era eso, tenía menopausia".
Carlota recuerda haber salido en shock de esa consulta. Su pareja la estaba esperando abajo del consultorio, y ella, mientras caminaba para verlo, pensaba qué querría hacer de allí en adelante, porque el médico le había advertido que en caso de querer ser madre, ya tenía pocas oportunidades o "cartuchos", tal lo define ella. "Si queremos ser padres, parece que yo no puedo. Tenemos que consultar en una clínica de fertilidad", fueron las palabras que le dijo a su ahora esposo.
Para ese momento, poco se sabía del tema. Las mujeres no tenían información sobre tratamientos de fertilidad, ni eso estaba en debate o era una preocupación. "En aquel entonces había sólo dos clínicas o tres como mucho, ahora hay mil. Hay ginecólogas también especializadas en tema de reproducción y de fertilidad, pero en el pasado no era así", asegura.

El duro proceso para ser mamá y el golpe emocional
-¿Qué tratamiento hiciste?
-Hicimos todos los estudios de forma particular, porque tampoco estaba la Ley de fertilidad, nadie me cubría nada de este proceso. Pude empezar a costear las primeras transferencias, cosas más sencillas, como inducción a la ovulación. Pero llega un punto que se termina, porque necesitaba el tratamiento más costoso: una ovodonación. Pedimos presupuesto, todo, pero era como inalcanzable. Yo pensé en sacar un crédito, en ese momento trabajaba en el Ministerio de Economía, pero era todo tan incierto, que no sabíamos qué resultado iba a arrojar todo el proceso.
-¿Qué sentiste en ese momento al no tener los recursos para encarar el tratamiento?
-Estaba desesperada, pero me puse a buscar opciones... Hicimos un amparo de salud con un abogado, ganamos cuando sale la Ley de fertilidad y ahí todo empezó a ser más llevadero, aunque con sus altas y bajas.
-Había un proceso emocional también, me imagino.
-Sí. Cuando empezamos a hacer todo el tratamiento, en esos intentos, me replanteé un montón de veces cuando no concretaba. Me tiraba para abajo y me quería morir. ¿Cómo salía adelante? Me preguntaba realmente si quería ser madre o si era más una cuestión que me habían inculcado mis padres por querer ser abuelos, o si era un simple mandato de la sociedad... todo eso pasaba por mi cabeza. No sabía si estaba lista para ser mamá.

-¿Sentías presión?
-Siempre es una presión más hacia la mujer. Entre los 30 y los 40 vinieron un montón de situaciones. No me sentía mujer porque no podía procrear, no podía ser madre, no tenía ganas de hacer el amor con mi pareja, decía: ‘¿Para qué?’. Pasó todo a ser el centro de todo lo que no quería hacer.
El último "cartucho" de Carlota para ser mamá y cómo lo atravesó
-¿Qué significó el apoyo de tu pareja en este proceso?
-En él encontré una gran contención. En el último tratamiento ya sabía que si no concretaba, era mi última carta. Por eso busqué un terapeuta para que me ayudara. Me acompañó una psicóloga. Hubo momentos muy duros. Nunca en mi vida lloré tanto como entre mis 30 a 40 años. Aprendí que descargarse así te ayuda también a seguir adelante. No lo veo como debilidad.
-¿Qué fue lo más duro?
-Creo que justamente la presión, en todo sentido. La presión de la sociedad, de la familia... en su momento que yo estaba trabajando en un Ministerio y todos me preguntaban ‘¿Cómo te fue?’, ‘¿Te dio positivo?’. Era como tener que dar explicaciones, poner la mejor cara y seguir. Yo tenía un tío, que ahora está en el cielo, que me decía que me visualizara siendo mamá, pero me costaba hacerlo, porque no concretaba.

-¿Tenías miedo de visualizarlo?
-Es que la última vez que había estado más cerca de ser mamá, iba en el colectivo y sentí una puntada re fuerte… Fui al baño y tenía una manchita. Llamé a la clínica y me dijeron: ‘Venite ya’, y fue otro resultado negativo para mí. A partir de ahí empezaron a cambiar cosas y empecé a ver señales en todos lados... Un día mientras estaba de reposo en la cama, vi a mi marido y nos imaginé con dos nenes. No sabía si eran hombres o mujeres, pero sentí que me decían: ‘Ma, estoy bien, estoy linda’. En ese momento, se lo conté a mi tío y él me dijo: "Carlo, ya están por llegar".
El día que apareció la opción de adoptar
-¿Y cuándo aparece la idea de la adopción?
-Después de la última chance, yo estaba muy mal y mi marido, para consolarme, me decía cualquier cosa para levantarle el ánimo. Yo buscaba cosas que me hicieran salir del bajón y huía de los comentarios negativos. Un día le tiré la idea de adoptar y él me dijo que sí sin dudarlo. Nos anotamos en el Ruaga (Registro Único de Aspirantes a Guarda con fines Adoptivos), pero fui muerta de miedo, porque sentía que era mi última oportunidad. Al principio me costó entender los requisitos, tardé un año en leerlos, hasta que una abogada conocida de mi mamá me ayudó a entender que era más fácil de lo que creía.

-¿Siempre supiste que querías dos?
-Yo soy hija única y mi marido también, así que yo quería muchos hijos, pero mi marido me bajó a la realidad, de cuántos podíamos mantener y acordamos dos. Decidimos que fueran de hasta ocho años. porque yo había organizado un cumpleaños de una nena de esa edad en mi showroom y sentí que podía manejar la situación (risas). Estábamos abiertos a que fueran hermanos, sin distinción de sexo y también aceptamos discapacidad sin apoyo, que son malformaciones menores.
- ¿Cómo fue el trámite y la espera?
-Presentamos todo digitalmente por el sistema y fue rápido. Al tener 40 años, entendimos que adoptar niños grandes nos daba la posibilidad de ser padres ya, en lugar de esperar años por un bebé. La carpeta se aprobó entre noviembre y enero, y las señales que recibía eran maravillosas, como una bombachita de nena que llegó por error en mi ropa de red.
- Hasta que llegaron tus nenas, que son hermanas biológicas, ¿cierto?
-Sí, Morena y Sasha son hijas de la misma madre, se llevan dos años de diferencia.
El primer encuentro con sus hijas y cómo cambió su vida
Carlota describe la atmósfera del encuentro como una "cita de novios", llena de nerviosismo e incomodidad donde no sabían de qué hablar, ni cómo romper el hielo. Los cuatro estaban sentados en las sillitas chiquitas de jardín de infantes, algo que resultaba cómico para ella por ser de piernas largas.
-¿Cómo fue ese primer encuentro con ellas?
-(Se emociona). Fue tremendo, ellas se acuerdan de mi perfume y yo de sus caritas mirándome con amor. Las dos tenían flequillo rolinga como yo (risas). Parecía una cita de novios donde no sabés de qué hablar, estábamos los cuatro sentados en las sillas chiquititas de jardín de infantes.

-¿En qué te cambió la vida desde ese momento?
-En todo. A partir de ahí, me sentí fuerte, exitosa y motivadora para los demás, al poder concretar el sueño de mi vida después de tanta lucha. Entendí que la demora tuvo un sentido porque eran ellas para mí. Mis hijas, que ahora tienen 13 y 15 años, fueron quienes me anotaron y me pasaron el QR para entrar a Gran Hermano, por ejemplo, porque estaban extasiadas con la idea. Somos muy compinches, tenemos un vínculo hermoso.
-La conexión fue inmediata entonces.
Totalmente, a pesar de que las conocí un domingo de Pascuas, el 2 de abril, al mes ya parecía que habían estado toda la vida con nosotros. De hecho, tengo tatuados sus nombres, Sasha y Morena, en mis manos; me los hice cuando se dio la adopción plena, unos dos años y medio después de que empezaron a vivir en casa.
Fotos: Chris Beliera.
Maquillaje: @nahuelito405
Peinado: @ernie_ba

