Hay tragedias que pertenecen a todos. No porque todos hayan conocido a las víctimas ni porque la pérdida sea universalmente comparable, sino porque concentran en un instante todo el peso de un tiempo, de un apellido, de una promesa que el mundo llevaba décadas sosteniendo. La muerte de John Fitzgerald Kennedy Jr. –el hijo de JFK y Jackie Kennedy, el niño que saludó el cajón de su padre el día que cumplió tres años y más tarde el "playboy" más acosado por los paparazzi en los 90s– fue una de esas tragedias. Y GENTE estuvo ahí para documentarla.

Nuestro enviado especial Gustavo Cherquis cubrió en primera persona los días que siguieron a la desaparición del avión desde la playa de Moshup, en Martha's Vineyard, junto a los oficiales que rastreaban las huellas del avión. "Somos ojos buscando un milagro que no se produce", escribió en la edición especial del 21 de julio de 1999.
"De pronto, algo flota. Un par de hombres de la Guardia Costera se acercan, lo aferran. Es un trozo de asiento", continúa el texto. Para ese entonces, la carátula de búsqueda ya había cambiado de "rescate" a "reconocimiento".

El viernes 16 de julio: los últimos movimientos
La jornada había comenzado de manera perfectamente banal. A las 8:38 de la noche del viernes 16 de julio de 1999, el Piper Saratoga despegó del aeropuerto del Condado de Essex, Nueva Jersey, unos 25 minutos después del ocaso y aproximadamente diez minutos antes del fin del crepúsculo civil.

Según reconstruyó GENTE desde el lugar de los hechos, antes de embarcar John-John –como lo llamaban desde siempre– había ido a hacer compras en una tienda cercana. Compró bananas, agua mineral Evian y unas baterías. Lo vieron de buen humor. Tenía el tobillo enyesado –resultado de un accidente de ala delta en junio– pero caminaba. Su mujer Carolyn Bessette, de 33 años, iba sentada a su lado. Su cuñada Lauren Bessette, de 34, ocupaba el asiento trasero. Iban a la boda de Rory Kennedy –prima de John-John– en Hyannis Port, para el día siguiente.

Kennedy nunca solicitó información meteorológica ni presentó un plan a ninguna estación de servicio de vuelo. Excepto durante el despegue, no se comunicó con ningún controlador de tráfico aéreo durante el vuelo, y nunca pidió ayuda ni declaró una emergencia. Las condiciones meteorológicas, teóricamente, eran aceptables. La visibilidad variaba entre cuatro y diez millas a lo largo de la ruta. Básicamente, el vuelo no presentaba inconvenientes o corría peligro de algún tipo.
Los últimos 38 minutos: lo que el radar registró
Lo que la investigación oficial del NTSB –la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte de los Estados Unidos– pudo reconstruir después es uno de los registros más escalofriantes de la aviación civil moderna.

Según los datos de radar, el avión realizó un descenso desde 2.200 pies hasta 1.100 pies en apenas 14 segundos. Luego, mientras ejecutaba un viraje a la derecha, la velocidad de descenso y la velocidad aérea aumentaron. La tasa de descenso eventualmente superó los 4.700 pies por minuto y el avión impactó el agua en actitud de nariz abajo.

El patrón de radar en el descenso final sugiere una espiral de cementerio, una desorientación espacial mortal común en aviación. En esta situación, el sistema vestibular engaña al piloto, especialmente sin un horizonte visible, impidiendo la detección fiable de virajes sostenidos. El piloto, sin saberlo, entra en un viraje con inclinación lateral, siente que está nivelado e intenta corregir un descenso inexistente, lo que agrava el viraje. Rápidamente, la velocidad aumenta, la altitud disminuye drásticamente y el impacto es inevitable.
Eran las 21:39. El avión cayó al Atlántico a unos doce kilómetros al suroeste de Martha's Vineyard. Desde los 400 metros que marcaban los radares, el Piper descendió hasta el mar en solo doce segundos.

El piloto: lo que sabía y lo que no sabía
John F. Kennedy Jr. obtuvo su licencia de piloto privado en abril de 1998 y recibió su habilitación para aviones de alto rendimiento apenas dos meses antes del accidente. Aunque había completado el examen escrito de instrumentos de vuelo de la FAA unos cuatro meses antes del accidente, no poseía una habilitación para vuelo instrumental. Eso significa que no estaba certificado para guiarse por instrumentos cuando el horizonte visual desaparece.
Su experiencia total estimada sumaba aproximadamente 310 horas de vuelo, de las cuales unas 55 eran nocturnas. Su experiencia volando sin un instructor de vuelo certificado a bordo era de aproximadamente 72 horas. Su tiempo de vuelo estimado en el avión accidentado era de unas 36 horas, de las cuales 9,4 horas eran nocturnas.

Dos semanas antes del vuelo fatal, el 1° de julio, había volado el mismo trayecto de noche con su instructor. Y lo había hecho bien. Pero esa noche no había instructor. Y esa noche la neblina sobre el agua hizo invisible el horizonte.
El conductor de vuelo Kyle Bailey, de 25 años, fue la última persona que vio a John-John en tierra. También él había desistido de volar esa noche. "Era riesgoso para el vuelo sin instructor, porque no había obtenido su licencia para hacerlo solo con instrumentos. Además, las condiciones no eran buenas", declaró a GENTE.

Y agregó algo que quedó en todos los registros de aquella semana: "No quería tomar riesgos sobre el agua. Si bien el día estaba despejado en la costa, en el calor es muy común que se forme niebla en cuestión de minutos. Soy muy cauteloso con estas cosas y preferí quedarme".
La búsqueda: 72 horas de angustia frente al mar
Cuando el avión no llegó a destino, la alarma tardó en sonar. Cuando el avión de Kennedy no llegó al aeropuerto de Martha's Vineyard a la hora esperada –las diez de la noche–, los amigos de Bessette pidieron a un empleado del aeropuerto que investigara.
El empleado llamó a una estación de la FAA en Bridgeport, Connecticut, y preguntó por información de rastreo sobre el avión, pero no identificó inicialmente desde qué aeropuerto llamaba y le dijeron que esa información no la podían brindar por teléfono.

Las autoridades no comenzaron la búsqueda en serio hasta después de que un amigo de la familia Kennedy contactara a la Guardia Costera en Woods Hole, Massachusetts, el sábado 17 de julio a las 2:15 de la madrugada.
El operativo que se desplegó después fue masivo: quince lanchas, cinco helicópteros y cuatro aviones de la Guardia Costera permanecieron más de 72 horas buscando los restos de la nave. GENTE participó de ese operativo y fue testigo del momento en que un guardia encontró en la orilla un pedazo de asiento. Al segundo día se habían perdido todas las esperanzas de encontrar sobrevivientes.

En la playa de Moshup hallaron primero la valija de Lauren. Era la primera evidencia física de la catástrofe. Desde el aire rastrearon el área del mar próxima a la isla. Con triciclos todo-terreno recorrieron cada metro de playa.
El 20 de julio de 1999, los buzos de la Marina de los Estados Unidos localizaron los restos del avión desde el barco de recuperación USS Grasp, a una profundidad de aproximadamente 120 pies bajo la superficie del Atlántico. Los restos recuperados se distribuyeron en un campo de escombros de unos 120 pies de largo. Los cuerpos fueron recuperados el mismo día. El milagro que nadie esperaba ya nunca llegó.

La conclusión oficial: desorientación espacial
El NTSB determinó que las causas probables del accidente fueron la incapacidad del piloto para mantener el control del avión durante un descenso sobre el agua de noche, lo que fue resultado de desorientación espacial. Los factores del accidente fueron la neblina y la oscuridad de la noche.
Pero no encontraron evidencia de falla mecánica. El motor estaba produciendo potencia en el momento del impacto. La continuidad del control de vuelo fue confirmada. Según señalaron, no hubo indicación de falla estructural previa al impacto.
El informe no culpó explícitamente a Kennedy pero sus conclusiones dejaban poco margen para la interpretación. La madre de Carolyn y Lauren Bessette, Ann Freeman, demandó a la sucesión de Kennedy por la muerte de sus dos hijas. Las partes llegaron a un acuerdo en julio de 2001 por un monto reportado de 15 millones de dólares.

El funeral en el mar y la familia que siguió sola
A pedido del senador Edward M. Kennedy, tío de John-John, las cenizas de los tres fallecidos fueron transportadas al lugar del accidente a bordo del destructor USS Briscoe el 22 de julio y esparcidas en el mar tras un breve servicio con familiares. Una ceremonia de homenaje más amplia para familia y amigos de los Kennedy se realizó el 23 de julio en la Iglesia de St. Thomas More en Nueva York.

Con John-John moría algo más que un hombre de 38 años. Moría la última ilusión de Camelot, ese nombre con el que el mundo había bautizado la presidencia de su padre, esa promesa de una familia que había dado todo y que el destino se empeñaba en cobrar de maneras siempre brutales.

Su hermana Caroline Kennedy Schlossberg quedaba como la única heredera viva de JFK y Jackie. El clan Kennedy se reunió ese fin de semana en las mismas playas donde hacía apenas quince días John-John y Carolyn habían descansado juntos por última vez.
La maldición de los Kennedy no es una metáfora: es un inventario. El presidente JFK asesinado en Dallas en 1963. Su hermano Robert, baleado en Los Ángeles en 1968. Edward "Ted" Kennedy, el escándalo de Chappaquiddick en 1969 y una vida entera cargando esa noche. David Kennedy, muerto de sobredosis en 1984. Michael Kennedy, fallecido en un accidente de esquí en 1997.
Y John-John, que cayó al Atlántico en 1999 junto a su mujer y su cuñada, camino a una boda que nunca se celebró.

Fotos: Archivo GENTE.
Jefa de Archivo: María Luján Novella (113903-8464)

